Aunque la neutralidad gozó de un amplio consenso social hasta 1917, los beligerantes desplegaron durante toda la contienda diversas estrategias para influir en su favor a la opinión pública y al gobierno argentino. Así, la disputa entre nuestro país y el Reino Unido por la soberanía sobre las islas irrumpiría de manera recurrente en el debate público acerca de la guerra y alimentaría los argumentos de los agentes locales de la propaganda alemana y de los neutralistas argentinos. Aquí reconstruiremos los usos y las significaciones que tuvo la cuestión Malvinas entre 1914 y 1918 teniendo en cuenta tanto sus conexiones con la guerra global como sus vínculos con la política interna.
Las Malvinas en la estrategia global alemana
En el transcurso de la Gran Guerra, Alemania operó a escala global y buscó la desestabilización de sus enemigos. En consecuencia, se dedicó a alentar movimientos revolucionarios entre las minorías descontentas de los territorios controlados por el Reino Unido, Rusia y Francia. La estrategia no se limitó a los imperios formales de sus enemigos en Asia, Europa y Latinoamérica. También involucró a naciones neutrales, donde la diplomacia y la red de agentes de propaganda germana alentaron reclamos irredentistas. En México, Alemania entabló gestiones secretas para establecer una alianza militar bajo la promesa de restituir los territorios de Texas, Nuevo México y Arizona, en manos de los Estados Unidos. En España, hizo circular versiones acerca de la recuperación del Estrecho de Gibraltar, controlado por los británicos. En la Argentina, también difundió rumores similares acerca de la cuestión Malvinas.
La propaganda alemana se caracterizó por una profunda anglofobia, producto de la rivalidad económica y colonial con el Reino Unido y alimentada por la guerra económica que acompañó a la desplegada en los campos de batalla. En consecuencia, Gran Bretaña fue presentada como una potencia ávida de lucro y nuevos mercados, guiada por un doble estándar que combinaba una retórica liberal y una conducta opresora y expansionista. Como muestra elocuentemente esta imagen, el Reino Unido era frecuentemente representado como como un pulpo que extendía sus tentáculos por todo el globo, incluyendo a las Malvinas.
La evocación de la cuestión Malvinas por la propaganda alemana en la Argentina siguió los lineamientos generales de esas denuncias globales contra el Reino Unido. Fue parte de la campaña para explotar en su beneficio un sentimiento antibritánico que respondía tanto a factores históricos de larga data como a otros ligados a la coyuntura de la guerra. En lo que a factores históricos se refiere, los propagandistas alemanes en la Argentina destacaron -además de la cuestión Malvinas- las invasiones inglesas al Río de la Plata en 1806 y 1807. El ministro plenipotenciario británico en la Argentina -Sir Reginald Tower- manifestó constantemente su preocupación por el uso propagandístico de este tema. A su juicio, la insistencia en esos episodios históricos podría contribuir a “engendrar sentimientos de animosidad contra los británicos”.
La historia del archipiélago y de los derechos argentinos sobre él eran repasados de manera constante en los escritos sobre el tema. Los publicistas alemanes insistían en la legitimidad del reclamo soberano argentino y en el recurso británico a la fuerza como herramienta de dominación. Al mismo tiempo, aludían a las potencialidades estratégicas del archipiélago derivadas de su posición geopolítica, clave para la navegación interoceánica en el Atlántico Sur.
También destacaban otras tensiones, de carácter coyuntural, entre el Reino Unido y la Argentina. Algunas de las políticas aplicadas por Gran Bretaña como parte de la guerra económica lesionaban intereses argentinos en distintas áreas. El apresamiento del vapor “Presidente Mitre” en aguas argentinas como parte del bloqueo naval británico y la implementación de las “listas negras” contra las empresas alemanas radicadas en el país y sus socios locales son dos ejemplos claros.
Como contrapartida de la denuncia del imperialismo británico, se desestimaba que Alemania pudiera representar una amenaza. El jurista argentino Ernesto Quesada -notorio admirador de Alemania- comparó los riesgos del expansionismo germano y del británico en América Latina y concluyó que “Alemania jamás ha pretendido desempeñar papel político en América: en cambio, Inglaterra se ha posesionado, durante el siglo XIX, de diversos territorios americanos, como, p. e. (…) las islas Malvinas, etc., trató vanamente de conquistar a la misma Argentina en 1806 y 1807, y ha ejercido presión diplomática y militar en diversos estados latino-americanos.”
La propaganda germana no sólo ofreció una imagen benevolente y pacífica del Imperio Alemán como contracara del británico, sino que lo postuló como un potencial aliado en la recuperación de las Malvinas. El argumento resaltaba que los reclamos argentinos eran desoídos por Londres debido a su inferioridad económica y militar, que hacía imposible desafiar el control británico sobre las islas. Los reclamos efectuados a Gran Bretaña venían resultando inconducentes. En ese marco, los agentes de la propaganda germana destacaron que el respaldo de Alemania al reclamo argentino constituía una carta decisiva a la hora de propiciar el retorno del archipiélago al patrimonio nacional. El teniente coronel Emilio Kinkelin, que actuó como corresponsal de guerra del diario La Nación y como agente oficioso de la propaganda alemana en la Argentina, defendió abiertamente esa posibilidad en varias de sus colaboraciones con el diario. Por lo general, la propaganda alemana tendió a recalcar la afinidad de intereses entre la Argentina y Alemania, y las divergencias que, en cambio, nos separaban del Reino Unido, dando como un hecho la presunción de que Alemania restituiría las Islas a la Argentina en caso de salir victoriosa en la guerra.
Instó incluso a radicalizar las demandas argentinas en torno a las Malvinas en el marco de la Conferencia de Paz. Como señalaba un folleto que circuló a fines del conflicto, “uno de los bandos en lucha -precisamente aquel en que figuran los despojadores de las Malvinas- ha tomado por lema guerrero estas tres palabras: DERECHO, REPARACIONES, INDEMNIZACIONES. Pues bien: la Argentina no desea otra cosa sino que se reconozca su DERECHO sobre las Malvinas y está dispuesta a someter ante cualquier tribunal las pruebas de ese derecho. Exige REPARACIONES por los ultrajes perpetrados contra sus autoridades y contra su bandera. Pide INDEMNIZACIONES por los daños causados en sistemáticas y arbitrarias destrucciones.”
Por otro lado, a partir del ingreso de los Estados Unidos en la guerra en 1917, la retórica anti imperialista de la propaganda alemana se intensificó y se nutrió de un nuevo enemigo, iniciándose una campaña de denuncia del panamericanismo como herramienta para la dominación norteamericana sobre América Latina. La cuestión Malvinas no estuvo ausente de ese discurso. Por entonces se reflotó el antecedente del ataque de la fragata norteamericana USS Lexington a Puerto Soledad, en 1831, que culminó con la destrucción total de la colonia allí establecida por Luis Vernet, titular de la Comandancia Política y Militar creada en 1829 por el gobierno de Buenos Aires. Este episodio fue señalado como un hito propiciatorio de la ocupación de las islas por Gran Bretaña en 1833, por cuanto el encargado de negocios norteamericano en Buenos Aires desconoció los derechos de las Provincias Unidas sobre el archipiélago, Tierra del Fuego y la Patagonia y, por el contrario, sostuvo la soberanía británica sobre las Malvinas.
