Opinión

¿Por qué Bolsonaro?

Política y sociedad. Fenómenos como el del Brexit o la elección del brasileño obligan a interrogarnos sobre cuál será la próxima sorpresa de los ciudadanos del mundo.

Viernes 07 de Diciembre de 2018

En los últimos años hemos sido testigos de eventos inesperados que crearon un clima de desconcierto y perplejidad. Fenómenos como el Brexit, o triunfos como los de Trump y Bolsonaro, obligan a interrogarnos cuál será la próxima sorpresa que la ciudadanía está preparándonos en otro lugar del mundo.


La perplejidad ante lo imprevisto se ha vuelto común, pero también desnuda fallas en el instrumental empleado para su comprensión. Los conceptos con los que intentamos explicarlos y las técnicas utilizadas para captarlos (especialmente las encuestas), muestran límites en su capacidad predictiva, porque subvaloran las chances de que algo semejante suceda o subestiman indicios que anunciaban ese posible desenlace.

No estamos preparados para aceptar la popularidad y aprobación social de personajes rústicos que no disimulan su autoritarismo e intolerancia y no tienen empacho en emplear un lenguaje agresivo y ofensivo que, en otras circunstancias, sería objeto de repulsa y condena. Un exceso de racionalidad nos lleva a confiar en que esos discursos, que ofenden valores básicos de la democracia y la convivencia, más temprano que tarde resultarán aislados y la razonabilidad y el sentido común finalmente se impondrán.

El desconcierto surge cuando ese lenguaje "políticamente incorrecto" rinde electoralmente y no acarrea costos políticos a quien los emite, premiándose la irreverencia de enunciar algo que nadie se atreve a decir, pero muchos comparten. Resulta perturbador aceptarlo, pero ellos logran captar un malestar que no es expresado por quienes muestran mejores modales y mayor apego a la corrección política.

En estos casos, conviene seguir el consejo de Spinoza, comprender antes que llorar, especialmente, si intentamos impedir que se repitan.

Fenómenos como los de Trump y Bolsonaro no son nuevos en la historia moderna, pero nos recuerdan el papel que juegan los miedos y las emociones colectivas en la política y cómo éstos favorecen la emergencia de líderes de este tipo. Ellos son eficaces explotando frustraciones, prejuicios y temores de la sociedad, pero detrás de su éxito se oculta el fracaso de las élites democráticas que no ofrecen respuesta satisfactoria a sus expectativas. Un informe reciente de Latinobarómetro indica que sólo 9 de cada 100 brasileños están satisfechos con su democracia (en Uruguay 47 y en Argentina 27), y 6 de cada 100 apoyan al actual gobierno (en Uruguay 41 y en Argentina 23). Estos índices de Brasil son los más bajos dentro del grupo de 18 países latinoamericanos que participan de la evaluación.

El tsunami que significó el triunfo de Bolsonaro difícilmente se comprenda sin considerar el clima de decepción y desencanto que describen estos datos. Su arribo clausura un ciclo político sustentado en dos pilares: el Partido de la Social Democracia Brasileña (PSDB), con los gobiernos de Fernando Henrique Cardoso (1995-2003), y el Partido de los Trabajadores (PT), con los de Lula da Silva (2003-2011) y Dilma Rousseff (2011-2016).

Bolsonaro no es un outsider, fue diputado nacional en los últimos 27 años y en ese lapso no ha ocultado sus alabanzas al gobierno militar (1964-1985), ni sus argumentos autoritarios y discriminatorios que ganaron notoriedad durante la campaña. Pero, ¿por qué razón alguien que ocupaba un lugar marginal en la vida política de pronto salta al centro de la escena y conquista el gobierno de un país como Brasil? ¿Por qué, expresiones consideradas hasta no hace mucho, delirantes y trasnochadas, un día son aceptadas y toleradas por la misma sociedad que las ignoró o rechazó?

Una de las respuestas posibles, la más tentadora, es centrarnos en el "personaje", resaltando la eficacia de su discurso o el inescrupuloso empleo de recursos espurios (las fake news), que intoxicaron y distorsionaron la comunicación política durante la campaña electoral. Esto afectó las condiciones en las que los ciudadanos definen sus preferencias electorales, una novedad condenable que puede tener efectos ruinosos para las democracias. Pero derivar de ello que los electores han sido engañados o que repentinamente 58 millones de brasileños se han vuelto fascistas es un argumento tan simplista como tranquilizador que no ayuda a comprender por qué ese electorado prefirió a Bolsonaro, aun conociendo lo que proponía. Es difícil entender la aceptación de ese discurso sin tomar en cuenta el nivel de hartazgo y frustración generado por una recesión sostenida, una inseguridad extendida y una monumental corrupción que atraviesa a buena parte del arco político y empresarial.

Sobrevalorar a Bolsonaro produce un efecto tranquilizador para las fuerzas democráticas que, refugiándose en la condena al personaje, eluden una impostergable autocrítica sobre los errores propios que favorecieron su triunfo. No estamos sugiriendo que Bolsonaro no sea merecedor de esas críticas o que carezcan de asidero los legítimos temores sobre el futuro de la democracia brasileña. Al contrario, esa actitud alerta debe mantenerse con firmeza, pero también es preciso superar una actitud autocomplaciente que, entre otras cosas, llevó a subestimar el impacto de la corrupción sobre la credibilidad de las instituciones democráticas. El PT no inventó la corrupción en Brasil, eso es sabido, pero terminó siendo parte del problema, antes que de su solución. Su arribo al gobierno no sólo expresaba una promesa de inclusión social en un país muy desigual, sino también, la esperanza de que otra ética pública era posible.

La trayectoria de Bolsonaro parece salida de los manuales y recuerda otros fenómenos ya estudiados por la historia y la ciencia política: se trata de personajes marginales que sus contemporáneos no toman inicialmente en serio, pero ganan ascendencia social en un clima de angustia y desesperación hasta convertirse en una fuerza incontenible. Cuando su popularidad se ha disparado y se vuelve inmanejable, ese error de cálculo inicial puede subsanarse si existe vocación de acuerdo en las fuerzas democráticas -como sucede en Francia ante cada avance del Frente Nacional-, pero no siempre prevalece la misma generosidad y voluntad de cooperar para impedirlo.

Si toda la carga explicativa recayese sobre la excepcionalidad del personaje, seguiremos sin comprender las condiciones políticas y sociales que lo catapultan y sin advertir otras sorpresas que la ciudadanía pueda estar preparando en otros sitios del mundo, renovando nuestro asombro y perplejidad.


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