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Un guerrero de mil batallas

Ariel Cuffaro Russo debutó en Rosario Central, el club de sus amores. Como DT, lo dirigió dos veces. El recuerdo de los clásicos contra Newell´s, su paso por Millonarios de Colombia en los noventa, sus tiempos de entrenador. Su particular historia familiar y la lucha por la salud de su hijo. Una charla a fondo con un hombre que se aferra a las cosas más simples para ser feliz.

Domingo 03 de Noviembre de 2019

Son la seis de la tarde de un martes, corre una brisa fresca y estamos sentados en un bar de Pellegrini y Lavalle. Mientras apura un sorbo de café y saluda a algunos parroquianos, Ariel Cuffaro Russo (nacido en 1963) comenta cómo fueron sus primeros pasos en el mundo de fútbol. "La pelota fue mi primer juguete, era algo característico de la época", recuerda.

Antes del debut en Rosario Central, Cuffarito —tal era su apodo— pateaba pelotas de trapo durante los recreos, en el colegio San José. Después, mucho después, empezaría su carrera en el fútbol profesional y con ella los logros, las luces y algunas sombras. Atravesó el descenso a Segunda División, se coronó campeón en la B (1985) y seguidamente en Primera A (durante la temporada, 1986-1987), estuvo en Los Andes, jugó en Millonarios de Colombia (1992) en una de las épocas más sangrientas del país cafetero, pasó por Argentinos Juniors y Belgrano y se retiró como jugador en Gimnasia y Esgrima de Jujuy. También dirigió al Lobo de esa ciudad, a Rosario Central en dos oportunidades (tres si se incluye su rol como ayudante de campo del recordado Ángel Tulio Zof en la campaña de 2004), fue DT de Olmedo de Ecuador e Instituto de Córdoba y condujo Oriente Petrolero de Bolivia. Y casi logra el ascenso de Central Córdoba a Primera B en 2018.

Cuffaro Russo repasa momentos de su vida, y se detiene en aquellos primeros tiempos disfrutando de la redonda. "En la escuela a la que iba se le daba una importancia especial al fútbol. Siempre estaré muy agradecido la institución porque nos educaron priorizando a la familia, el deporte y el estudio. Íbamos al campo de deportes Don Bosco, en zona sur, y era como una reunión familiar. Jugábamos y nos quedábamos a comer. Era muy lindo. Son recuerdos imborrables de esa época".

El tan ansiado debut en Primera División llegó en octubre de 1983 y Cuffaro Russo confiesa que todavía se le pone la piel de gallina al recordarlo. La charla será un verdadero viaje de anécdotas, recuerdos y sentimientos de más de una hora y media de duración. El ex defensor evita profundizar demasiado sobre su etapa como DT de Central pero se abre a dialogar sobre cualquier otra cosa que este cronista le pregunte.

Hay varios momentos en los que no puede contener la emoción, y uno de ellos es cuando repasa su debut en el club de Arroyito.

Lo que sigue en esta nota es un viaje en el tiempo con un guerrero de mil batallas, que como Pablo Neruda, confiesa que ha vivido. Pero a diferencia del magistral escritor chileno, Cuffaro Russo lo hizo entre botines, balones, vestuarios, campos de entrenamientos, estadios, y una vida personal que disfruta mucho pero que también lo expuso a una lucha inesperada, que sortea con valentía, coraje y mucho amor.

—Recién estábamos hablando de tu llegada a la Primera de Central en 1983...

— Yo estaba jugando en divisiones inferiores. En ese momento, Vicente Cayetano Rodríguez era el técnico de Primera División y una mañana se apareció en el entrenamiento y me llamó: "Pibe, esta tarde venga". El sólo hecho de compartir una práctica con los monstruos que tenía Central en ese momento fue maravilloso. Estaban El Enano Chaparro, La Pepona Reinaldi, unos jugadores fantásticos. Empiezo a entrenar con el plantel profesional, se va Cayetano Rodríguez y comienza el ciclo de Ricardo Palma. En esa época yo ya estaba de novio y me iba a lo de mi compañera con un Siam Di Tella que era de mi viejo. Un martes, tipo 8 de la noche, prendo la radio del auto y Pablo Andrés Cribioli, periodista de LT8, anuncia que yo iba a debutar en Primera División. Me dio la alegría más grande de toda mi carrera. (Cuffaro se emociona hasta las lágrimas, bebe un sorbo de soda y sigue). Debuto contra Racing de Córdoba acá en Rosario. Formamos así: Ghielmetti, Gerardo González, Daniel Kuchen, Daniel Di Leo, Omar Palma, Jorge Balbis, José “La Pepona” Reinaldi, Raúl Chaparro, Claudio Scalise, Francisco Ruiz como arquero, y yo. Ganamos, luego jugamos con Independiente y fue victoria nuestra, 2-0. El tercer partido fue el clásico: íbamos ganando 2 a 0 en cancha de Newell’s y terminamos 3-3. Nos hace dos goles Ciraolo y a nosotros nos expulsan varios jugadores. Al otro año, en 1984, Central se va al descenso así que imaginate que en el club viví de todo?

