Con alguna frecuencia hablábamos con Juan L. sobre la muerte. La conversación se
iniciaba casi siempre con preguntas que yo le hacía. Con 30 años menos que Juan, ese problema me
inquietaba. A él, en cambio, parecía tenerlo sin cuidado, como si ese asunto lo hubiera resuelto de
una vez por todas. Trataba, con mucha cortesía, de transmitirme serenidad. Recuerdo ahora que su
respuesta, con ligeras variantes, era siempre la misma: "La muerte es un simple cambio de estado".
La lectura de los poetas y filósofos orientales, tan persistente a lo largo de su vida,
probablemente lo habían conducido a esa conclusión.
Juan L. se hallaba muy distante de la angustia cristiana ante la muerte. No lo
desvelaban ni la perspectiva de un juicio final, en el que no creía, ni el "memento mori" medieval.
Aunque imbuido de la tradición occidental, cuyas premisas conocía al detalle, su corazón estaba
puesto en el Oriente. Siempre estuvo más cerca de Buda que de Cristo, y en particular de Lao Tsé,
aunque no desdeñaba las enseñanzas de Confucio, ni las del budismo zen. Su sensibilidad ante el
sufrimiento universal tal vez haya sido anterior a todas aquellas lecturas. Quizá éstas sólo
alimentaron un sentimiento que venía desde su infancia. La hermandad con todo lo creado, seres
humanos, animales, árboles, y aun el mundo inanimado, seguramente fue estimulada por el pensamiento
oriental, pero existían en él como una peculiaridad de su carácter. Su poesía siempre estuvo atenta
al dolor y al padecimiento de todo lo viviente.
Un amigo me contó alguna vez cómo fueron los momentos finales de la vida de
Juan. Era el año 1978. Argentina estaba gobernada por una Junta Militar, sanguinaria y cruel.
Muchos de sus amigos más próximos estaban exiliados. Algunos habían muerto, otros estaban en las
cárceles. Juan L. vivió esos años más aislado que nunca. Su situación económica era muy precaria y
su salud, desde hacía algún tiempo, iba deteriorándose. Padecía de un enfisema pulmonar, el mal de
los fumadores empedernidos, como era Juan L.
Se aproximaba a la muerte sin sobresaltos, como si ese cambio de estado debiera
hacerse suavemente, sin estridencias ni lamentaciones. Una tarde, me contó este amigo, la última de
su vida, compartió todavía una conversación con algunos jóvenes que lo acompañaban. Gerarda, su
mujer, algo menor que él, asistió, como siempre solía hacerlo, a esta última charla. En un momento
de la tarde, cuando ya comenzaba a oscurecer, le dijo: "Ya es hora de acostarte, Juan". Sin oponer
resistencia, esta vez Juan aceptó la orden de Gerarda, saludó a los presentes y se retiró a su
cuarto. Se recostó por un momento y luego, haciendo un último esfuerzo, se levantó de su cama para,
con la cortesía acostumbrada, despedirse de sus amigos ausentes. "Bueno Paco", dijo, "bueno Saer,
bueno Hugo, bueno Mario…" Luego regresó a su cama y unos minutos después su vida había
terminado. Imperceptiblemente cambió de estado; con un último gesto cordial se despidió de la vida,
serenamente, como había vivido, como siempre quiso que fuera ese pasaje.
En el año 1970, cuando Juan L. tenía más de 70 años, se publicó, en una edición
de la Biblioteca Vigil de Rosario, en tres tomos muy cuidados, toda su poesía escrita hasta
entonces. Hacía ya más de diez años que no aparecía ningún libro suyo, aunque su ritmo de
producción, en ese tiempo, fuera igual o aun mayor al de siempre.
Recuerdo muy bien el día en que con Rubén Naranjo, en representación de la
editorial, fuimos hasta su casa de Paraná, para convenir la publicación. Muy sorprendido Juan ante
la propuesta me llamó aparte para decirme que cómo iban a solventar los gastos de una edición tan
costosa. Yo le contesté que los editores disponían de los medios y que lo único que él debía hacer
era reunir todos los poemas escritos hasta ese momento ya que, según me habían dicho, contra esa
entrega ellos le pagarían la totalidad de los derechos de autor de una edición de 3.000 ejemplares.
Juan L. no podía comprender lo que estaba sucediendo. Él, que durante toda su vida se había
costeado las propias ediciones de 300 ejemplares, mediante un mecanismo elemental, se hallaba ahora
frente a un ofrecimiento inusitado.
La edición insumió mucho tiempo, pero al fin, con el título de En el aura del
sauce apareció esta obra, quizá la más sobresaliente escrita en la poesía argentina durante el
siglo XX. Tal vez importe apuntar que a pesar de la buena acogida que tuvo esta publicación, no
hubo en ese tiempo estudios críticos o ensayos que destacaran la importancia de esta poesía. Más
aún habría que señalar que seis años después de la publicación de En el aura del sauce todavía
quedaban en la editorial varios cientos de ejemplares. Hacia 1976 la Junta Militar que gobernaba el
país intervino la Biblioteca Vigil y una de sus primeras acciones fue quemar, entre otros libros,
los de Juan L. Ortiz que estaban en los depósitos de la editorial. Desde entonces, no hubo libros
de Juan en las librerías argentinas. Pasaron luego más de veinte años para que con el auspicio de
la Universidad Nacional del Litoral, de Santa Fe, se reuniera su obra completa en una excelente
edición, muy cuidada, ahora sí, con algunos textos críticos señalando la significación de esta
poesía. Ninguna editorial, de las prestigiosas, intentó reeditar nunca una obra que, ya para ese
entonces, tenía una presencia única en la poesía argentina.
Alrededor del año 1974, sin pensar siquiera en lo que sucedería luego, la
editora de En el aura del sauce, en conocimiento de que Juan L. tenía poemas inéditos posteriores a
los tres tomos, le propuso reunirlos en un cuarto tomo. Ante esa perspectiva, Juan L. comenzó a
ordenar esos materiales para su publicación. Personalmente pude comprobar que su trabajo de
ordenamiento, avanzaba a buen ritmo. No quisiera exagerar si digo que alrededor de 50 ó 60 páginas
ya habían sido pasadas en limpio a comienzos de 1975. En mayo de ese año, yo salí del país y no
regresé hasta 1986. Perdí, desde entonces, todo vínculo con los amigos que permanecieron allá. Juan
L. murió en el año 1978. La última vez que hablé con él fue, en una llamada telefónica que hice
desde Londres, el día que Juan cumplió 80 años.
La Biblioteca Vigil, cada vez más hostilizada, vivía momentos difíciles que
culminaron en su cierre definitivo. Juan L., más aislado que nunca, sobrevivió como pudo durante
ese periodo aciago. El hecho cierto, y muy lamentable, es que esa obra final parece haberse perdido
para siempre. En la edición del año 1996 de la Universidad del Litoral, se incluyeron varios poemas
que no figuraban en la edición de la Biblioteca, pero estoy seguro de que esos poemas no son sino
una pequeña parte de los que escribió en esos años.
A veces pienso que para nosotros, que tuvimos con él una relación prolongada,
Juan L. era como uno de los nuestros. Nunca se comportó como un maestro que se reunía con sus
discípulos. Fue por su modo de ser un igual entre nosotros, alguien que experimentaba, aún a su
edad, las mismas dificultades, los mismos titubeos que los más jóvenes. Aparecía como un aprendiz,
que aun al final de su vida corre todos los riesgos y al que también aguarda la posibilidad del
fracaso. Nos leía sus poemas con total humildad, explicándonos los pasajes que consideraba oscuros,
pues la oscuridad no era para él lo deseable en un poema, aunque a veces, inevitablemente, ésta
sobreviniera. En esos casos —lo sabía— no hay explicación que pueda disiparla
totalmente. Sucede a veces, no obstante, que esos pasajes oscuros son los que más nos atraen. Así
es la poesía. Tal vez sea esa oscuridad la que nos obliga a detenernos, la que nos ayuda a valorar
las palabras, a sopesarlas, a no pasar volando sobre un poema, como suele suceder con la prosa. La
poesía reclama detenimiento en su materia, y la oscuridad contribuye a veces a desarrollar ese tipo
de lectura minuciosa. A pesar de ello Juan insistía en revelarnos la significación de sus imágenes,
las referencias objetivas que habían motivado el poema. Mas lo que siempre quedaba vibrando ante
nosotros era el torrente de palabras, la musicalidad de su lenguaje, el ritmo de una escritura que
nos convocaba y nos hacía compartir una dicha que es, ciertamente, la dicha que proviene de la
poesía.
Me gustaría citar aquí —pues me parece oportuno— un párrafo de Eliot
donde éste analiza la influencia que Yeats ejercía sobre los jóvenes poetas. Afirma Eliot: "La
influencia de la que hablo se debe a la figura del poeta mismo, a la integridad de su pasión por su
arte y su oficio que le dio tal impulso para su extraordinario desarrollo". Juan L., ciertamente,
se sentía igual a todos los principiantes porque para él el arte, la poesía, era más importante que
el artista. Su figura de poeta también, junto a la intensidad de su pasión, ejerció un indudable
magisterio. Las explicaciones que Juan L. solía darnos de su poesía no tenían, creo, la finalidad
de reducir a claridad aquello que por su naturaleza era oscuro, tal vez se tratara nada más que de
una cortesía hacia el lector. Sabía que a medida que avanzaba en su escritura ésta se hacía más
compleja, cosa que él no podía evitar. Quería entregar al lector −a nosotros en ese
caso− algunos hilos para que pudiéramos entrar en ese laberinto sin extraviarnos, aunque
sabía bien que el poema no transmite, necesariamente, una claridad, a menudo éste encarna una
oscuridad que irradia y que uno percibe a pesar de no entender cabalmente.