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Las Malvinas y los neutralistas argentinos
La incorporación de los Estados Unidos al bando aliado en abril de 1917 marcó una divisoria de aguas en el posicionamiento de los gobiernos y de las sociedades de América Latina respecto de la guerra. En el caso de la Argentina, este acontecimiento se combinó con los efectos locales de la guerra submarina irrestricta alemana, dando lugar a un escenario altamente conflictivo. A fin de evadir el creciente aislamiento impuesto por el bloqueo naval británico desde los inicios de la contienda, Alemania recurrió a la guerra submarina, generalizada desde enero de 1917 a toda nave que circulara por la zona de exclusión que estableció. Como resultado, entre abril y junio de 1917 tres barcos de bandera argentina -el Monte Protegido, el Toro y el Oriana- fueron hundidos por submarinos alemanes, originando las correspondientes reclamaciones diplomáticas, que fueron satisfechas por las autoridades germanas. A pesar de ello, la situación escaló en gravedad al ser instrumentada por los Estados Unidos para presionar al gobierno argentino a romper relaciones diplomáticas con el Imperio Alemán y a alinearse así con su política exterior. En efecto, el gobierno norteamericano difundió una serie de telegramas -interceptados y descifrados por la inteligencia británica- que el ministro plenipotenciario de Alemania en la Argentina -el conde Karl von Luxburg- había enviado a sus superiores en Berlín durante las negociaciones por la crisis diplomática. En ellos, Luxburg se refirió en términos insultantes al ministro de Relaciones Exteriores argentino -Honorio Pueyrredón-, recomendó proseguir con los hundimientos indiscriminados, pero “sin dejar rastros”, y aludió a un acuerdo verbal con el presidente Yrigoyen para limitar la navegación de barcos argentinos por la zona de exclusión.
El denominado “affaire Luxburg” puso en entredicho el consenso interno en torno a la neutralidad diplomática. Hasta entonces, las simpatías por los Aliados o los Imperios Centrales -expresadas con apasionamiento por la opinión pública local- eran compatibles con la convicción de que la Argentina debía mantener una posición neutral frente al conflicto. El amplio escándalo provocado por el caso Luxburg llevó a amplios sectores de la sociedad a cuestionar la vigencia de esa política exterior y generó una polarización entre los defensores de la neutralidad y los partidarios de la ruptura de relaciones diplomáticas con Alemania. Neutralistas y rupturistas se enfrentaron cotidianamente en la prensa, en las calles, en el Congreso. La competencia por influir en la opinión pública y en el curso de la diplomacia oficial se manifestó en una verdadera batalla propagandística en todos los espacios de sociabilidad y dio lugar a una amplísima explosión asociativa. Tanto rupturistas como neutralistas se atribuyeron la representación exclusiva -y excluyente- de la identidad nacional, haciendo inviable cualquier acercamiento entre sus posiciones.
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El campo neutralista era extremadamente complejo y englobaba a actores sociales y políticos por definición muy diversos: admiradores confesos de la cultura germana, socialistas internacionalistas, anarquistas, católicos, radicales e incluso conservadores, que sólo tenían en común la defensa de una neutralidad hasta entonces incontestada, pero que diferían en los móviles de dicha política exterior. El único denominador común era la defensa de la neutralidad, que condujo en la práctica a alianzas tácticas que en ocasiones derivaron en un accionar conjunto.
Sus adversarios -los rupturistas- tendieron a simplificar esa heterogeneidad de los neutralistas catalogándolos bajo la categoría reduccionista de “germanófilos”, una acusación inexacta que ocultaba las diferencias internas que había entre los defensores de la neutralidad. Sin embargo, es cierto que, algunas iniciativas neutralistas, que contaban con un amplio caudal de participantes procedentes de diversos sectores de esa tendencia, terminaban siendo instrumentadas por los partidarios de la causa alemana.
Diversos exponentes de ese variado campo neutralista apelaron a la cuestión Malvinas como parte de la denuncia de las agresiones -pasadas o presentes- del imperialismo británico y, por ende, de la discrepancia de intereses con la Argentina. Algunos oradores frecuentes en los actos de la Liga Patriótica esgrimieron la cuestión Malvinas en sus repertorios argumentales. En las múltiples movilizaciones callejeras que se extendieron a lo largo del país, fue corriente la distribución de volantes sobre las invasiones inglesas, las Malvinas, el apresamiento del vapor Presidente Mitre y las listas negras. Esos episodios también servían a los neutralistas como evidencia del carácter supuestamente antinacional de sus adversarios rupturistas, que postulaban el alineamiento explícito con los Aliados a pesar del protagonismo británico en ese bando. La vigencia del diferendo con Gran Bretaña era presentada como un impedimento irremontable para cualquier solidaridad con la causa aliada. Como señalara el folleto argentinidad, de Juan Magíster (nombre ficticio), “Inglaterra convirtiendo en colonia un pedazo de suelo argentino, no debe esperar jamás un gesto de simpatía de nuestro pueblo. (…) si entre la masa de población argentina existen muchos neutrales a pesar de tener simpatías por Bélgica, Francia e Italia, es debido en gran parte a que no se quiera acompañar a Inglaterra en la causa, por culpa de la mancha imborrable, que perdurará mientras se retengan las islas Malvinas.”
Por su parte, el diario La Verdad, cercano a algunos sectores del radicalismo, insistió con frecuencia en la cuestión Malvinas. En el auge de su campaña antibritánica, el vespertino fue efectivo a la hora de difundir lemas simples como el “¡Que nos devuelvan las Malvinas!”, que circuló en múltiples volantes distribuidos por la ciudad y fue coreado en actos neutralistas. Las declaraciones de amistad hacia la Argentina que las autoridades diplomáticas y representantes de la comunidad difundían con vistas a neutralizar el sentimiento antibritánico eran tomadas con sorna por La Verdad. En cambio, el diario sostuvo que la mejor prenda de la amistad británica era la devolución de las Islas.
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Conclusiones
En el marco de la Primera Guerra Mundial, la cuestión Malvinas emergió recurrentemente en los debates públicos asociados al posicionamiento de la Argentina frente al conflicto. Su invocación evidencia tanto su entrelazamiento con las estrategias que la guerra total puso en marcha a nivel global como su relevancia como factor de movilización de la sociedad argentina.
Desde los inicios del conflicto, Alemania apeló a la disputa entre el Reino Unido y la Argentina en torno a la soberanía sobre el archipiélago como parte de una estrategia propagandística centrada en la condena del imperialismo británico y en el fomento del irredentismo. La cuestión Malvinas servía al Imperio Alemán en varios sentidos. Por un lado, para contrarrestar los estereotipos difundidos por la propaganda aliada que hacían del Reino Unido el paladín de la libertad y de Alemania la máxima encarnación de la autocracia. La ocupación y el dominio de facto ejercido sobre las islas Malvinas ilustraban la negación del derecho y el imperio de la fuerza que regirían la conducta internacional del Reino Unido. Al mismo tiempo, la propaganda germana impulsaba la rehabilitación del Imperio Alemán, destacando su inocuidad para los intereses argentinos y postulándolo incluso como un aliado en la lucha por la restitución de las islas a sus legítimos dueños. Por otro lado, la cuestión Malvinas era invocada para debilitar la adhesión de la sociedad argentina a la causa aliada, erosionando la imagen del principal socio comercial del país, con quién Alemania mantenía una creciente rivalidad económica ya desde las vísperas de la contienda.
La cuestión Malvinas cobró nuevo impulso a partir de la crisis diplomática de 1917. Los partidarios de la causa alemana intensificaron su propaganda en apoyo a la neutralidad oficial, ante la eventualidad de que el gobierno argentino la abandonara para encolumnarse tras los Aliados. En esa empresa confluyeron con otros sectores que, más allá de sus diferencias ideológicas y políticas, compartían la defensa de la cuestionada neutralidad.
El análisis de la cuestión Malvinas en el marco de la Gran Guerra muestra la interconexión de lo global y de lo local. La guerra total de la que formalmente la Argentina estaba al margen reactivó la vigencia de una disputa de larga data, que a su vez sirvió de prisma desde el que interpretar la coyuntura internacional y sus implicaciones para el país. Asimismo, muestra el potencial movilizador que tuvo Malvinas en ese período -y que mantendría a lo largo del siglo XX-, manifestado en este caso en su constante uso propagandístico y en su presencia recurrente en el debate público y en la definición de la identidad nacional.
(*) María Inés Tato es Investigadora Independiente del CONICET en el Instituto Ravignani (UBA/CONICET), donde coordina el Grupo de Estudios Históricos sobre la Guerra. Docente en la Facultad de Ciencias Sociales (UBA) y en la Maestría en Historia de la Guerra (UNDEF). Coeditora con Luis Dalla Fontana de La cuestión Malvinas en la Argentina del siglo XX. Una historia social y cultural (Prohistoria, 2020).