   —Después fuiste campeón en Segunda y Primera División.

   —Exacto. Integré el equipo de 1985, que era dirigido por Pedro Marchetta, una persona de gran calidez. Armó un equipazo. Salimos campeones en la B, ascendimos en diciembre y tuvimos que esperar hasta junio de 1986 para jugar el campeonato de Primera División. En el medio de esos seis meses, Marchetta se fue y a los jugadores nos transfirieron a préstamo para que nos mantuviéramos en actividad. Yo fui a Los Andes. A mitad de año, Ángel Tulio Zof se hizo cargo del equipo y lo trajo a Roberto Gasparini, Eduardo Bauza, Pichi Escudero y otros. Ahí volvemos a salir campeones, pero esta vez en la A.

   —Fue un hecho inédito en el fútbol argentino.

   —Sí, ningún equipo salió campeón en la B y luego en la A.

   —¿Qué representaba don Ángel Tulio Zof para vos como técnico y persona?

   —Era el técnico ideal para Central, conocía todo: las inferiores, los dirigentes, a nosotros. Sabía a quiénes tenía que traer. Hizo venir a grandes jugadores.

   —¿Un visionario?

   —Conocía muchísimo de fútbol. Las sobremesas con él eran interminables. Tenía la virtud de dejarte jugar tranquilo. Hoy por hoy en el fútbol es todo muy predecible. Antes no era tan así y además había jugadores que se paraban y no sabías qué iban a hacer con la pelota.

   —¿Hoy está todo más estandarizado?

   —Sí, y eso le quita un poco de vida al espectáculo, porque el fútbol tiene mucho de improvisación. Es un juego de engaño. Al estar todo tan estudiado y al haberse desarrollado mucho más la parte física las cosas cambiaron. Antes el jugador paraba, pensaba y jugaba. Ahora tenés que jugar. Ahora el desborde es fundamental y para eso no se necesita ser tan hábil; se requiere saber triangular, llegar al fondo y a veces tirar el centro.

   —Hablemos sobre el famoso clásico de 1991 contra Newell’s. En la semana previa habías aparecido en la tapa de una revista con Fernando Gamboa militando por un clásico en paz...

   —Como nunca se terminaban los clásicos porque había incidentes, nos convocaron para hacer unas fotos en el Monumento junto a Gamboa. El lema era “Por un clásico en paz”. Nos sacamos fotos los dos, abrazados y todo. Y apenas empieza el partido...

   —¿Hubo “piernas fuertes” de entrada?

   —El fútbol es así. ¿Quién no se calentó jugando alguna vez? Era la época en la que, por ejemplo, Javier Castrilli expulsaba cuatro jugadores. Y bueno, en ese partido hubo empujones, sin llegar a las manos. Y allí el réferi tomó la decisión de expulsarnos a Julio César Saldaña y a mí.    

—Hay una recordada foto de ese derby rosarino en la que se te ve a los manotazos con Gamboa.

   —Sí, esa imagen me mandó “preso”. Finalmente él también fue expulsado. El partido lo ganamos 1 a 0. Marcelo “Chelo” Delgado y Ramiro “Chocolatín” Castillo jugaron de manera excelente. Años más tarde el hijo de Castillo falleció, Ramiro no pudo superarlo y se suicidó (se queda en silencio, pensando...)    

—Estabas dirigiendo a Gimnasia de Jujuy cuando tu ex compañero murió, ¿es así?

   —Sí. Por entonces, la selección boliviana se encontraba a minutos de disputar la final de la Copa América 1997 contra Brasil, partido que finalmente perdieron 3 a 1, cuando a Ramiro, quien era uno de los jugadores del equipo, le avisan que su hijo había sido hospitalizado por meningitis. Dos días después el nene murió. Uno de mis hijos también tuvo meningitis y sufrió complicaciones, pero afortunadamente hoy lo tengo conmigo. Sé lo que se siente. En fin, Castillo no pudo procesar la situación, entró en un pozo depresivo y se ahorcó en su casa de La Paz. Fue media Bolivia al funeral, hasta asistió el presidente de la nación. Muy triste...

