Las imágenes están frescas. Es como un déjà vu, un recuerdo del futuro, sin Marty McFly ni el Doctor Emmett Brown. Llegó en una cajita azul policial, con una cita hippie de Charly García, “estás buscando un símbolo de paz”, y un escarpín inmaculado y blanco, uno, no dos, no vaya a ser cosa que a alguno se le ocurra ponérselo a un bebé o reciclarlo para regalárselo a un padre primerizo; además hay que ahorrar, nada de gastos superfluos, el caballito de batalla del macrismo o si les gusta más de Juntos por el Cambio.
Llegó en una cajita azul y explotó en las paredes con unos afiches enormes en los que un escarpín, este sí tejido y muy monono, tapa el caño de una 45 y prometen #MenosBalasMasEscarpines, con lógica del hashtag, todo junto y sin tildes, para convencer acaso a los millennials o a los centennials, que también votan. Es la campaña con la que el senador Dionisio Scarpín, aspirante a gobernador de Santa Fe, logró estar en boca de todos, al menos en el mundillo de la política, porque más allá vaya uno a saber si alguien se enteró de la jugada.
Hizo lo que hizo y no es nuevo, se entregó a la creatividad de los publicistas, que es un riesgo, porque su imaginación, siempre desmesurada y ciertamente seductora, puede ser infantil, explosiva como el globo de un chicle y termina pegoteándose en la nariz, ¡vade retro, Capitán Bazooka! Hay que tener cuidado, porque el tiro puede salir por la culata y lo que se espera sea un gran éxito termina siendo un patético hazmerreír. Pasó antes, no una vez sino varias, y YouTube no deja olvidarlo.
“Voy a ser el que empuje a la cárcel a cada delincuente”
La voz en off de Fernando de la Rúa, enérgica, impostada, lo acompañaba mientras caminaba con paso firme, marcial, al frente de un grupo de hombres armados, actores sin lugar a dudas, vestidos con ropa de fajina no queda claro de qué fuerza, gorros de lana, cara descubierta, el jefe mirando a los ojos al candidato radical, o mejor, de la Alianza, como solo se mira cuando el amor enceguece, es una actuación módica, con un De la Rúa impecable, camisa y corbata, el pelo blanco Biden Style cortado al ras y enfundado en un sobretodo azul marino que en aquellos tiempos, el ocaso de los 90, estaba de moda entre los señores que caminaban los pasillos de tribunales, el Congreso, el Jockey Club y por qué no decirlo disfrutaban largas tertulias vespertinas con el vidrio de Johnny Walker etiqueta azul en una mano y un puro cubano en la otra, esos que lo podían a Kramer y que tantos dolores de cabeza le trajeron a Seinfeld y a la derecha, que siempre despreció a la isla ¡, a Fidel, pero se le caían los calzones por sus deliciosos Cohiba.
“Para que Rosario pueda dormir tranquila hay alguien que no va a dormir”
La voz en off, esta vez es de un locutor que habla con la gravedad que imponen las circunstancias, para que se entienda, habla como lo haría si en vez de para grabar un spot de campaña lo hubieran contratado para leer un sentido obituario en un funeral. Y no es para menos, el candidato va en auto con cara de dormido,luce una gabardina clara, igualita a la que usaba Philip Marlowe en las novelas de Raymond Chandler, o Humphrey Bogart en “El gran sueño”, pero no está en Los Ángeles sino en Rosario, la del 2015, que ni por asomo se parece a ésta, la del imperio del mal, la de Los Monos, los Alvarado, las cuevas que lavan los billetes arrugados que los pibes juntan a sangre y plomo para comprar el paco que fuman y fuman y fuman hasta les rompe la cabeza.
>> Leer más: Carrera a la gobernación: "Menos balas, más escarpines", el polémico spot de Scarpin
Es noche cerrada, suena un celular, que no es un iPhone ni inteligente, si lo fuera hubiera sonado la notificación de un mensajito de WhatsApp o de Telegram, si está sucio y no quiere que se sepa, aunque eso tampoco es seguro ahora, cómo lo va a ser si un pibe de 22 años en El Dorado, Misiones, por 15 lucas te rompe el teléfono, te chupa los chats y te voltea un ministro en la gran capital, y no cualquier ministro, el de seguridad. Suena el teléfono, Roberto Sukerman, él es el actor esta vez, atiende y con cariacontecido responde: “Estoy llegando”. No va a un asado con los amigos ni a una cita romántica y está llegando tarde, no, va a un operativo policial, que se ve fuera de foco mientras él, candidato a intendente, mira vigilante. La voz en off, otra vez el locutor, promete a los rosarinos: “Vivir con seguridad”.
Son dos ejemplos, pero hay otros, claro. La inseguridad es uno de los problemas que desvelan a los vecinos de Rosario hace tiempo, lo revelan las encuestas y también las rejas en las casas, las alarmas, las protestas en los barrios, las lágrimas de los familiares de las víctimas. Y lógicamente es un tópico ineludible en la campaña, mal que le pese al Chivo Rossi, Agustín, el jefe de Gabinete de Alberto Fernández, que propuso que se haga un acuerdo para que no se use para juntar votos en las próximas elecciones. Su idea no prosperó, se quedó con las ganas.
“Buenos tiempos vendrán cuando la droga no esté más”
Esta vez la voz en off es la del mismísimo Perotti, con esa forma de decir que tiene tan enrevesada, correcta pero que obliga a pensar dos veces lo que dice para entenderlo cabalmente. Habla seguro, confiado, con gesto adusto, luce una camisa blanca con el cuello abierto y arremangada, descamisado, dirían por ahí, peronista. Se lo ve joven, delgado, con el pelo y la barba oscuoscuros, es 2011, vale la aclaración no vaya a ser que alguien sospeche una carmela. Mira reconcentrado una mesa negra sobre la que hay pastillas, papeles, fajos de dinero y unas bolsas repletas de un polvo blanco que parece cocaína pero seguramente es harina o azúcar impalpable. De pronto, con cara de enojado y un ademán ampuloso, tira todo al piso. De fondo suena un tambor grave y profundo que carga de dramatismo la escena y con el último golpe, el último latido, llega el sobreimpreso: “La fuerza está en nuestro interior”.
Esa vez no le salió bien la jugada, tuvo que esperar hasta 2019 para, con un latiguillo más directo y contundente, “Ahora la paz y el orden”, voz en off de un locutor otra vez, lograr lo que quería: ganar la gobernación de Santa Fe. La frase quedó grabada a fuego en la memoria de sus votantes y de los que no lo votaron también, que se lo recriminan cada vez que la crónica policial suma un nuevo nombre a la lista de víctimas de la violencia narco. En el spot prometía mirando a cámara que él sí iba a “conducir a toda la policía”, la madre de todas las batallas, saco y corbata impecables, adiós al look descamisado y a la puesta en escena total qué falta hacía, la ola de violencia narco, las cifras récords de crímenes, el descontrol policial, que eran reales y no el arte afiebrado de un director de cine, eran suficientes para que su prédica se escuchara y se abrazara.
Las imágenes están frescas. Las de las campañas fallidas y también las de la violencia narco y el dolor que padece Rosario. Ya es hora de dejar los escarpines para los baby showers y tomarse las cosas en serio.