La novedad es que el polifacético Aloras trae un libro bajo el brazo, y no precisamente la clase de libro que podría llegar a surgir naturalmente del universo del rock: navegando entre la filosofía y la política, y con la marca de su amor profundo por el arte en cada una de sus manifestaciones, Síndrome de Greta se abre ante el sorprendido lector como un pequeño manifiesto en procura de la construcción de un futuro habitable.
“La voz de una niña diagnosticada con Asperger deviene la de una generación en lucha (a contrarreloj) por un cambio de paradigma a escala mundial. Masivas manifestaciones en todo el planeta a favor de los derechos de la mujer, la diversidad sexual, contra el racismo, contra el ecocidio, en favor de la justicia social y las diferencias. Toda una serie de batallas heterogéneas actuales son llevadas adelante con la convicción de un nuevo síndrome epocal: el Síndrome de Greta”, reza la contratapa del volumen, y de inmediato diagnostica: “El enemigo sigue siendo el capitalismo feroz, esta vez disfrazado cínicamente de sustentabilidad e inclusión, pretendiendo un crecimiento económico infinito con escasos recursos en extinción”.
Mientras sorbe su copa de cerveza rubia (después, completará detalles por intermedio del correo electrónico), y entre tarareo y tarareo, el rosarinísimo Aloras dialoga con Cultura y Libros.
-Apenas arranca el libro interpelás al lector con un epígrafe extraído de una canción de Joni Mitchell, nada menos. Sin dudas, esa elección es un reflejo de tu formación, tan vinculada al arte y en concreto a la música. ¿Me contarías algo de esa historia, la de cómo creciste, qué influencia tuvieron sobre vos tu familia y sus relaciones, qué escuchabas y leías en tu adolescencia y primera juventud?
-Sí, claro, recordemos la cita de Joni que vale la pena: “Quitaron todos los árboles y los pusieron en un museo de árboles. Y le cobraban a la gente un dólar y medio solo para verlos” (Big Yellow Taxi, 1979).
Mi familia, como suele suceder, ha sido determinante en ese sentido. Siempre cuento lo mismo de aquellos primeros años en Echesortu: mi madre profesora de lengua y literatura, mi padre melómano ecléctico (Sinatra, Pablo Milanés, Beethoven, Chico Buarque, Count Basie) y luego con dos libros editados, mi hermano mayor trompetista y arquitecto, mi hermano menor dibujante y luego músico y videasta y mi hermana artista plástica y responsable en gran parte de la criatura (o sea yo): a mis once años ya me había metido en Spinetta, The Wall y Albert Camus. ¡Y de todo ello no querrás ni podrás salir más! Es decir, estar rodeado de linda música, gente creando y un poco de afecto a tu alrededor es lo que le deseo a cualquiera…
-¿Cómo desembocás vos, que sos un elogiado músico de rock, en un libro que se sitúa tan nítidamente en el terreno del ensayo filosófico y político? ¿A qué se debe esa búsqueda?
-Es que en realidad incluso las letras de mis canciones de la época de Mortadela Rancia tenían ese no sé qué filosófico y político. No logra interesarme la lírica de las canciones por fuera de ese espectro poético en el que la filosofía y la política se funden. Chico Buarque, Spinetta, Dylan y Joni Mitchell, por dar ejemplos prodigiosos y bien conocidos. Pero también The Cure, Los Ratones Paranoicos y Kendrick Lamar son jugadores en estos terrenos.
-“En estos últimos años (…) vimos surgir, por primera vez con una repercusión planetaria, levantamientos, manifestaciones, reclamos y propuestas contra la injusticia social, el racismo, la discriminación, el ecocidio…”, escribís. ¿Me hacés una lista concreta de aquellas expresiones colectivas con las que te identificás y que despiertan tus esperanzas?
-Observemos un primer eje ambiental en el que la problemática del calentamiento global y la supervivencia de las especies se presenta como prioritaria. Fridays for Future, Extinction Rebellion, veganismo, denuncias contra los agrotóxicos y el extractivismo, manifestaciones y denuncias contra la quema de bosques y la deforestación, implementación de la figura legal del ecocidio son algunas de las prácticas orientadas en esta dirección.
En el eje social las luchas contra la injusticia, la inequidad, la desigualdad, las dictaduras y las derechas en general se evidencian en estos ejemplos: resistencia indígena en Quito, resistencia indígena contra el golpe de Estado en Bolivia, revolución de los estudiantes en Chile, levantamientos en Colombia y Perú, movimiento de los chalecos amarillos en Europa, movimiento Rayo en Polonia, manifestaciones continuas en las calles de Hong Kong, grandes crisis políticas a partir de poderosas manifestaciones en Líbano, Irak, Sudán, Argelia e Irán.
Por último, existe un eje mental en el que las relaciones de vecindad, los modos de autopercibirse, el lugar de la mujer y los mecanismos de discriminación quedan expuestos en eventos como: Black Lives Matter, movimiento LGTBIQ+ por la dignidad y la diversidad sexual, lenguaje inclusivo, movimientos por la protección y los derechos de los pueblos originarios, Ni Una Menos, Me Too, crecimiento exponencial de la conciencia feminista, luchas por los derechos de la mujer y contra el patriarcado.
-Te soy honesto: en este momento histórico tan duro, a nivel global y también nacional, tu optimismo me sorprende. ¿Creés realmente que es posible dar una batalla exitosa contra el sistema, contra el individualismo y el consumismo triunfantes?
-El individualismo y el consumismo nos han llevado irrefutablemente hasta las puertas de un inminente colapso y a la desaparición paulatina de la vida sobre la faz de la tierra tal cual la conocíamos. No me animaría a denominar triunfante a esta penosa realidad. Más bien, y de eso trata en parte el libro, creo que es la propia vida la que intenta por todos sus medios generar los eventos posibles e imposibles para sobrevivir ante este virus letal que denominamos capitalismo feroz. Nuevas generaciones de jóvenes ya vienen con un “chip” en el que se conciben a sí mismos como parte de algo que los supera como individuos…y no temen arriesgar “su propia vida” en favor de esta vida que es mayor y más importante que toda individualidad.
-Tu mirada es netamente global: se te nota apartado de enfoques localistas. Lo curioso es que, en simultáneo con la edición de este libro, te estás instalando en Rosario tras una larga estancia en Buenos Aires. ¿Por qué elegiste volver y cómo ves a la ciudad, después de una ausencia tan prolongada?
-No veo necesariamente una contradicción entre los movimientos actuales que pretenden descentralizar las grandes urbes y el estado crítico de la globalización actual. Mucha gente irá dejando las grandes ciudades en búsqueda de modos de vida más sanos, para vivir a otra escala. Rosario aún conserva una escala vivible. Y después de estar encerrado en la gran capital porteña, necesité volver a la tierra. A Rosario la veo siempre linda, con su isla (ahora en llamas), con su río (que supo estar seco poco tiempo atrás) y su gente amable. Se puso picante últimamente como se puso picante el mundo.
Personalmente me gustaría que vuelva a tener su bohemia, sus bares de música y recitales, un under activo, lugares de encuentros para artistas y freaks como fue su esencia durante décadas. Hay músicos y artistas nuevos y talentosos todo el tiempo pero faltan lugares de encuentro, lugares para mezclarse, para ritualizar la comunidad.
Nada que no pueda ser reconstruido o reinventado; en lugar de tirar casas para hacer torres, reciclar y cuidar algunas viejas y bellas casas y espacios de Rosario proyectando allí lugares de encuentro, por pensar un ejemplo…
-¿Cuál es el antídoto contra ese poderoso enemigo al que llamás “capitalismo mundial integrado” (CMI)?
-Es (Félix) Guattari quien denomina CMI al capitalismo actual: no queda hoy zona del planeta por fuera de su axiomática. Propongo dos términos en el libro para pensar y visualizar antídotos y anticuerpos eficaces y plásticos que puedan por un lado escapar de sus pinzas engullidoras y a la vez producir nuevas formas de valorar, querer, desear, producir y consumir. La creactividad y la est-ética son dos caminos posibles reales y actuales: devenir creactivos es aplicar nuestra creación en favor únicamente de aquello que sentimos o sabemos vital y por ende en contra de todo lo que implique destrucción de vida (corporal o incorporal). La est-ética, por su parte, es el uso de todas las herramientas habidas y por haber que nos permitan hacer un uso ético de la estética usualmente capturada por la indiferencia y la alienación. Bastan como ejemplos recientes de creactividad est-ética las multitudinarias y masivas luchas feministas, ecologistas, contra la contaminación, el envenenamiento de los suelos y las personas, contra la deforestación y a favor de la justicia social, contra el racismo, contra la guerra y a favor de la paz en todo el mundo.
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-En el libro se percibe un rechazo contundente de la política como herramienta de transformación, al menos con la política tal cual se la ha practicado hasta hoy. ¿Creés que la militancia revolucionaria debe romper con los modelos de cambio social heredados del pasado?
-Chile me parece un hermoso ejemplo para responder con hechos a tu buena pregunta. La política sigue siendo la gran herramienta de transformación de las sociedades. ¡Pero lo que cambió o está cambiando es el paradigma global! El capital no es más el del intercambio abstracto y financiero, sino el agua, el aire, la tierra y la paz entre hermanos que no pueden mirarse a los ojos de vergüenza y que sin embargo poco a poco se irán tomando de la mano para volver a compartir en nuevas comunidades afectivas por fuera del decadente entramado de los Estados rancios y obsoletos.