   —Contame algo más de tu experiencia familiar. Los problemas de salud de tu hijo comenzaron cuando eras jugador profesional. ¿De qué manera sobrellevaste la situación?

   —Como padre siempre es difícil afrontar la enfermedad de un niño. La verdad es que éramos muy jóvenes, pero lo supimos enfrentar con mucha fortaleza. Mi hijo tuvo una meningitis aguda muy complicada. Por suerte con la ayuda de Dios y de los médicos pudimos sacarlo adelante. Hizo rehabilitación y terapia que fueron generando mejorías, dentro de sus limitaciones. Afortunadamente tenemos un entorno familiar muy bueno que brindó contención y siempre nos ayudó. Luego tuve dos varones más, eso ayudó a seguir, a no decaer, y la familia se fortaleció muchísimo.

   —Me imagino que también tu esposa fue fundamental como sostén.

   —Ella merece un párrafo aparte. Yo creo que Dios la eligió; fue increíble todo lo que hizo como mamá. Estas situaciones son las que hacen que aprendas más en la vida, sobre todo cuando te tocan de joven. La atención médica posterior fue buena, pero en un principio no hubo un diagnóstico acertado y esas infecciones, si no se las ataca rápidamente, pueden hacer mucho daño, lo cual ocurrió en este caso. Fue el destino que nos tocó, pero lo hemos sabido llevar muy bien, por todo el apoyo que te mencionaba anteriormente. Pocas veces he hablado de este tema, sinceramente...

   —Volvamos a tu etapa como jugador. Luego de Central recalaste en Millonarios de Colombia. Eso fue en 1992, un año antes de la muerte de Pablo Escobar. ¿Cómo fue tu estadía en el club? Debutaste en el clásico bogotano contra Independiente Santa Fe.

   —Nos ganaron por goleada, hice un gol de cabeza. Cuando empezamos el torneo costó; después el equipo llegó hasta la instancia final. Colombia era más pobre que Argentina, pero la verdad es que yo personalmente no la pasé mal.

   —¿Ustedes como jugadores sentían miedo por la violencia que vivía el país en ese entonces?

   —No, porque generalmente nadie se metía con nosotros. Una vez mataron a un árbitro, pero eso fue antes de mi llegada a Colombia.

   —Recuerdo que asesinaron al vicepresidente de Millonarios.

   —Sí...

   ¿Y aquel partido que tu equipo jugó contra Atlético Nacional en Medellín?

   —Había pica ahí. Era un clásico, pero no al estilo de River-Boca, ya que el partido clásico de Millonarios era contra Independiente Santa Fe. Y el de Nacional era con Independiente Medellín. Pero Millonarios versus Nacional representa una fuerte rivalidad, porque juegan los paisas contra los bogotanos. En Nacional jugaban el gran arquero René Higuita, Andrés Escobar, quien luego sería asesinado en Medellín días después de meter un gol en contra que dejó a Colombia afuera del Mundial 1994, Faustino “Tino” Asprilla; era un equipazo dirigido por Hernán Darío “Bolillo” Gómez.

   —Vayamos hacia adelante en el tiempo. Hiciste una excelente campaña como ayudante de don Ángel Tulio Zof en Central y lograron obtener sesenta puntos. Luego asumiste como director técnico.

   — Sí, eso sucedió en 2005. El año del Pirulazo, el gol de Germán “Pirulo” Rivarola con el que Central eliminó a Newell’s de la Copa Sudamericana. El equipo estaba bien, pero cuando empezamos a jugar la Copa y paralelamente el torneo, hubo un gran desgaste. Los viajes te cansan mucho. Acá no es como en Europa, las distancias son mucho más largas. Si tenés una o dos lesiones, el equipo se te resiente. Se debe cuidar a los jugadores y traer buenos refuerzos. Y también priorizar a las divisiones inferiores.

   —El año pasado estuviste cerca de ascender a Primera B con Central Córdoba. Tenías buenos jugadores, como el Chelito Delgado y Lucas Lazo, por mencionar algunos. ¿Qué falló?

