“...el trabajo de Abuelas no descansa, porque todavía faltan 300 nietos por recuperar...” “...el trabajo de Abuelas no descansa, porque todavía faltan 300 nietos por recuperar...”
Durante estos casi dos años de pandemia, prácticamente sin salir de su casa, Carlotto llevó una agenda igual de cargada que antes, aunque ahora las reiteradas reuniones sean muchas veces por zoom y sobre las que asegura que se “resiste” porque le “cuesta amigarse con la tecnología”. Pero sigue de la manera que sea, “porque el trabajo de Abuelas no descansa, porque todavía faltan 300 nietos por recuperar”, porque la felicidad para ella hoy sigue siendo y será la búsqueda de los que resta encontrar.
Estela Barnes de Carlotto nació en Buenos Aires el 22 de octubre de 1930 en una casa del barrio de Flores. “Soy porteña de nacimiento y platense por adopción”, dice, y allí comienza a contar su propia historia mientras hilvana recuerdos que intenta describir con detalle y de los que se desprenden sentimientos, paisajes, música, colores, imágenes. Todo está allí, aprisionado para salir y entonces, simplemente fluyen.
Volviendo, siempre volviendo
Cuando tenía apenas unos meses a su padre lo designaron jefe de Correo en Villa Sauce, un pueblo pequeño cerca de la provincia de La Pampa: “Un lugar totalmente inhóspito, muy pequeñito en donde no había hospital ni médicos. Nada. Sí había escuela. Allí pasé los primeros siete años de mi vida. Fueron tiempos muy felices, porque lo más importante para los hijos es tener a los padres, y yo tenía una mamá que se dedicaba a nosotros y a mi papá, que al ser el jefe de Correo, era una autoridad en el pueblo y lo querían mucho. La gente nos invitaba a ir a comer asados a sus casas o a sus ranchos a tomar mate. Íbamos en sulky porque no teníamos auto y podía ver las gallinas que criaba mi mamá”.
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Los Carlotto en Mar del Plata, en 1956.
Estela recuerda a su madre amorosa y nítidamente: “Era una señora de origen inglés, de una relación bastante fluida con la moda, cosía muy bien. Se adaptó al trajín de su marido, al que quiso muchísimo. Tuve unos padres muy cariñosos. También un hermano mayor que era muy compañero y con quien estábamos todo el día juntos, jugábamos y teníamos amiguitos en el barrio. Había carnavales en donde se tiraban caramelos caseros de dulce de leche envueltos en papel de colores, como si fueran serpentinas”. Si algo queda grabado en la memoria colectiva, con las innovaciones propias de las nuevas formas de socialización a lo largo del tiempo, son las fiestas de carnaval que se mantienen intactas como un ritual poderoso que insta a reflotar, en la mayoría de las personas, los recuerdos más antiguos y bellos. Será por eso que Estela recuerda los disfraces de “holandeses” que les hacía su mamá, las golosinas, la inocencia de una infancia llena de juegos, viajes y mudanzas.
Cada vez que a su padre lo designaban para otro destino de trabajo, la familia recaía por un tiempo en el barrio de Flores donde vivían su abuela y sus tías paternas. Otras veces en Liniers, donde Estela de Carlotto tomó la comunión. “¡Todo entonces era a los ocho años!, no como ahora que los niños son prodigios y ya tocan el celular con el dedo con un año y medio. Esa etapa también fue muy grata. Teníamos parientes por parte de mi mamá y luego, de vuelta a otro pueblito, Saldungaray, a poco menos de diez kilómetros de Sierra de la Ventana. No estuvimos mucho tiempo ahí pero también tuve amiguitos, vecinos, historias para contar, ríos, paisajes. Es que el mismo Tandil es hermoso. Y, después, al poco tiempo, otra vez en Flores con la familia”.
De General Conesa, en bote
Uno de los últimos, aunque no tan serenos recuerdos de esa suerte de infancia nómade a la que tanto Estela como su madre se habían acostumbrado a vivir, es cuando el Correo ordenó el traslado de su padre a General Conesa, una localidad ubicada a unos 60 kilómetros de San Clemente del Tuyú que, según el informe del último censo nacional de 2010, cuenta con 1.304 habitantes. Claro está que, cuando la familia Barnes llegó al pueblo a principios de la década del 40 en el siglo pasado, “no había nada de nada”.
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Otra foto de un veraneo lejano. Laura está a la derecha de su madre.
