Sábado 08 de Septiembre de 2018

La palabra que no se corresponde con una noción de realidad produce angustia. Cuando la explicación política refuta nuestra percepción desorganiza el mundo y nos provoca temor. Es un derivado del miedo a la locura. Si la autoridad se obstina en contarnos una situación que no alcanzamos a ver o que, peor aún, nos parece contraria a esa explicación, una sola cosa está garantizada. Esa cosa es el sufrimiento.

El gobierno de Cambiemos produce ese disloque entre las palabras y las cosas. Pero sus funcionarios no lo hacen con el lenguaje atolondrado y la vehemencia que caracteriza a ciertos locos, sino con modales reposados.

Uno sospecha que es en esa estabilidad de ánimo donde se incuba una violencia que linda con lo psicótico. Esa calma con la que nos explican que la pauta general de aumento de salarios no puede superar el 15% mientras al ministro de Hacienda Nicolás Dujovne se le filtra en una placa que la inflación proyectada es del 42. Eso ocurre el mismo día que Dujovne viaja para implorar al FMI un reajuste financiero a dos años de salir en TN con el famoso cartelito de "No volvamos al Fondo".

No sólo volvimos al Fondo, sino que lo hacemos dos meses después de pedirle 50 mil millones de dólares que son menos que los 52 mil millones de dólares que se fugaron en la era Macri. Eso pasó gracias el levantamiento de todos los controles que países de incuestionable sesgo capitalista, como Chile o Brasil, mantienen para evitar el éxodo de divisas. La venta irrestricta de un bien escaso como el dólar lleva a que todo el tiempo el BCRA dilapide reservas para frenar las alzas de cotización en una dinámica con final incierto.

En el medio el presidente invita a los industriales a ser creativos y a producir pero mantiene tasas activas al 60%, una rentabilidad efímera que no genera ningún rubro más que el financiero pero que vuelve estúpidas o insensatas ideas como madrugar, esforzarse y producir. La figura rectora de la política económica es un banquero privado ahora presidente del BCRA, que es la misma entidad que el presidente decía hace dos años que debía ser independiente y autónoma del gobierno de turno.

Macri dice el lunes que no podemos gastar más de lo que tenemos porque hacerlo nos lleva a pedir más plata prestada y a tener más inflación. Pero a las tres horas su ministro de Hacienda se va a pedir plata prestada y el dólar sube de precio. Las subas del dólar tienen un demoledor impacto en el bolsillo de los que viven de ingresos fijos. Macri también habla de construir un Estado sin corrupción mientras su presidente del BCRA se desprende de sus tenencias en Lebac y se pasa a dólares cuando la divisa cotizaba a 19 pesos, o su ahora secretario de Agricultura posibilita que los exportadores de granos (a quien él mismo representa) declaren apresuradamente ventas a futuro para eludir las restablecidas retenciones, o su hermano mayor ingresa 64 millones de pesos durante el blanqueo que permite repatriar dinero de origen desconocido. Todo en la cornisa de lo ilegal, pero de la forma aventajada e ilegítima que da el privilegio del control del Estado.

Como nada cierra el descalabro de palabras se acentúa. De prometer pobreza cero pasamos a la certeza, en el mismo discurso presidencial, de que la pobreza aumentará. El objetivo de achicar para reducir el déficit castiga a las provincias, que dejan de recibir subsidios a las tarifas eléctricas, al transporte y el fondo sojero, que son devoluciones de recursos propios. A los gobernadores los retan como si no hubieran sido electos en distritos autónomos. Si las provincias resisten el salto al abismo de firmar un presupuesto con proyecciones que perdieron toda referencia se las acusa de agitar el golpismo. Al mismo tiempo suben las tarifas, se producen cesantías, los salarios pierden dramáticamente poder de compra, los comedores populares no dan abasto por una demanda renovada y los dólares atesorados sin restricciones se siguen yendo.

En todo este paisaje los dirigentes locales de Cambiemos están escondidos en su mutismo porque no tienen capacidad de explicar la devaluación. No ya la de la moneda, sino la de los actos y la de las palabras. Son los que impidieron que Rosario tomara deuda por 146 millones de dólares para obras públicas cuando su gobierno le pidió 50 mil millones solo al FMI para subastar diariamente divisas para contener el dólar. Son los que siendo santafesinos no dicen nada cuando la Casa Rosada retacea, demora e incumple un fallo de hace tres años de la Corte Nacional de pagar a Santa Fe la deuda histórica por coparticipación mal retenida.

Solo un necio podría ignorar que Macri conserva adhesión y legitimidad de un fuerte núcleo que lo llevó al gobierno. Su popularidad bajó pero se mantiene en un 35%. Igual de necio sería desconocer el crecimiento del desencanto que no se expresa apenas en la situación económica sino en ese fenomenal quiebre de sentido entre lo que se dice y lo que pasa.

En Política y lengua inglesa, ensayo venenoso donde medita sobre los eufemismos, George Orwell decía que el lenguaje político está pensado para que las mentiras suenen a verdades y lo ilegal parezca respetable. Pero lo evidente termina por arrancar toda máscara. El pan a 60 pesos, el arroz a 50, la polenta a 80 para una mayoría es lo evidente, pero para una minoría es una abstracción. Ese abrupto abismo, por no llamarle grieta, está a ojo desnudo.

Cambiemos no puede ni quiere disimular que como ningún otro elenco en la historia el suyo es un gobierno de una minoría de gente de negocios que, leal a su esencia, irá por su beneficio subjetivo: un banquero privado que dirige el Banco Central, un petrolero conduciendo hasta hace dos meses la cartera de Energía, un reciente titular de la Sociedad Rural en Agricultura. En el momento en que se anuncia austeridad esa distinción, al igual que la arrogancia y la mentira, se siente como nunca. No serán las élites que dirigen ministerios las que sufrirán. Estamos parados en el instante en que el filo de la verdad corta la carne. En el momento en que, como dice Charly, el defecto te nombra.

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