   —A ver, ese equipo sale subcampeón de la C peleando con Defensores Unidos de Zárate. A Defensores, de los 21 partidos del torneo, en 9 fechas los dirigió el mismo árbitro, de apellido Brodi. Una vergúenza, así es el ascenso. Los dirigió nueve veces y ganaron todos los partidos, ¿entendés? Así y todo, salimos subcampeones. El otro torneo habíamos peleado palmo a palmo con San Telmo, quienes tuvieron seis penales a favor en las últimas seis fechas. En ambas oportunidades teníamos chances de ascender, pero en el fútbol a veces se dan partidos que son mano a mano, te toca perder y quedás afuera. Eso fue lo que nos pasó con la chance de llegar a la final por el ascenso a la B Metropolitana. Jugamos de visitante contra J.J. Urquiza y lo dimos vuelta, 2-1. Acá en Rosario nos metieron un gol de arranque y nuestro equipo lo sintió. Salimos a buscar el empate, y faltando poco para el final, nos hacen el segundo gol, de cabeza. No hay misterio, jugamos mal. Fue un golpe duro, porque era un equipo que se había acostumbrado a ganar y hacerlo bien.    

—Pierden de local, pero de visitante Central Córdoba era un equipo firme y seguro...    

—Cuando jugábamos afuera éramos más efectivos, teníamos futbolistas muy rápidos por el costado. Por ahí aparecía el Chelito Delgado y en 20 minutos te hacía ganar el partido. También estaban jugadores de gran nivel como Lucas Lazo, Cristian Sánchez, Toto Ferrari, Cristian Yassogna, Chelo Ojeda, y otros. El grupo era muy unido y sólido. Fue una lástima, porque Central Córdoba es el tercer equipo más grande de la ciudad.

   —¿Qué es lo más lindo que te dio el fútbol?

   —El hecho de poder disfrutarlo. A veces hablaba con ex jugadores y me decían: “Disfrutá cuando juegues, porque después vas a extrañar. Yo a veces sueño que juego”. Pensaba que me tomaban el pelo, pero ya me pasó tres veces eso. Es más, la última vez soñé que estaba jugando con Central en la cancha de Boca, pero con los jugadores de ahora. En el sueño pensaba “¿Qué estoy haciendo acá?”. Estaban el Colorado Gil, Néstor Ortigoza, todos. Fue raro. Es muy difícil poner en palabras lo que uno siente cuando entra a un campo de juego. Así que me llevo eso, haberlo disfrutado y jugado con compañeros que eran unos cracks. No me canso de nombrarlo al Enano Chaparro. No se la podían sacar nunca, siempre hacía lo que no esperabas y jamás repetía una misma jugada.

   —¿Y cómo técnico?

    —También se disfruta pero se sufre más. Fue fue hermoso poder haber dirigido a Central, una vez como ayudante de don Ángel Tulio Zof y luego dos veces yo solo. Parecía un sueño lejano y se me dio. Yo arranqué a dirigir de muy joven: estuve cinco años en Gimnasia de Jujuy y mantuve en Primera al equipo durante esas cinco temporadas. Sinceramente disfruté mucho todas las etapas.

   —El apoyo de tu familia es algo que siempre destacás.

   —Sí, absolutamente. Siempre traté de cuidarla, más que nada. Creeme que si no estoy dirigiendo hoy es para darle prioridad a mi familia. Ya hice las valijas y estuve en Ecuador, Bolivia y Córdoba. Estoy en otra etapa de mi vida, pero eso no quiere decir que nunca más vuelva a ser director técnico. Me encantaría dirigir las divisiones inferiores de Central, por ejemplo. Allí es donde me parece que más puedo aportar. Pero hoy por hoy la prioridad es mi familia.    

—Tuviste muchas vivencias ¿En qué cosas te aferraste para afrontar los buenos y malos momentos?

   —Como te decía, en los afectos. Mi papá y mi mamá estaban juntos desde que ambos tenían 12 años, así que crecí con ese sentido de unidad. A todos lados donde fui con el fútbol pude llevar a mi familia. Ahora estoy en otra etapa, viendo a mis hijos crecer. Dos de mis hijos son técnicos constructores y están trabajando en eso. Quiero encaminarlos bien, porque además yo también me estoy dedicando al rubro de la construcción desde hace un tiempo. También tengo dos nietas hermosas que disfruto muchísimo. Creo que el secreto más grande de la vida es no desear mucho.

   —No proyectar tanto y más bien dejar fluir...

   —Claro, si deseás mucho es un problema. Hay que saber disfrutar y vivir las cosas simples, las que a uno le dan felicidad todos los días.

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