senales

Album familiar, sentimiento de la fotografía en "Los abrazos"

Ensu primer libro, Gabriela Muzzio presenta una serie de imágenes a partir de una foto tomada a sus propios padres. Una búsqueda a través de la memoria y de los afectos.

Domingo 23 de Febrero de 2014

"Tengo muy pocas fotos personales —dice Gabriela Muzzio (Marcos Juárez, Córdoba, 1969)—. No solamente porque de chica no me gustaba salir en las fotos sino porque en mi casa no había cámara. Entonces hacíamos alguna foto cuando venía alguien de visita, o con una prima que tenía una cámara". Entre esas fotos había una especial: la de los propios padres dándose un abrazo. Una imagen que la acompaña desde entonces, que determinó inconscientemente el deseo de ser fotógrafa y que constituye el tema de su primer libro, Los abrazos.

Publicado por la Editorial Municipal de Rosario, Los abrazos reúne treinta y ocho fotografías producidas entre 1999 y 2011. La serie comienza con aquella fotografía de los padres, Irma y Ángel, tomada en 1967 en la terraza de la casa de los abuelos de Muzzio, en Marcos Juárez, y reproduce la situación del abrazo, a través de diferentes protagonistas, situaciones y escenarios.

"Por circunstancias de la vida —explica Muzzio—, yo me crié en Villa Constitución. Mi papá se quedó en Marcos Juárez. Cada vez que lo visitaba, iba mirar un álbum de fotos, un pequeño recorte familiar que contenía la foto del abrazo. En la historia de una persona siempre aparece una foto; para mí, esa foto es muy significativa, primero porque se trata de mis padres; y después porque estéticamente es hermosa, tiene una cosa muy de fotografía europea de los años 50".

En la infancia, "las fotografías eran objetos silenciosos y cautivantes", escribe Muzzio en un breve texto preliminar del libro (ver aparte). "Lo son y lo seguirán siendo", agrega. Pero de ellas también se espera que digan algo.

—Cuando uno mira una foto la imagen no dice más que lo que uno ve. O lo que interpreta. O lo que inventa. A menos que tenga alguna anotación en el reverso con datos sobre quiénes están en la foto, dónde se encuentran y en qué fecha fue tomada. No mucho más que eso, el resto es lo que uno pueda suponer, o averiguar. Pero para mí siguen siendo mudas. Cobran valor en tanto y en cuanto se puede comprender la situación, o pueden tener un uso. Si no, la imagen no tiene sentido. Una foto encontrada en la calle no significa nada para uno, pero seguramente, si por ejemplo es un retrato, tuvo un sentido para muchas personas. Las fotos pueden tener un valor histórico pero hay un valor extra que a veces se pierde, el que tiene que ver con la historia personal.

Un ritmo personal

Los abrazos podría ser visto entonces como una reafirmación del valor personal de la foto de los padres. Y también como una puesta a prueba de una de las convicciones de Gabriela Muzzio: la fotografía cobra sentido a medida que transcurre el tiempo, como una lenta decantación de la experiencia.

—¿Cómo desarrollaste la serie?

—Bueno, yo mostraba la foto y le decía a la gente que me gustaría hacer otra foto así. Se lo pedía a quienes me provocaban de alguna manera una emoción particular. A medida que iba sacando fui construyendo una especie de álbum. En un momento tenía diez fotos y no quería tenerlas en un sobre. "Armo un álbum, un álbum familiar", me dije. Sin pensar en un libro, sino en ordenar las fotos. Fue todo muy inconsciente. Las necesidades que me impulsaron fueron muy íntimas, de entender cosas de la vida. A través de estas fotos fue cobrando sentido, para mí, todo un camino de preguntas y de imágenes, de hablar y de andar. Un proceso más natural que artístico.

—¿Qué le decías a la gente cuando le proponías la foto?

—Era muy sencillo. Les decía que me encantaría hacer una foto de un abrazo, parecida a la de mis padres. Les mostraba la foto y el álbum. No pedía un desnudo, a la mayoría le encantaba la idea. Elegía a las personas cuando percibía una empatía conmigo y entre ellos, claro. Y después con la foto y con la propuesta, una empatía general. Además las sacaba con una cámara de plástico que se llama Holga. El nombre parece poco serio, y de alguna manera le quitaba un poco de pose, de estructura, a las fotos. Parecía una camarita de juguete, como si todo fuera un chiste, y el trabajo se hacía más relajado, más tranquilo. La cámara Holga tiene una lente de plástico y un negativo de 6 x 6, por eso tiene el formato cuadrado, y un mineteado, algunos defectos: siempre le entra un poco de luz, hay bordes más oscuros.

