Opinión

Huérfanos

Cuando transcurría aquella primera infancia, en mitad del siglo XX a la vuelta de mi casa la mamá de Lito y de Pirulo era enfermera en el hospital y ponía inyecciones a domicilio.

Miércoles 04 de Abril de 2018

Cuando transcurría aquella primera infancia, en mitad del siglo XX a la vuelta de mi casa la mamá de Lito y de Pirulo era enfermera en el hospital y ponía inyecciones a domicilio. Hacía el turno a la noche (algo se duerme y me queda el día libre para los trabajos particulares y cuidar a estos dos sabandijas) La llamaban de todo el barrio. Zapato de mínimo tacón y con la caja de acero inoxidable, el alcohol para esterilizar la aguja (tenía tres, una muy finita) y la goma, por si debía ser endovenosa y debía atar el brazo por encima del codo para que resalte la vena.
Lito y Pirulo no tenían papá y con ellos vivía una tía que levantaba puntos de media y daba vuelta los cuellos de las camisas. Iban a la escuela con riguroso guardapolvo y nunca conocimos al padre. Los chicos no preguntan, por si solos, cuestiones superiores a sus ganas y su entusiasmo. Jugaban bien a la pelota, eso si. A veces me invitaban a tomar con ellos el mate cocido, si no había jugadores suficientes para esas tardes de furioso picado hasta que no se viese mas (la pelota).
La Doly y el Dante eran hijos de La Beba, tenían panadería y el padre se había ido. Ella tenía novio, varios novios y el fumaba y era mas grande. Tampoco preguntábamos.
No había problemas en el barrio por cuestiones como la paternidad, la ausencia y las culpas. Jugábamos a ser niños y lo hacíamos bien.
La palabra "guacho" era un insulto y no convenía usarlo y la otra, "el bastardo", solo estaba en la literatura. Confieso, nunca conocí a un bastardo.
Dos casas mas allá de la que alquilábamos estaba la casa doña Pascualita, que criaba a Delia, la hija de su sobrino, don Romero, librero y viudo. Doña Pascualita vigilaba mucho a la nena que jugaba poco y estudiaba piano y danza, además de la escuela. Danza con esas cofias en la cabeza y las zapatillas que llevaba en una bolsita su tía o tía abuela, que tampoco entendíamos los parentescos.
Por la Avenida, a una cuadra y media de donde nos juntábamos por las tardes, supimos de dos hermanos, un varón y una nena que quedaron huérfanos por un accidente. Se fueron con una tía. Los detalles del accidente (auto, ruta, camión descuidado) eran mas útiles a la narración en el café. Se fueron, los Carrizo se fueron de vuelta a Tucumán.
El Hogar de Huérfanos, con las Hermanas del Huerto a su cargo, era otra cosa. Colectas y donaciones de ropaje. Una fiesta anual para recaudar fondos y fortísimas historias que, por tristes, parecían lejanas. Tener una tía monja me permitía conocer esas tragedias pero eran de niñas de sitios lejanos y que las hermanitas del Hogar no mostraban y uno, con el olor a humedad y encierro de esos salones, no quería terminar de averiguar para no recordar. Eran malos cuentos. como un parte de la demolición de las alegrías, como un parte de guerra que no llegaba a la puerta de mi casa.
Tal vez el barrio pecaba por inocencia y el juicio a cada uno de nosotros, sus actores, era por las habilidades con la pelota, la calidad del conocimiento en la escuela y la mayor o menor afinidad para las bromas, que ahora serían todas pesadas. El gordo era gordo, el flaco muy flaco, el pelirrojo era "el colo" y así. Yo era el negro, porque era el mas tostado de la cuadra. Nunca pensamos que eso tendría, en otro siglo, un nombre diferente y que sería motivo de denuncias. ¿Negro vos jugás? Y tenía que contestar si o no. Listo. Mañana nos enfrentamos con los de la otra cuadra que era, casi, el otro barrio. Le decíamos barrio a las dos o tres cuadras que conocíamos de memoria con panadería, carnicería y tienda de baratijas incluída. Y el bar de la esquina. En otra categoría el club del barrio con cancha de básquet, buffet, cancha de bochas, biblioteca y fiestas los sábados en la cancha de básquet y el escenario allá en el fondo. Los domingos matiné danzante. Mirábamos desde fuera, nunca llegábamos a la altura y/o la edad.
Con el cine del barrio y las películas de la tarde, medio año después de su estreno en el centro, las novelas románticas, el folletín por entregas (en aquella primera juventud la familia escuchaba radio novelas y no había llegado la televisión a nuestras vidas) tenía como sufrientes a las novias despechadas, las diferentes clases sociales de los enamorados y algún secreto muy bien guardado hasta que la música de suspenso anunciaba que en el capítulo siguiente sería develado. Nosotros fuera de eso.
Revuelvo y revuelvo recuerdos y no encuentro huerfanitos castigados, ni guachos, ni bastardos. No existía una calificación que hoy nos abarca:"familias disfuncionales". Tampoco la discriminación por ausencias familiares. Si claro, otras cosas si, como esconderse del que tenía sarampión o tos convulsa. Claro que no había familias completas, ni mesas copiosas y el tacho de la basura solo contenía lo que no se podía usar mas para nada de nada. Apagábamos la luz del cuarto donde no nos quedábamos y la del patio cuando nos íbamos a la cama. A dormir sin malos presagios, ni malos tratos, ni esa palabra que me niego a nombrar porque "el colo", fosforito, siempre seguirá siendo "el colo" y no me importa nada que me denuncie ante quien sea. Tengo edad para prisión domiciliaria. El gordo Ramiro seguro que vendrá a visitarme. Ninguno de los dos tuvo mamá. En las siestas de verano no se notaba. Lo juro.

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