Miradas

Falta menos

"A una cuadra, un lapacho se ha teñido de rosa. Es una módica fogata que entibia los días, estos tristes días tan parecidos el uno al otro"

Martes 22 de Septiembre de 2020

Todo sigue igual, aunque algo ha cambiado: en el jardín de la casa donde el periodista pasa su cuarentena han comenzado a florecer las margaritas. A una cuadra, un lapacho se ha teñido de rosa. Es una módica fogata que entibia los días, estos tristes días tan parecidos el uno al otro. Alguien ha llegado y como decía el querido Antonio Machado, “nadie sabe cómo ha sido”. Pero es ella, una vez más. La llaman primavera.

En su mesa de luz se apilan los libros. La madrugada, muchas veces, lo encuentra leyendo y tomando notas. Hace poco ha terminado el último texto de Giorgio Agamben, que siempre dice cosas hondas y remueve ideas. En este caso, el pensador italiano mete el bisturí en los efectos sociales de la pandemia y alude a “la pérdida de las relaciones sensibles, del rostro, de la amistad, del amor” y también a esa mirada “atrapada por un tiempo prolongado en una pantalla espectral”. Quejarse de la soledad, sin embargo, parece egoísta cuando el personal de salud pone el cuerpo todos los días en una batalla con resultado incierto. Allí están los únicos héroes de esta época, silenciosos. Y sin embargo, como se ha visto hace poco, existen quienes los denigran.

En su escritorio, desde donde puede ver los fresnos que recién han brotado, sigue trabajando. Le falta a su alrededor el hermoso bullicio de la redacción, el chiste que surge y la risa que lo festeja, la bronca ocasional, el vértigo constante. A veces la hija pequeña interrumpe su concentración con un pedido imperioso y entonces hay que levantarse, jugar, abrazar. Y después volver a la página que espera, al whatsapp que llega, al celular que suena, al Zoom donde aparece un rostro amigo.

Los gorriones que trinan le recuerdan que el latido de la vida no se ha detenido. El fulgor de la pantalla lo hipnotiza y entonces levanta la vista para contemplar la tarde. Enfrente ha abierto la verdulería y una chica con barbijo saca a la vereda los cajones llenos de naranjas. Pronto cruzará la calle, él también enmascarado, porque ya se sabe que sin cebollas resulta imposible ser feliz.

A veces sale a caminar por el barrio y enfila con decisión rumbo al sur. En las plazas humildes no se ve a ningún chico. Baja los ojos y sigue andando. Apura el paso y se dice a sí mismo: todo esto va a terminar. Falta un poco menos.

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