Aquella madrugada de enero, Miguel Angel Barón se enteró de que una persona
extraña se había introducido en el taller mecánico de su padre, ubicado a pocos metros de su casa.
El muchacho tomó una escopeta y se dirigió hacia el lugar. Saltó el tapial y en ese instante se
encontró con Alberto Beto Flores, un vecino del barrio que al parecer había entrado al galpón para
robar. Entonces se produjo un forcejeo que terminó con un disparo. Los perdigones dieron en el
brazo derecho del intruso, pero dos de los plomos penetraron en el pecho y lesionaron en forma
irreversible un pulmón. Flores pudo salir porque el propio Barón abrió el portón ("tomátelas
rastrero hijo de mil putas", le dijo), pero luego de correr unos cien metros se desplomó y murió.
Esa secuencia, según un fallo judicial conocido ayer, se encuadra en un homicidio agravado por el
uso de arma de fuego en exceso de la legítima defensa.
El juez de Instrucción Nº 4, Juan Carlos Vienna, dictó el procesamiento de Barón
por ese delito, a los que le agregó la portación ilegal del arma de fuego y le trabó embargo sobre
sus bienes hasta cubrir la suma de 100 mil pesos. El magistrado consideró que el muchacho no tuvo
intenciones de quitar la vida y también pudo sufrir una agresión "ilegítima" por parte de la
víctima, ya que se acreditó que "irrumpió ilícitamente en el inmueble, pero el medio empleado para
neutralizar el accionar de Flores resulta a todas luces excesivo, dado que su conducta lesionó más
de lo razonablemente necesario a quien había ingresado en el taller", argumentó Vienna en su
fallo.
La resolución no está firme porque la fiscal Lucila Araoz presentó una apelación
ante la Cámara Penal en disconformidad con ese planteo al considerar el accionar de Barón como
actitud "dolosa". El auto de procesamiento es un fallo preliminar que implica que existen elementos
de prueba suficientes para imputarle un delito a una persona. Si esa resolución quedara firme
entonces se iniciará el juicio penal propiamente dicho en el cual el acusado puede ser condenado o
absuelto.
Acción desesperada. El suceso que se investiga en los tribunales provinciales
ocurrió el 17 de enero pasado. Miguel Angel Barón, de 18 años y hasta ese momento sin entradas
registradas en comisarías, se encontraba en la puerta de su casa situada a escasos metros del
famoso tanque de agua de Grandoli y Quintana. Era cerca de la una de la mañana cuando un vecino le
avisó a la novia de Miguel que había una persona sospechosa que trataba de ingresar al taller de su
padre, en Güiraldes 380 bis. La chica fue a verlo de inmediato y le contó lo que sucedía. "Me
desesperé", contaría el joven cuando le tomaron declaración indagatoria. El motivo de la angustia
estaba motivada con la presencia del padrino del muchacho en el lugar del hecho. El hombre vivía en
una pieza que está en la parte trasera del taller y Barón temía que quedara a merced de
delincuentes.
Entonces fue a buscar una escopeta que su padre había heredado hacía unos años y
salió raudamente hacia el galpón. Barón trepó por el muro y una vez adentro del galpón se encontró
con Alberto Flores, quien tenía "una barreta o un fierro". El intruso era un vecino del barrio
apodado Beto, quien había salido poco antes de la cárcel de Piñero. Según la versión que contó el
muchacho ahora procesado por homicidio, el ladrón lo atacó primero y así comenzaron a forcejar
hasta que Barón apretó el gatillo. La perdigonada dejó herido de muerte a Beto, quien llegó a
pedirle a Barón que lo deje ir. El joven volvió a saltar la pared y desde la calle abrió el candado
para que Flores se fuera. "Nunca tuve intenciones de matar, ni siquiera lo vi herido porque se fue
corriendo. Me dí cuenta cuando cayó al piso en Cepeda y Quintana", dijo el acusado ante el
juez.
Flores estuvo varios minutos tirado en la calle, los necesarios como para que
sus familiares, que viven a pocos metros de la casa de Barón se enteraran de lo que había ocurrido.
Los testigos del lugar contaron que hubo una situación de mucha tensión en torno del acusado, por
lo que sus allegados y amigos decidieron sacarlo de allí y llevarlo a una casa quinta de Arroyo
Seco, donde permaneció unas horas hasta que la policía acompañada de sus padres lo fue a buscar. En
su dictamen, el juez Vienna entendió que la versión del chico era creíble, pero reforzó su opinión
con los resultados de pericias de planimetría, balística y la autopsia al cadáver de Flores y con
los croquis que se hicieron del lugar del hecho.