Estela recuerda que tenían una de esas casas que se construyen sobre nivel, con maderas y hierros “para que estuvieran más altas”. Cuenta que perdió el año escolar porque hubo una gran inundación y todos tuvieron que salir en bote: “Mi mamá, mi papá, mis dos hermanitos y yo para ir hasta la ruta y no volver más allí”. El regreso fue a Buenos Aires, donde siempre recalaban hasta que, cuando cumplió diez años, la familia se asentó en La Plata. “De donde ya nunca nos fuimos –evoca–. Soy platense por adopción. Acá terminé mi primaria y la secundaria”.
Enseñar, una forma de vida
Antes de dedicarse a lo que siempre quiso hacer: enseñar, Estela confiesa que tuvo otras aspiraciones “muy absurdas” como la de ser actriz. Y no puede evitar reírse cuando se acuerda de ello. Un anuncio de que llegaba una compañía de teatro y cine para niños a la ciudad para formar parte en aquel tiempo de la famosa “Pandilla de Marilyn” despertó algo en ella que le decía que podía llegar a serlo. Cuenta que tanto le insistió a su mamá para que la llevara al casting que al final fueron y se encontró sola en medio de una sala llena de luces en donde le hicieron hacer toda clase de muecas: “Porque yo en la escuela bailaba, cantaba, era muy expresiva; hacía todo, no tenía vergüenza de recitar o cantar. Pero del concurso nunca me llamaron. Debo haber hecho un papelón. Eran cosas de niña caprichosa. No importa, eso reforzó mucho más mi vocación docente y desde muy chica les ayudaba a estudiar las tablas a mis compañeras que tenían dificultades”.
El magisterio se convirtió para Estela en una vocación bien definida. Asegura que nunca dudó en hacer otra cosa hasta su primer trabajo como maestra, que fue en una de las “escuelas Láinez” que funcionaban en territorios provinciales bajo la órbita del gobierno nacional.
Estos establecimientos, que llegaron a ser casi quinientos, se conocían con el apellido del senador nacional Manuel Láinez, impulsor de la ley 4874 sancionada en 1905 y destinada a reforzar el servicio educativo público, laico y gratuito que brindaban las provincias en la lucha contra el analfabetismo.
El recorrido de Estela en la enseñanza fue creciendo y llegó a ser directora de una escuela de La Plata, puesto que debió dejar cuando fue secuestrado y torturado su marido Guido Carlotto, quien luego apareció con vida. Después, el gran golpe por la desaparición y el asesinato de su hija Laura el 24 de agosto de 1978. Los dos hechos hicieron que virara drásticamente el rumbo de vida y vendría, años más tarde, la intensa búsqueda de cientos de hijos de mujeres secuestradas y desaparecidas en la última dictadura cívico-militar, entre ellos su propio nieto, Ignacio, a quien conoció en diciembre de 2014.
La vocación de enseñar, de alguna manera, continuó con la coherencia y el compromiso desde su activismo político.
“Del otro lado”
Muchos años antes, en 1952, la muerte de Eva Perón había encontrado a Estela de Carlotto ejerciendo la docencia posicionada “del otro lado”, “en la vereda opuesta”. Pero después de más de medio siglo su percepción sobre lo vivido entonces no tiene que ver con a lo que siente actualmente. Su pensamiento hoy es como una réplica de lo que describió alguna vez la escritora cordobesa Lila Nardone en una entrevista tras la publicación en 2008 de su libro 20.25. Quince mujeres hablan de Eva Perón en donde convocó a personas de distintas inclinaciones políticas para que contaran cómo recordaban el momento exacto en el que el locutor Jorge Furnot anunció por radio la muerte de Evita o, acaso, “su paso a la inmortalidad”. Nardone dijo que después de recoger los testimonios sintió en todas las consultadas que “el paso del tiempo había borrado las virulencias”.
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Laura soplando las velitas.
Carlotto reconoce que “no quería ni a Perón ni a Eva” y que “estaba, como la mayoría de la sociedad platense, más con los radicales”, pero aclara que “sin fanatismo, aunque molesta por ciertas cosas que pasaban”. Es que en esas épocas era blanco o negro, todo o nada, no había grises y las presiones sindicales, tanto en escuelas como en otros ámbitos laborales, se sentían con intensidad para quienes no eran peronistas.
Cuando falleció la esposa del presidente Juan Domingo Perón la directora de la escuela donde Estela trabajaba resolvió llevar a los niños al velorio.
