Opinión

El país trucho y el país normal

Alemania tiene hoy la reputación de ser uno de los países más serios del mundo. Sin embargo, en los últimos años el afán de lucro a toda costa de algunas de sus empresas ha desvirtuado esa imagen.

Viernes 20 de Julio de 2018

Alemania tiene hoy la reputación de ser uno de los países más serios del mundo. Sin embargo, en los últimos años el afán de lucro a toda costa de algunas de sus empresas ha desvirtuado esa imagen. La automotriz Volkswagen instaló ilegalmente en 11 millones de autos diesel un software para engañar a los controles de emisiones de gases en Estados Unidos. Peor aún, utilizó monos macacos para medir el daño en la salud de los gases tóxicos de uno de sus famosos modelos. Para suerte de los primates, esas emisiones eran bajas y no tan contaminantes.


En otro rubro, consorcios industriales alemanes sobornaron a militares y funcionarios civiles de gobiernos de todas partes del mundo (incluida la Argentina) para obtener contratos de fabricación de barcos, submarinos y otras especies navales. Y, además, la empresa Siemens admitió en Estados Unidos haber sobornado al gobierno menemista para lograr el contrato de fabricación de los DNI.
Todas esas acciones ilícitas les costaron a las empresas alemanas dimisiones de ejecutivos y millones de euros en multas en su país de origen y en el exterior, salvo en la Argentina, donde ninguna de las causas judiciales por corrupción que rozaron a compañías alemanas han prosperado.

Otro país considerado serio y normal, sobre todo en política doméstica pero no en su controvertido historial internacional, es Estados Unidos. Su actual presidente, Donald Trump, admitió haberle pagado 130 mil dólares a una estrella porno para que mantenga oculta una relación mantenida antes de ser electo. Eso sí, dijo que no usó los fondos de campaña electoral sino su propio dinero. ¿Será verdad? Además, su sociedad con el “nuevo zar” de Rusia, Vladimir Putin, es más que sospechosa. El ruso controla con mano de hierro a los opositores (periodistas especialmente) y su ascenso desde la función pública como agente de la ex KGB y mantenimiento en el poder por años han sido más que polémicos. Tan polémicos como las sospechas de injerencia rusa en la campaña electoral que llevó a Trump la Casa Blanca. O repudiable, como la intención del presidente norteamericano de separar a padres e hijos inmigrantes ilegales en la frontera mexicana. Por fortuna, la Justicia puso las cosas en su lugar.

Los ejemplos alemanes y norteamericanos, sólo algunos casos de los últimos años, hacen reflexionar sobre por qué ellos sí pueden ser llamados países serios y normales y Argentina no. Hace 48 horas el presidente Macri dijo que el objetivo de su gobierno es que la Argentina sea un país normal. ¿Lo fue alguna vez en su historia?
Una de las tantas explicaciones posibles parecería radicar en el funcionamiento de una Justicia independiente del poder político y del establishment que no sea utilizada por las grandes corporaciones para beneficio propio y del sector. La colusión entre Justicia, política y poder económico es una fuerza indestructible que asegura impunidad no sólo en actividades ilícitas sino también en imponer un modelo de sociedad.

La Argentina, y tiene razón el presidente, no integra la élite de los países serios y normales porque con sólo recordar algunos episodios de gran impacto en la opinión pública se advertirán las causas.
Por el escándalo en Brasil de la empresa de construcción Odebrecht, que utilizaba el clásico método de soborno para ganar licitaciones públicas, hay decenas de detenidos por toda Latinoamérica. En la Argentina aún no se puede saber ni los nombres de los funcionarios y empresarios denunciados, pese a que existe un listado.
Los famosos bolsos con nueve millones de dólares que José López, ex secretario de Obras Públicas durante el gobierno anterior, intentó esconder en un convento son un ícono y una pequeña muestra de cómo es este país que aspira algún día a ser normal. Hace dos años que López está detenido, ya ha comenzado el juicio oral por enriquecimiento ilícito y todavía no hay ni pistas de dónde obtuvo ese dinero. ¿Se los dieron empresas que lo sobornaron para que les haga ganar las licitaciones de obra pública? ¿Cuáles? “Era plata que venía de la política”, había confesado López a uno de los jueces que investiga el caso, aunque no dio más detalles.

El financiamiento de la política, a la que muchos quieren acceder para hacer negocios, obtener beneficios y emplear a familiares y amigos, como el caso de López y tantos otros, es uno de los grandes frenos hacia el país normal. El escándalo que se desató en la provincia de Buenos Aires con aportantes truchos a la campaña electoral de Cambiemos va a ser difícil de explicar. Porque la política, siempre se sospechó, se financia mayormente con plata negra que no se puede justificar. Dinero que luego obviamente condiciona las acciones de gobierno en favor de los “donantes”, que más que un aporte hacen una “inversión” a futuro. Pero lo de María Eugenia Vidal en Buenos Aires no es el único caso de un partido en problemas para explicar su financiamiento. Miguel del Sel, de ese mismo sector y ex candidato a gobernador santafesino, fue inhabilitado por seis meses para ejercer cargos públicos y presentarse como postulante por inconsistencias en el origen de los fondos de su campaña. Pero a otros partidos de esta provincia les ocurre lo mismo y aún tienen explicaciones pendientes. No es un partido en particular, es el sistema.

Las pocas chances argentinas de ingresar al club de los serios y normales no se vinculan solamente a la falta de transparencia en el manejo de los fondos públicos y privados, sino también a la imposibilidad de dar respuestas institucionales a una sociedad que reclama conocer la verdad en hechos de gran impacto pese a la maraña perversa que todo lo cubre. Hace dos días se cumplió el 24° aniversario de la voladura de la Amia, otro caso que es un ícono de la Argentina poco seria. Sobre el atentado propiamente dicho no hay un solo detenido, ni de los autores intelectuales ni de la conexión local. Sí avanza un juicio contra los encubridores de la tragedia, entre ellos un ex presidente. ¿Cómo se explica y por qué el menemismo, funcionarios judiciales, fuerzas de seguridad y particulares se confabularon para impedir que se investigara el ataque? ¿Cómo se justifica el insólito memorándum de entendimiento con Irán? ¿Cómo se explica que el ex fiscal Nisman (más allá de si lo mataron o se suicidó) no haya hecho nada relevante en una década a cargo de la Fiscalía especial para el caso?
En un país normal no podrían suceder todas estas cosas.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario