¿Cómo interpretar los primeros cacerolazos que se produjeron a fines del mes de
marzo, especialmente en la ciudad de Buenos Aires? Es innegable que tuvieron un carácter de clase,
pero resultaría engañoso avalar la lectura unidimensional que hizo el gobierno. Sin ir tan lejos, y
aunque hegemonizadas por las clases medias urbanas, las cacerolas de diciembre de 2001 manifestaron
el repudio de amplios sectores sociales a la política del gobierno de entonces y, más precisamente,
se constituyeron en una expresión espontánea de repudio al discurso autoritario y autista del
presidente De la Rúa.
Esas cacerolas de entonces, no hay que olvidarlo, estaban bastante
indeterminadas ideológicamente, por no decir cargadas de ambivalencia, y fue sólo después, con el
surgimiento del movimiento asambleario, que adoptaron una dinámica política determinada. Pero, más
allá de la indeterminación ideológica, esas mismas cacerolas dejaron una marca orgullosa en la
memoria de muchos argentinos de clase media, sobre todo porteña.
Esa marca, nos guste o no, forma parte ya de la cultura de la protesta, y puede
ser reactivada ante determinados conflictos, independientemente de sus clivajes ideológicos. La
dirección que luego adopten dependerá de la dinámica política que se instale entre los diversos
actores en juego y el propio gobierno.
Lo cierto es que, en su primer discurso público sobre el conflicto, la actitud
intransigente de la presidenta (su sobretono, la calificación del paro como "piquetes de la
abundancia") despertó la indignación y la animosidad de muchos argentinos —quienes
probablemente no la habían votado—, que decidieron salir a repudiar lisa y llanamente su
actitud, munidos menos de un discurso elaborado o de una consigna definida que de una sospecha, un
malestar, una impugnación común que nuevamente se expresó a través del ruido ensordecedor de las
cacerolas, cuando no del golpeteo furioso propio del ahorrista estafado. Así, sería lamentable caer
en la trampa de las interpretaciones lineales y afirmar que los cacerolazos fueron el fruto de la
conspiración de golpistas trasnochados o la expresión sin más de la defensa del "campo".
Había más, mucho más, en esa suerte de magma ideológico que tantas veces
atraviesa a nuestras tumultuosas clases medias. El gobierno debería tomar nota de ello y sumarlo al
análisis del resultado de las últimas elecciones, ya que la fórmula del oficialismo obtuvo baja
votación en aquellos distritos donde los índices de pobreza son menores. Esto es, un porcentaje no
menor de las clases medias, cuya volatilidad política suele ser mayor que la de otros sectores
sociales y pese al actual auge del consumo, le habría dado la espalda.
Por último, más allá de las "cadenas de mails" que llamaban a manifestarse (cuya
eficacia, presumo, habría que relativizar), una vez más, la espontaneidad estuvo del lado de la
crítica, de la oposición, y en ningún momento del lado del gobierno. Más aún, aquellos que
consideraban las retenciones como una medida positiva (y sin duda lo es, por encima de su carácter
indiferenciado y no coparticipativo) no encontraron ni tuvieron el espacio desde el cual manifestar
ese apoyo, a menos que decidieran alinearse junto con las "masas encuadradas" de los piqueteros K o
las huestes de Moyano.
Convengamos que el rechazo a estas alternativas no tiene que ver stricto sensu
con consideraciones de tipo clasista, sino con la naturaleza misma del vínculo que estas
organizaciones mantienen con el gobierno: la dependencia, la subalternidad, la
instrumentalización.
El esquema binario
El segundo tema al cual quiero referirme es de naturaleza histórico-política. En
estos días asistimos a la súbita reactivación de un esquema binario de hondas raíces históricas,
una matriz dicotómica a partir de la cual se pretende obtener una mirada abarcadora y
omnicomprensiva de la política argentina. Así como el cacerolazo debe ser comprendido dentro de la
memoria corta, la matriz binaria debe entenderse en el marco de la memoria larga de los argentinos:
civilización o barbarie, pueblo versus oligarquía, peronismo o antiperonismo, no hay que olvidarlo,
estuvieron en otros tiempos entre sus consignas más ilustrativas.
Como nos lo recuerda la historia argentina, ese esquema conduce a una peligrosa
reducción de la política, reactiva los prejuicios clasistas y racistas más elementales, y
desplazado el conflicto hacia un registro que queda fuera de toda disputa democrática.
No lo ignoraba D’Elía cuando entró a la Plaza de Mayo para expulsar a los
caceroleros al grito de "patria sí, colonia no" o cuando habló abiertamente del odio a la
oligarquía y el desprecio social de ésta hacia los "negritos". Tampoco lo desconocían las señoras
de Palermo o de Recoleta, cuando hacían sonar frenéticamente su cacerola, o los oyentes que
llamaban a las radios para expresar un cúmulo de invectivas clasistas y racistas contra el
peronismo.
Como dijo el dramaturgo Eugène Ionesco, "acaricia un círculo y éste se hará
vicioso". Algo de este círculo vicioso fue lo que enrareció peligrosamente el clima político de
estos días. Y como nuestra historia además de ser trágica es, en ese sentido, rica y colorida en
hipérboles y "sobreconflictualizaciones", resulta fácil caer en la trampa del círculo.
Digámoslo de modo más riguroso: la inserción de las oposiciones en una matriz
binaria tiende a absorber, monopolizar y distorsionar las figuras de la división: la polarización
rápida desdibuja los matices, conspira contra el llamado a la diversidad y todo parece reducirse a
una colisión entre dos bloques monolíticos.
Aclaro que nadie sostiene que no haya antagonismos irreconciliables, pero éstos
están lejos de reflejarse en la oposición "campo/gobierno" o de resumirse en la imagen de las dos
Argentinas. En realidad, no hay una ni dos, sino muchas Argentinas en conflicto. Pero ante la
polarización y puesta en escena de un esquema binario, todo intento por diversificar las opciones y
complejizar los posicionamientos y antagonismos termina por caer en saco roto.
Esto lo saben en carne propia aquellas izquierdas que acudieron a la Plaza de
Mayo para apoyar el paro agropecuario al tiempo que exigían la reforma agraria... No sólo los
noteros televisivos, tan proclives al pensamiento binario, los miraban como si fueran marcianos
recién desembarcados; también se ganaron la burla presidencial. Burla injusta, hay que decirlo,
pues el gobierno estuvo entre los primeros en caer entrampados —y en promover— el
círculo vicioso.
Resulta curioso que Luis D’Elía, quien fue sin duda el personaje que
enunció de la manera más simplificadora y autojustificativa el carácter binario de la
confrontación, se haya acordado recién entonces de la reactivación de los prejuicios clasistas y
racistas de una buena parte de la sociedad argentina, cuando en realidad lo que él denunció tenía
un precedente reciente bajo el gobierno kirchnerista, responsable político de la demonización de
las organizaciones piqueteras disidentes. Ironías de la historia, el antiguo piquetero devenido en
"soldado" del gobierno no hizo más que probar la medicina que el oficialismo ya había utilizado con
sus hermanos de clase...
El paradigma agrario
El tercer tema se refiere, claro está, al carácter genérico de la expresión
"campo". Desde mediados de los años noventa, asistimos al desarrollo de nuevas tramas productivas
en el agro argentino, que modificaron bruscamente el modelo local de organización de la producción.
Este nuevo modelo, que se caracteriza por el uso intensivo de biotecnologías de acuerdo con
estándares internacionales (semillas transgénicas a través de la siembra directa), colocó a la
Argentina como uno de los grandes exportadores mundiales de cultivos transgénicos.
Lo cierto es que, para muchos, su éxito inicial no sólo está relacionado con el
agotamiento del modelo anterior, sino con su capacidad "relativa" para articular diferentes actores
económicos: mientras que en el sector semillero aparecen las grandes empresas multinacionales (como
Monsanto y Cargill) y unos pocos grandes grupos económicos locales, en el circuito de producción
surgen otros actores económicos, entre ellos los "terceristas" (los que cuentan con el equipamiento
tecnológico), los "contratistas", suerte de "productores sin tierra" (entre los cuales se incluyen
los pooles de siembra y los fondos de inversión) y, por supuesto, los pequeños y medianos
propietarios, muchos de ellos rentistas. ¿Esto significa entonces que, dada la heterogeneidad de
actores que asoman en el nuevo mapa agrario, dicho modelo tendría la particularidad de salir de una
dinámica de "ganadores y perdedores", propia de los años noventa?
Los reclamos de los pequeños y medianos productores parecieran indicar que el
modelo, tal cual aparece hoy, está lejos de ser inclusivo. A esto hay que añadir los
desplazamientos de campesinos e indígenas que desde hace años tienen lugar en ciertas provincias
situadas en la llamada "frontera agrícola" (las áreas marginales), como Santiago del Estero y
Salta, cuyos reclamos no aparecen en la agenda de ninguna de las organizaciones agrarias hoy
movilizadas.
