Policiales

"Aprendimos de los narcos que en las soluciones hay que invertir mucho"

Jorge Melguizo. Ex secretario de Desarrollo Social de Medellín. Impulsor de un modelo que enfrentó el delito con éxito urbanizando las zonas más pobres y dotándolas de servicios de la mejor calidad.

Lunes 14 de Enero de 2019

Ante problemas de seguridad pública es automático pensar en más fuerzas de seguridad, patrulleros de última generación, modelos predictivos del delito. Menos usual es interrogarse, sin desdeñar esas herramientas, qué pasa en las zonas más duras de la criminalidad. Jorge Melguizo es un consultor internacional en gestión pública nacido en Colombia. Su principal distintivo fue haber sido funcionario en Medellín en administraciones que lograron pacificar a una ciudad que supo ser, hace treinta años, de las más violentas del mundo. A su criterio los barrios que han sido víctimas de décadas de violencia deben convertirse en prioridad para todo tipo de inversiones públicas y privadas. "Ese es el abrazo que necesitan. No su exclusión ni su estigmatización. Los barrios más violentos son en realidad los barrios más violentados. Sus habitantes son víctimas y no victimarios. Lo opuesto a la inseguridad no es seguridad sino convivencia", dice.

Este periodista de profesión estuvo en Rosario en un foro sobre políticas sociales organizado por el Plan Abre que despliega hace cinco años el gobierno provincial. "En Medellín teníamos cifras desastrosas. Pasamos de 382 muertes violentas por cada 100 mil habitantes en 1991 a 22 muertes violentas por cada 100 mil habitantes en 2017. ¿Cómo bajamos esas cifras monstruosas? Con un enfoque diferente de seguridad. Poniendo los mayores énfasis en los territorios de mayor pobreza, de mayor violencia y de mayor demografía. Con fuertes inversiones en proyectos sociales, educativos y culturales. Con sustentabilidad en el tiempo de los proyectos, a pesar de los cambios de gobierno".

—¿Cuáles fueron las claves políticas del plan de Medellín?

—Así como los problemas son nacionales y no solo locales, las soluciones tienen que ser también nacionales, no solo departamentales (provinciales) ni municipales. Es indudable que cuando los niveles de violencia se disparan hay que invertir en mejorar la seguridad pura y dura, pero hay que ir mucho más allá. Se trata de garantizar la presencia del Estado en todas sus formas, no solo en la forma de las fuerzas policiales. El mayor énfasis debe estar en los territorios de menores oportunidades. El Estado se hace en el barrio.

—¿Qué fue primordial para ustedes al actuar ante la inseguridad urbana?

—Los tres mapas que cruzamos para decidir las intervenciones son los territorios de mayor violencia, de mayor pobreza y de mayor cantidad de niños y niñas. Allí se hicieron las inversiones más importantes. Se logró construir desde lo público el acceso o la inclusión a servicios de altísima calidad en el barrio que sea. El 100 por ciento de las calles están asfaltadas. Hay un cien por ciento de acceso a la energía eléctrica, el agua y la cloaca el 98 por ciento, gas un 90%. El transporte público de más calidad está en los barrios de menor desarrollo humano que eran los de mayor violencia. Un pobre de Medellín es menos pobre que de otras ciudades de Latinoamérica. En 2012 Mauricio Macri me preguntó en un evento cómo veía las villas de Buenos Aires. Le dije que en Medellín hay más pobres que en Buenos Aires y que nuestros pobres son sin duda más pobres. Pero en Medellín no veo la miseria física, social y humana que veo en las villas de Buenos Aires. De algunas zonas de Rosario diría lo mismo. Creo que allá hemos avanzado en la construcción de la dignidad desde lo público. Hay en muchos hogares falta de ingresos, hay madres solteras con tres niñas. Pero esas niñas salen a educarse y encuentran el mejor jardín de infantes en la esquina de su casa. Que es incluso mejor que el mejor jardín privado.

—¿Pudieron medir efectos luego de esa inversión pública focalizada?

—Medellín bajó 95 por ciento su tasa de muerte violenta en los últimos 27 años. Por múltiples factores, pero el principal fueron los proyectos sociales y culturales. En Moravia, que había sido el gran basural de la ciudad, hoy hay proyectos de vivienda, centros de salud, mejoramiento ambiental, colegios públicos y un gran complejo cultural. Y es una construcción real porque se hizo con participación comunitaria que es la única forma de producir cambios. Eso se tradujo en que el barrio tiene una mínima violencia en relación al pasado. Hay proyectos que se copian sin participación barrial. Hacen un parque biblioteca en una favela de Rio de Janeiro copiando una experiencia de otro lugar pero sin implicar a la gente. La inauguran un día como si fuera un meteorito caído en el barrio. Y claro que ese proceso fracasa.

—Usted dice que lo opuesto a la inseguridad no es seguridad sino convivencia. ¿Cómo se involucra a la gente contra la violencia?    

