Como es sabido, sobre el 11 de septiembre circulan muchas teorías de la conspiración. Las hay
extremas (se encuentran en sitios fundamentalistas árabes o neonazis) según las cuales habría un
complot organizado por los judíos, y a todos los judíos que trabajaban en las dos torres se les
habría avisado el día antes que no se presentaran al trabajo —cuando se sabe que unos 400
ciudadanos israelíes o judíos norteamericanos figuraban entre las víctimas—.
Hay teorías anti-Bush según las cuales el atentado lo habrían organizado para poder invadir
sucesivamente Afganistán e Irak; hay teorías que atribuyen el hecho a distintos servicios secretos
norteamericanos más o menos desviados; está la teoría de que la conjura era de corte
fundamentalista islámico y el gobierno estadounidense conocía los detalles por adelantado y dejó
que las cosas siguieran su curso para tener después el pretexto para atacar Afganistán e Irak (un
poco como se dijo de Roosevelt, que sabía del ataque inminente a Pearl Harbor, pero no hizo nada
para poner a salvo su flota, porque necesitaba un pretexto para empezar la guerra contra Japón); y
está, por último, la teoría según la cual el ataque se debió, sin duda, a los fundamentalistas de
Bin Laden, pero las diferentes autoridades encargadas de la defensa del territorio estadounidense
reaccionaron mal y con retraso, dando prueba de una espantosa incompetencia.
En todos estos casos, los partidarios de por lo menos una de estas conspiraciones consideran
que la reconstrucción oficial de los hechos es falsa, fullera y pueril.
Los que quieran hacerse una idea acerca de estas distintas teorías de la conspiración, pueden
leer el libro que han escrito Giulietto Chiesa y Roberto Vignoli, "Zero".
Ahora bien, los que deseen ver la otra cara de la moneda, pueden darle las gracias a la misma
editorial, Piemme, porque con admirable ecuanimidad (y dando prueba de saber conquistar dos
sectores opuestos del mercado) ha publicado un libro contra las teorías del complot, 11-S. "La
conspiración imposible", a cargo de Massimo Polidoro, con colaboradores de igual fuste como el
matemático Piergiorgio Odifreddi o James Randi.
El hecho de que yo también salga, no es señal ni de alabanza ni de infamia, puesto que el
editor simplemente me pidió volver a publicar en ese ámbito una columna que no versaba propiamente
sobre el 11 de septiembre sino sobre el eterno síndrome del complot.
Aun así, ya que considero que nuestro mundo nació por azar, tampoco tengo dificultades en
admitir que la mayor parte de los acontecimientos que lo han atormentado en el curso de los
milenios, desde la guerra de Troya hasta nuestros días, son el resultado del azar o de la
coincidencia de varias estupideces. Por tanto, ya sea por naturaleza, por escepticismo o por
prudencia, tiendo siempre a dudar de cualquier complot, porque considero que mis semejantes son
demasiado estúpidos como para concebir uno perfecto. Esto lo digo, aunque por razones sin duda
anímicas y por un impulso incoercible, porque me siento propenso a considerar a Bush y a su
administración capaces de todo.
No entro (también por razones de espacio) en los detalles de los argumentos usados por los
partidarios de ambas tesis, que pueden parecer todos ellos convincentes, simplemente apelo a lo que
llamo la “prueba del silencio”.
Podemos usar, por ejemplo, la prueba del silencio contra los que insinúan que el desembarco
norteamericano en la Luna es una falsificación televisiva. Si el vehículo espacial norteamericano
no hubiera llegado a la Luna, había alguien que tenía la capacidad de controlarlo y tenía todo el
interés en decirlo, y eran los soviéticos; si, por tanto, los soviéticos se callaron, ahí tenemos
la prueba de que los norteamericanos llegaron de verdad a la Luna. Punto redondo.
Por lo que atañe a conspiraciones y secretos, la experiencia (también histórica) nos dice
que: 1) si hay un secreto, aunque lo conozca una sola persona, esta persona, quizá en la cama con
su amante, tarde o temprano lo revelará (sólo los masones ingenuos y los adeptos de algún rito
templario de pega creen que hay un secreto que permanece inviolado); 2) si hay un secreto, habrá
siempre una suma adecuada por la que alguien estará dispuesto a revelarlo (bastaron algunos
centenares de miles de esterlinas en derechos de autor para convencer a un oficial del ejército
inglés a contar todo lo que había hecho en la cama con la princesa Diana, y si lo hubiera hecho con
su suegra, habría bastado con doblarle la suma y semejante caballero lo habría contado igualmente).
Ahora bien, para organizar un falso atentado contra las dos torres (para minarlas, para
avisar a las fuerzas aéreas que no intervinieran, para esconder pruebas embarazosas, etcétera,
etcétera), habría hecho falta la colaboración, si no de miles, por lo menos de centenares de
personas. Las personas empleadas para estos menesteres no suelen ser caballeros, y es imposible que
al menos uno de ellos no haya cantado por una suma adecuada. En fin, en esta historia falta una
Garganta Profunda.
(*) Novelista y
semiólogo italiano


