Asimismo, no hay que autodefinirse como ambientalista para constatar que el
aumento de la rentabilidad en el cultivo de transgénicos viene acompañado del avance de la
desforestación y el monocultivo intensivo. Ello, sin contar lo que supone la sojización del modelo
productivo en términos de renuncia a la soberanía alimentaria, o, en otro nivel, a la posibilidad
de independencia y desarrollo tecnológico, vista la tendencia a producir sólo commodities y no
productos con valor agregado.
Amén de ello, dos de los actores centrales del nuevo modelo agrario, como
Aapresid (Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa) y Aacrea (Asociación Argentina de
Consorcios de Experimentación Agrícola), casi no intervinieron en el debate público. Vale la pena
acotar que dichas organizaciones dan cuenta de la emergencia de un empresariado de nuevo tipo,
ligado al modelo agrario dominante, que ya posee sus propios intereses y referentes, su propia
mística e intelectuales orgánicos, de la mano de la llamada "sociedad del conocimiento".
Así, el nuevo paradigma de producción agraria está lleno de puntos ciegos que
involucran una serie de problemáticas muy arduas y complejas, cuya discusión y crítica todavía se
reducen a unos pocos especialistas, algunas organizaciones no gubernamentales y los movimientos
indígenas y campesinos. Pero el debate social sobre sus implicaciones como vía del desarrollo
apenas está en sus inicios.
Tal vez la mentada puja entre el "campo" y el "gobierno" pueda contribuir a
generar un verdadero debate social sobre las implicaciones de un paradigma productivo que, sin
duda, engloba mucho más que a los productores agrícolas, supera la discusión acerca del tamaño de
la unidad productiva o el porcentaje de retenciones que debe cobrar el Estado y pone en tela de
juicio la actual visión productivista y lineal del desarrollo, que predomina tanto en el gobierno
como en el conjunto de los actores del nuevo modelo.
Un comentario final. Recientemente llegó a mis manos un libro que acaba de
editarse en Francia y ha logrado ya un gran éxito de ventas.
Su autora es una conocida periodista, Marie Monique Robin, y su título: El mundo
según Monsanto. Libro perturbador si los hay: a través de una exhaustiva investigación, la autora
nos va develando minuciosamente la historia de Monsanto, la firma más emblemática de la agroquímica
mundial, a quien pertenece nada menos que el 90 por ciento de los organismos genéticamente
modificados cultivados en el mundo y que controla por ello gran parte del paquete agrotecnológico
que, entre otros, está obligado a utilizar el llamado "campo argentino".
Monsanto y su historia
La historia de Monsanto está marcada por un número importante de errores fatales
que, más allá de las condenas judiciales y del conocimiento de su nocividad por parte de la firma,
no obstaculizaron durante un buen tiempo la difusión y venta de productos sumamente perjudiciales
para la salud de la población y del medio ambiente. La lista de estos productos es larga, y me
permito por ello retomar el resumen del prologuista del libro, Nicolás Hulot:
"El PCB, que sirve de líquido refrigerante y lubrificante y cuya nocividad es
devastadora para la salud humana y la cadena alimentaria, prohibido luego de constatar la
contaminación masiva; la dioxina, de la cual bastan solamente pocos gramos para envenenar a toda
una ciudad, y cuya fabricación también será prohibida, desarrollada a partir de un herbicida de la
firma que será la base del tristemente célebre Agente Naranja, el desfoliante arrojado sobre las
selvas y las aldeas vietnamitas (lo que permitirá a Monsanto obtener en el Pentágono el contrato
más grande de su historia); las hormonas de crecimiento lechero y bovino —primer banco de
ensayo de los organismos genéticamente modificados —, cuyo objetivo es hacer producir al
animal más allá de sus capacidades naturales, más allá de las consecuencias demostradas sobre la
salud humana; el herbicida Roundup, presentado como biodegradable y favorable al ambiente,
afirmación contradicha por las decisiones de la justicia en los Estados Unidos y Europa (...)".
Días extraños y no menos intensos... La fusión inesperada entre la memoria larga
(el esquema binario) y la memoria corta (los cacerolazos) produjo una escalada de efectos nefastos,
desdibujó los matices y redujo peligrosamente el espacio del antagonismo. Mientras tanto, la
discusión acerca de las complejas dimensiones que hoy recubren el concepto de "desarrollo", tanto
en el ámbito social ambiental como en términos económicos y tecnológicos, continúa siendo un tema
ausente de la agenda política.