OPINIÓN

Moebius y el coronavirus

El autor sostiene que "la tolatilidad del sistema, la deconstrucción de la democracia liberal, es producto de la globalidad financiera sin control político".

Martes 29 de Diciembre de 2020

Hasta ahora la globalización se leía de manera abstracta ya que, interpretarla en términos concretos, percibir su peso sobre nuestra vida, obligaba a recurrir a una construcción de sentido sobre la misma que no todos se plantean. Es decir, ¿de qué modo nos afecta? Si pertenecemos al sector que no rechaza el mapa global, tenemos acceso a unas ventajas, contradictorias, vinculadas a lo material. Por el contrario, si estamos en la franja amplia de los perjudicados y excluidos de los beneficios mínimos, vivimos en la periferia del mundo contemporáneo integrado. Tanto en uno como en otro caso no siempre se llega a conclusiones que vinculen nuestra situación personal con lo global.

La gobernanza mundial, por ejemplo, es económica y no política. Fue François Mitterrand quien, antes de dejar el Eliseo susurró: «soy el último presidente con capacidad política para tomar decisiones, quienes me sucedan estarán sometidos al poder financiero global».

Quienes vinieron después ratificaron su mirada de estadista, al punto de que hoy Francia está gobernada por un presidente que creó un movimiento híbrido, disolviendo en su proyección al partido de Mitterrand, llenó de empresarios la Asamblea Nacional y atomizó en el mismo proceso a la derecha republicana dejando dos formaciones populistas en el horizonte: la ultraderecha de Le Pen y una plataforma, los insumisos, liderados por el exsocialista Jean-Luc Melenchon, otro movimiento hibrido que en su deriva beneficia al partido de Le Pen.

Esta matriz se puede aplicar a Italia o al Reino Unido donde los conservadores han provocado el Brexit con un líder inasible, Boris Johnson, en la línea rupturista de Trump pero con una liquidez ideológica propia de Groucho Marx («si no le gustan mis principios tengo otros») ya que ha pasado de negar el coronavirus a vacunar a los ingleses antes que nadie en Europa y de aferrarse a la doctrina Trump a ser el primer líder del continente que felicitó a Joe Biden por su victoria.

No es casual que sea el Reino Unido quien más lejos llegó en una cruzada desintegradora, ya que es el país donde el laborismo, como una startup, lideró el proceso de reconversión ideológica del proyecto socialdemócrata al punto de que al preguntarle a Margaret Thatcher cuál había sido su mayor logro político, respondió con dos palabras: Anthony Blair.

Esta volatilidad del sistema, la deconstrucción de la democracia liberal, es producto de la globalidad financiera sin control político.

Los deprimidos no alcanzan a percibir la cuestión estructural de la globalización como el problema directo que incide en sus vidas, del mismo modo que los integrados, habitantes de las capitales globales, no comprenden que el tiempo de la tecnología no es el mismo tempo de la vida: viven, vivimos, sometidos a la dictadura de la productividad en una cinta de Moebius que no se detiene en su parábola infinita.

La Covid-19 podría llegar a revertir algunos parámetros hasta ahora inamovibles de ese circuito cerrado por varias razones. La primera es que ha logrado la conciencia plena de esa globalidad que habitamos. Aquello que nos ocurre en Madrid es lo mismo que acontece, en términos empíricos, en Rosario, Detroit, Seúl o Estocolmo. Con diferentes alcances y consecuencias, ya que no es lo mismo, por ejemplo, el soporte económico y sanitario de la Unión Europea que el del Mercosur, como no es igual la sanidad pública de Corea del Sur que la ausencia de cobertura de los ciudadanos estadounidenses sin seguro médico privado.

De todos modos, la concienciación global que se asumió con la pandemia, incluso con estas asimetrías o, precisamente, por su observación es un hecho.

La otra singularidad que ha traído es el modo operativo instaurado para gestionarla que, de manera indirecta, anuncia un inesperado regreso a la política.

Primero, los gobiernos incorporaron a los científicos en un vínculo directo con los consejos de ministros, pero, en un segundo movimiento, creativo y necesario, sumaron a sociólogos, politólogos y al amplio espectro de las ciencias sociales.

La respuesta es médica, obvio, porque la alarma es sanitaria pero los ciudadanos hemos dejado de ser, de repente, meros consumidores en la estela de un mercado para recuperar, en cierto modo, la condición de seres que debemos ser atendidos en un contexto social con cuidados de todo tipo.

Asimismo, este sistema está siendo asumido por el sector privado: economistas, científicos, expertos en tecnología, sociólogos y psicólogos aportan su criterio a las decisiones de las empresas que se ven obligadas a utilizar estas brújulas ya que no hay que perder de vista que, a día de hoy, cada mañana se presenta un panorama signado por la incertidumbre y el riesgo.

Si este estado de cosas se asienta y se instaura, podríamos estar ante un nuevo horizonte que permitiría recorrer el futuro fuera de la cinta de Moebius.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS