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El físico que pensó el cosmos desde su silla de ruedas

Falleció esta semana en su casa de Cambridge, a los 76 años. Un hombre excepcional que superó los peores pronósticos respecto de su enfermedad y que a fuerza de ingenio, estudio y talento se convirtió en un ícono cultural

Domingo 18 de Marzo de 2018

Es difícil ser justo con la vida y la obra de Stephen Hawking. Por estos días, tras el anuncio de su muerte la noche del martes en su residencia de Cambridge, Inglaterra, se multiplicaron las odas al genio desaparecido, como si estuviera a la par de Galileo, Newton o Einstein a la hora de entender y revolucionar el universo en que vivimos. La mayoría de sus colegas científicos, aunque alaban sus logros en el campo del Big bang o de los agujeros negros (no por nada la radiación de Hawking lleva su nombre), se resisten con sensatez a ubicarlo en ese inmenso pedestal. Sí fue sin dudas un enorme ícono cultural que le valió ocupar el lugar simbólico que supo tener Einstein en buena parte del siglo XX: la metonímica silla de ruedas reemplazó a la distraída melena al viento del alemán. Por eso tuvo varias aventuras en Los Simpsons y la serie The Big Bang Theory ("temo que al final piensen que soy un personaje de ficción", declaró alguna vez), entre otras, y fue incluido en un disco de Pink Floyd; no cualquiera.

Lo curioso es que aunque murió en 2018, cuando los médicos descubrieron que tenía la esclerosis lateral amiotrófica (terrible enfermedad que ataca de manera progresiva a las neuronas que rigen el movimiento) le dijeron que viviría apenas un par de años, que posiblemente no terminara su doctorado y que fuera preparando el desenlace. Si pensamos que esta predicción fue hecha en 1963 luego de que trastabillara en la calle y no pudiera atarse los cordones —y que vivió casi 55 años más— es fácil calcular que fue el error médico más grande de la historia. La enfermedad, lo reconoce el propio Hawking en escritos autobiográficos, lo transformó: dejó de ser un estudiante díscolo, más afecto a la bebida que al trabajo matemático, a ser una mente reconcentrada en el estudio.

Pero, desde luego, no fue una vida cómoda. En 1985, ya doctorado y con la misma cátedra que tuviera Newton, estuvo a punto de morir ahogado y debió ser sometido a una traqueotomía de urgencia que le impidió a partir de ahí hablar y lo condenó a comunicarse a través de un dispositivo electrónico (de hecho, la historia de cómo fueron mejorando esos prototipos es otra que merece ser contada).

Su fama creció y creció y lo convocaron de distintos lugares del mundo para dar conferencias, que aceptó con gusto y que requerían una comitiva cada vez más numerosa. En 1988 finalmente salió un libro sobre el que trabajó mucho, y trabajaron mucho más sus editores, que se convertiría en uno de los más grandes best-sellers científicos jamás escritos: Breve historia del tiempo. Vendió más de diez millones de ejemplares en decenas y decenas de lenguas. Menos clara está la estadística de cuántos llegaron a leerlo por completo: su farragoso estilo conspira contra lo que debería ser la divulgación y parece destinado a ocupar un lugar ocioso en millones de estanterías. Mucho mejor están los libros que firmó después, con su hija Lucy (hermana de Robert y Tim) o con Leonard Mlodinow.

Además de declaraciones fuertes y oportunas (que precedían a la aparición de un nuevo libro o documental), como las relativas a que mejor no decirles a los extraterrestres dónde estamos para que no nos vengan a destruir, o a la imperiosa necesidad de conseguir otro planeta donde vivir dado que este sucumbirá pronto debido al cambio climático, también fue titular en los diarios por su vida privada. Después de un final más o menos escandaloso con su primera mujer, Jane Wilde (quien contó en el libro La teoría del todo detalles de los maltratos que sufrió y el clima de época en los años de 1960 que la impulsaron a aceptar la propuesta de casamiento de un joven físico discapacitado), Hawking volvió a incurrir en el casamiento en 1995. Esta vez con una de sus enfermeras, Elaine Mason, de quien se separó en 2006. Y ya no hubo más líos domésticos.

Si fuera cierto que la vida de un hombre se puede resumir en un instante o una fotografía, quizá la de Stephen Hawking sea aquella de 2007 en la que se lo ve sonriente y pleno, liberado de su silla de ruedas y de la gravedad que lo ataba a la Tierra en una experiencia propuesta por la empresa Zero Gravity. Ahí, en vuelo sideral, mostró que toda cárcel es relativa. Ahora descansa en paz.

*Periodista científico. Su libro Mentes brillantes en cuerpos enfermos (Capital Intelectual, 2013) dedica un capítulo a Hawking.

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