—En noviembre en Medellín se aprobó el presupuesto que destina el 74 por ciento a inversión social. Se mantiene con eso una tendencia que lleva 15 años. Los gobiernos locales deben hacer una oferta institucional mas completa y accesible que la oferta equivalente que hacen las organizaciones criminales. En ese sentido hemos aprendido de los narcos. Barrios de mayor pobreza, de mayor violencia y de mayor demografía se concentran los mejores parques biblioteca y el mejor transporte público. Si los vecinos se involucran seguro habrá pacificación. Los que llamamos barrios violentos en realidad son barrios violentados. ¿Quienes lo hacen? Los vendedores de droga, los vendedores de arma, los que pueden prevalecer en la informalidad.

—¿Qué aprendieron de los narcos?

—Tres cosas fundamentales. Que hay que invertir mucho y bien, en las soluciones, por supuesto. Los narcos para su prosperidad y crecimiento invierten mucho. También aprendimos que hay que hacer cárteles como ellos, es decir, alianzas de todos, donde todos tengamos que superar diferencias con un propósito común, que es una mejor convivencia. El tercer punto que aprendimos es que hay que cooptar: los narcos cooptan por la fuerza o por los pesos. Nosotros tenemos que ser capaces de cooptar desde los argumentos, desde los procesos y desde los resultados. Vemos también que los narcos tienen una propuesta para un sector de la comunidad aunque esta sea destructiva para la mayoría. Los gobiernos locales deben hacer una oferta institucional mas completa y accesible que la oferta equivalente que hacen las organizaciones criminales.

—¿En qué diagnóstico basaron las intervenciones?

—Hay que hacer inventario de los barrios con menor IDH (indice de Desarrollo Humano), con mayor prevalencia de hechos violentos de todo tipo y con mayor demografía, en especial con mayor cantidad de niños y niñas. El punto central es realizar fuertes inversiones en proyectos sociales, educativos y culturales. Nosotros subimos del 12 por ciento al 30 por ciento el presupuesto anual para Educación. Subimos del 0.68 por ciento al 3 por ciento a 5 por ciento el presupuesto anual para Cultura. Educación y Cultura fueron ejes transversales de todo el proyecto de desarrollo local.

—Rosario es una ciudad con contrastes muy próximos. Barrios con gran desarrollo frente a otros con manifiesta exclusión.

—Quienes van a Medellín pueden ver desde cualquier lugar de la ciudad esos contrastes. Esto puede causar tensiones pero no creo que explique la violencia. El problema es la debilidad del Estado y los mecanismos sociales que aparecen con eso. En Colombia el narcotráfico, los paramilitares y la guerrilla se convirtieron en un Paraestado. En Argentina, en especial en el conurbano, los punteros son un Paraestado. Convierten lo público en asuntos privados manejados por ellos y a los derechos de los vecinos en campos de favores y privilegios que monopolizan ellos. En Medellín se analizó nuestro espíritu emprendedor, de ser muy activos, buscarnos la vida. Esto se hace por vías legales o ilegales. Hay un refrán de la cultura paisa que dice: "Sea honesto y consiga plata. Pero si no puede hacer las dos cosas, consiga plata". Son marcas culturales que nos han hecho mucho daño. Lleva a engañar al otro cuando el otro permite hacerlo.

—¿Qué tener en cuenta para gobernar ciudades de grandes contrastes?

—Hay que cambiar la función pública. Los gobiernos se separan por reparticiones temáticas: Salud, Trabajo, Vivienda, Desarrollo Social. Pero el abordaje de los problemas territoriales debe ser integral. En Medellín fuimos la ciudad más violenta del mundo con 66 mil homicidios en veinte años. En 1991 tuvimos 6700 homicidios en el año, una tasa de 381 homicidios cada 100 mil habitantes por año, que logramos bajar a 19 homicidios cada 100 mil por año. El desafío era desactivar un explosivo. Y para eso necesitas tres cosas. Una: conocer el objeto donde vas a trabajar, esto es la geografía física y humana, conocer el territorio y sus dinámicas. Dos: trabajar con gran paciencia sabiendo que los resultados no vienen rápido. Tres: hacerlo con delicadeza. El que manipula un explosivo tiene que acariciar el artefacto. Para abordar estas dinámicas se necesita ternura. Un factor adicional en Argentina es la necesaria articulación institucional entre los tres niveles de gobierno. A la gente le importa un carajo si esto lo arregla la Nación, la provincia o el municipio. Hay que exigir mayores y mejores planes y acciones de seguridad urbana a los gobiernos nacionales que parece que no entienden o no quieren entender de este asunto.

—Es común la mezquindad de que cada nivel político reivindica su trabajo en desmedro del otro y que eso dificulta la cooperación.

—El mejoramiento de lo público como factor de inclusión y de equidad es un desafío colectivo. La Medellín con mayor tasa de muerte violenta del mundo, con mayor gente en pobreza, con mayor calificación de corrupción en Colombia y con mayor desempleo era evidencia de un fracaso colectivo. Eso no se enfrenta con acciones puntuales de un líder privado o público. En Medellín fuimos capaces de unirnos los que nos mirábamos con desconfianza: organizaciones barriales con tres niveles de gobiernos, universidades públicas y privadas, empresarios, iglesias. El desafío no excluye a nadie.

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