Estela, que era maestra suplente, cuenta que a ella esa decisión no le resultó grata. “Pero fui –cuenta–, y agrega: “Hicimos esa enorme cola, dimos una vuelta alrededor del féretro. Hoy le agradezco a esa directora, que era muy peronista, que me haya obligado, entre comillas, a ir, porque viví un momento histórico de una mujer que hoy admiro. La vida es así, hay que poner las cosas en su tiempo justo. Con los años aprendí que la sociedad en la que uno vive te va marcando otras cosas”.
Una apasionada por la lectura
“Cuando era chica mi mamá me llamaba: «¡Vení que te necesito!”» y yo, casi siempre estaba leyendo. Mi relación con la lectura fue formándose en mi infancia. Después, con mi novio (Guido Carlotto), quien fue mi único novio y mi único esposo, comprábamos colecciones de libros que aún conservo, de autores muy reconocidos de aquella época. Recuerdo, por ejemplo, la novela 1984 de George Orwell. Cuando la leí me impactó y me parecía que ese año no iba a llegar nunca y hoy quedó quién sabe dónde”.
Ahora ya dejó un poco la lectura porque su vista no es la de antes. Al tener que vivir con esa dificultad cuenta que prefiere instruirse de manera visual. “Tengo una gran biblioteca, pendiente por acomodar porque nunca tenía tiempo para hacerlo por mis viajes de lunes a viernes a Buenos Aires, y apenas si podía estar algún sábado o domingo haciendo las cosas hogareñas”, dice. En este punto vuelve a recordar a su marido: “Falleció hace veinte años. Había sido secuestrado y torturado. Tenía una enfermedad previa –era diabético– y su salud quedó quebrantada. Nos amábamos mucho. Lo extraño una barbaridad”.
Sobre la fortaleza de aquella directora de escuela y ama de casa que tuvo que dejarlo todo para buscar a su hija, y después a cientos de nietos apropiados durante la última dictadura cívico-militar, ella misma asegura que es un revisionismo que se lo hacen pensar otras personas cuando le preguntan: ¿Cómo pudo, cómo hizo, qué sintió? “Soy una mujer común –dice–, pero cuando las madres tenemos que defender a nuestros hijos, y es injusto lo que les están haciendo, nos sale la fuerza de donde sea. Algunos dirán que eso no existe. Hay tantos conceptos diferentes hoy sobre la maternidad… pero para mí esa fuerza existe”.
Hoy Estela dice “vivir el presente para poder seguir haciendo”. Porque si bien se encontraron 130 nietos, Abuelas no tiene vacaciones y los equipos trabajan de manera virtual y presencial de lunes a lunes haciendo las gestiones inherentes a la búsqueda de los 300 nietos que todavía falta encontrar. Piensa que cuando pase la pandemia quizás no viaje como antes todos los días a Buenos Aires, que tal vez lo haga dos o tres veces por semana: “Tengo 90 años, no es pavada, a veces me olvido que los tengo porque me siento más joven de espíritu que en la vida real y quiero caminar más ligero y hay cosas que ya no puedo hacer. Vivo cómoda, me he organizado para hacer muchas de las cosas que siempre quedaban pendientes porque nunca estaba en casa, lo que es muy bueno. Sigo trabajando desde casa, tengo nietos que viven cerca y me ayudan con la tecnología. También empecé a relacionarme con mis vecinos que son un encanto, porque nunca fui ni buena ni mala vecina porque durante 40 años casi nunca estaba en casa. Hoy hago lo que tengo ganas”.
La hija soñada
Estela y Guido Carlotto se conocieron cuando ella tenía dieciocho años. Se enamoraron profundamente. Durante sus años de noviazgo soñaban con casarse y tener muchos hijos, de hecho tuvieron cuatro –dos mujeres y dos varones–, pero en ese deseo ambos coincidían en algo muy particular: querían que su primer hijo fuera una nena para llamarla Laura. “Todo muy románticamente”, agrega Estela. Ese anhelo surgió después de ver la película Laura, un drama romántico del cine negro que llegó a la pantalla grande en 1944 con dirección de Otto Preminger. Justamente Gene Tierney, la bella protagonista del filme, protagonizaba a Laura Hunt. “Tenía una melodía de fondo maravillosa”, recuerda Estela, refiriéndose a la música del célebre director de bandas cinematográficas David Riske.
—¿Cómo era Laura? ¿Cuáles eran sus sueños?
—Era una chica muy especial. Digo siempre que vivió como apurada. No le gustaban las fiestas, prefería estar en casa. Se puso de novia a los trece años con un chico de dieciocho. Me quise morir cuando me dijo: “Mamá, te tengo que decir algo: me enamoré de un chico de dieciocho”. Le dije que era un hombre grande, que ya era mayor de edad y ella me dijo que lo amaba y que había dos situaciones: “Si me aceptás voy a seguir y, si no, también voy a seguir”. Era un chico maravilloso pero no se casó con él, se casó muy joven con otro muchacho. Cuando cumplió dieciocho dejó de ser dependiente de sus padres, quizás un poco por la militancia, porque estaba en la Juventud Universitaria Peronista de la Universidad de La Plata en donde estudiaba el profesorado de historia.
—¿Cómo la imagina hoy?
—La recuerdo con un amor inmenso; me la imagino cómo sería, con la edad que tendría que tener ahora. Tenía veintitrés años cuando la asesinaron luego de robarle su hijo dos meses después de su nacimiento. A él finalmente lo encontramos y lo disfruto muchísimo. Fue una alegría enorme. El tema fue popular, tanto dentro como fuera del país. Increíble. La emoción que se vivió por el encuentro, porque me conocen, saben que uno busca, que era un nieto más, porque yo buscaba a todos, pero era mi nieto. Tuve la felicidad de encontrarlo treinta y seis años después y que sea tan bueno y además, un gran artista de la música.
—Laura parece haber llegado a su vida como una epifanía…
— El sueño de nuestro noviazgo con Guido era tener una hija que se llamara Laura y nació ella. Cuando dijeron que era nena lloré porque era esa Laura que habíamos soñado. Y Laura llegó. Ahora es una estrellita que ilumina, porque con veintitrés años, sé cómo la pasó en ese campo de concentración y cómo desafiaba a los carceleros. Porque nos hemos enterado cómo defendía a los compañeros que llegaban malheridos. Es triste que sea reconocida por lo que le pasó y que no fuera una mujer común, con la edad que tendría que tener hoy, y estar al lado de su familia.
—¿Cómo vivó el cambio de su vida tras el secuestro y el asesinato de Laura?
—Yo no sabía que tenía condiciones pareja asumir riesgos y salvar o tratar de salvar situaciones durísimas tomando decisiones. Me quisieron matar en 2002, pero fue algo que me pasó por arriba porque lo peor ya me lo habían hecho. Las balas que Laura tenía en su cráneo, las que la asesinaron, son las que están acá en mi casa.
Docencia y memoria: “La escuela es un lugar fundamental”
Desde su lugar de activista y también de docente, Carlotto sostiene que la escuela es fundamental para formar pensamiento crítico en los más jóvenes; que cada ministro de Educación en Democracia “a excepción del gobierno anterior”, recibió a Abuelas y las escuchó, y así se implementó en los programas Derecho a la Identidad como materia, con apoyo de material didáctico y formación docente sobre el tema.
—¿Cómo ve la educación actualmente en relación a los Derechos Humanos?
—Hoy los chicos de la primaria tienen una capacidad de comprensión increíble, quieren saber y preguntan “qué pueden hacer”. Cuando esos chicos me preguntan quién soy y lo que me pasó, les digo que primero estudien, porque el que estudia sabe y no lo lleva por delante ni lo engaña otro. La sabiduría es un valor enorme. Después les decimos que sean buenos compañeros, respetuosos con los adultos, que ayuden al que menos tiene pero que no les den lo que le sobra sino lo que necesita. Consejos sanos para que se reúnan con sus vocaciones en comunidad: al que le gusta el deporte que no esté solo, que juegue con otros, y a quien prefiera el arte que lo haga junto con otros compañeros. Enseñarles a hacer, en grupo, tareas comunes para tener amistad y comprensión por el otro y con el otro.
—¿Y la receptividad en los estudiantes secundarios?
—Son chicos que tienen ya ideas mucho más luminosas y rápidas y que intervienen en todas las acciones políticas o estudiantiles del país, son jóvenes a los que hay que cuidar mucho para que hagan las cosas bien, con el derecho que les cabe. Las Abuelas estamos encantadas con nuestra juventud actual, es maravillosa porque en su gran mayoría, salvo algunas excepciones, han encontrado la forma de unirse para trabajar por el bien común. Son solidarios, creativos, tienen presencia en sus derechos y lo manifiestan. Tienen otra forma de vivir mucho más adelantada que en la época nuestra. Somos los adultos quienes tenemos que darles el ejemplo, en especial cuando por ahí uno ve que hay quienes no merecen ser escuchados.