—¿Esos defectos le agregan algo a los fotos?

—Tiene que ver con la fotografía más amateur, más doméstica, más familiar. No había un ritual formal y exquisito, sino en todo caso la frescura de la fotografía anónima. Tampoco eran fotos de estudio donde todas compartían el mismo fondo y lo que se destacaba era sólo el abrazo. El entorno, el fondo, las figuras, el gesto, eran también importantes. Y el libro es una metamorfosis, en diez años cambió todo y muchas de las parejas que fotografié se desarmaron. El álbum rápidamente se convirtió en documental (risas). Bueno, las fotos van cobrando otra fuerza, cambian de sentido a medida que pasa el tiempo. Y el libro es algo a lo que podés volver y donde podés encontrar nuevos sentidos. Como ver la misma película a lo largo de tu vida.

—Se pueden ver distintas situaciones en los abrazos, distintas formas de ubicarse ante la cámara y posturas. Algunos parecen ausentes del hecho de ser fotografiados y otros más conscientes

—No sé si ausentes. Lo que sentía más bien era cierta resistencia. Pasaba que ella quería muchísimo y él decía "bueno, está bien", se resignaba. Eso se nota en las fotos. Algunos se daban cuenta que llevaban mucho tiempo sin abrazarse.

—¿Qué te decían finalmente estas fotografías?

—Por un lado hubo una cuestión muy personal, vinculada a la familia, y por otro lado una cuestión ligada a lo fotográfico, que fui pensando en el tiempo. El hecho de repetir la fotografía como un mantra hace que uno entre en un estado donde puede pensar de otra manera las cosas. A lo largo de ese tiempo entendí cuestiones personales y también empecé a pensar un poco más en los usos de la fotografía, en la fragilidad de la memoria, en la fotografía como soporte de la memoria. Podés olvidarte de un hecho y recordar, revivir cuando ves una foto. La memoria es fragilísima, y la fotografía es una ayuda. Tengo una duda en ese punto, creo que hay una fragilidad común, porque la fotografía no deja de ser un punto de vista, una parcialidad. Con este trabajo me di cuenta también de que soy de procesos lentos. El tiempo es un factor importante para reflexionar, y mi ritmo de producción es un poco acorde a un ritmo más natural de las cosas, no a un ritmo social, si se quiere. Hace poco empecé un trabajo que tiene que ver con la fragilidad de la memoria, son imágenes hechas sobre un soporte de vidrio. Un proceso antiguo que se llama ambrotipo y es más conocido como colodión húmedo.

—La fotografía hoy es una presencia constante en la vida cotidiana. ¿Cómo observás ese fenómeno?

—Es exactamente lo opuesto al modo en que yo entiendo la fotografía. Creo que es antinatural. Quizá la fotografía sea también algo postizo, pero ahora se registra cada evento, cada movimiento. Es la vida a través de la foto, no la vida o la foto, se vive a través de la imagen. Y la cantidad no te permite pensar. No te deja ver, tampoco. En un viaje, en un evento infantil, por ejemplo, es muy común ver a la gente fotografiando todo. Ese no es un modo de estar. Y no es necesario. Yo hago muy pocas fotos.

—¿Qué te parece importante fotografiar?

—Los afectos son algo ineludible. Mi interés ahora está en la naturaleza, en espacios naturales, en un modo más contemplativo. Todo eso está en proceso. Me pregunto si es necesario fotografiar, qué y por qué fotografiar. Me abruma un poco el modo en que se vive la fotografía, yo voy por el lado exactamente opuesto. En clase, no soy de los que dicen que los fotógrafos tienen que quemar rollo. Me parece más importante pensar por qué y para qué uno elige la fotografía, qué encuentra con la fotografía que no podría hacer con la pintura o con otra disciplina. Sostener el proceso del laboratorio, el revelado, la toma, tiene que ver con la posibilidad de pensar y no solo de hacer.

—¿El deseo de ser fotógrafa surgió de aquel álbum familiar que veías en la casa de tu papá?

—Podría ser. Lo pude pensar o darme cuenta después. No en el momento en que decidí estudiar fotografía, hace veinticinco años, cuando vine a Rosario. El tiempo da la posibilidad de entender, de pensar cómo llegaste a un lugar y qué importancia tiene, y no la cantidad de cosas que hagas. En el momento en que hacés las fotos, no pensás en el futuro. Pensás a los fotos en el presente, en el álbum al que va a parar. Con los abrazos me gustaba la idea de que los hijos de esas parejas vieran una foto como la que vi yo, que encontraran de repente, en un cajón o en un álbum, una foto de sus padres abrazándose. Como un aporte afectivo.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS