"No sabes lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es la única opción que tienes"

Por Jorge Salum
Gerónimo Bonavera y su hijo Víctor, en la esquina de Mendoza y Rodríguez. Fue días después de que embistieran a Damián.
Gerónimo Bonavera, en junio de 1996. En esos días nacía un referente en materia de conciencia vial en Rosario.
Damián y Víctor Bonavera. A los hermanos les apasionaba ir a acampar a las islas.
Gerónimo y Víctor, en la época en que buscaban al causante de la tragedia.
"No sabes lo fuerte que eres, hasta que ser fuerte es la única opción que tienes"
Bob Marley
El 3 de junio de 1996, a media tarde, sonó el teléfono en la sección Policiales de la redacción de La Capital. Al otro lado de la línea se escuchaba a un hombre que parecía ofuscado:
—¿Cómo puede ser que el diario no le preste atención a mi reclamo?— dijo la voz, respetuosa pero firme.
Quien hablaba era un contador público de 47 años que pedía atención para la cruzada personal en la que se había embarcado: quería encontrar al conductor que dos semanas antes había atropellado a su hijo y se escapó sin brindarle auxilio, junto a una acompañante. El grave episodio había ocurrido el 17 de mayo y la víctima, de 19 años, llevaba más de 15 días de agonía en una sala de terapia intensiva del Hospital de Emergencias Clemente Alvarez (Heca).
Por esos días el hombre que había llamado al diario iba todas las tardes a la esquina de Mendoza y Rodríguez y se sentaba en un banquito de plástico. Al lado ponía otros dos, donde esperaba que se sentaran las personas que iban en el auto y se fugaron. "Quiero que se sienten acá, que hablen conmigo y que se entreguen a la Justicia", decía.
Su inédita acción tenía además otro propósito: que los testigos del choque se animaran a contar lo que vieron, para que los investigadores policiales y judiciales pudieran identificar a quien conducía el auto que embistió a su hijo.
Aquel hombre se llamaba Gerónimo Bonavera.
Apenas un día después del llamado de Gerónimo al diario, Damián Bonavera dejó de respirar tras una penosa agonía de 17 días. Desde ese momento, ese hombre de carácter potente y decisiones firmes resolvió que no pararía hasta encontrar al responsable de la muerte del muchacho.
Gerónimo era un hombre de convicciones fuertes y decisiones firmes. Había nacido en Casilda, pero en los años 70 vino a Rosario a estudiar en la universidad y solo volvió a su ciudad de visita. Estaba casado y tenía dos hijos: Damián y Víctor. Poseía una voz potente y cuando conversaba con alguien acostumbraba a mirar a los ojos. A veces también se acariciaba una barba candado que era como una marca registrada.
Era un tipo simpático y sereno, y ni siquiera el tremendo dolor por la pérdida trágica del hijo lo sacaba de quicio. Más bien lo contrario: parecía protegerlo con una coraza y lo impulsaba hacia adelante con una energía a veces arrolladora. Gerónimo exigía y exigía: justicia para su hijo, y también para otras víctimas de los asesinos al volante.
Damián estaba en el primer año de Ciencias Económicas y trabajaba en el estudio contable del padre. Era hiperactivo y Gerónimo alguna vez lo definió con ternura como "un vago responsable". Era muy compinche de su hermano Víctor, entonces de 17 años. Entre otras, los jóvenes compartían dos pasiones: remar por el río y acampar en las islas.
Tenía moto desde hacía un tiempo. Era una Honda 100 que aquel 17 de mayo de 1996 estaba usando casi por última vez: después de que un amigo suyo llamado Hernán sufriera un grave accidente, había decidido desprenderse de ella. Incluso ya la había vendido y el día anterior a recibir el violento impacto que le causaría la muerte, él mismo la pintó. Quería entregársela al comprador en buenas condiciones.
A las 9 de la noche del 17 de mayo besó a su mamá, María Cristina, y partió hacia el estudio contable del padre, que quedaba en el centro. Es que al día siguiente iba a dar un examen en la facultad y había planeado estar solo para repasar lo que había estudiado. Nunca llegó a destino.
En la esquina de Mendoza y Rodríguez lo chocó un auto. Fue un golpe seco y paralizante, al que siguió un silencio aterrador. El cuerpo de Damián quedó tendido sobre el pavimento, inmóvil y moribundo, y del vehículo bajaron dos personas: un hombre y una mujer. Cuando vieron que la situación parecía grave, ambos se subieron apurados al Ford Galaxy de color gris en el que se desplazaban y desaparecieron por Mendoza hacia el este. Un rato después, una ambulancia llevó a Damián hasta el Heca. Había sufrido lesiones muy serias y su estado era desesperante.
Gerónimo se enteró del choque esa misma noche. Probablemente durante las horas de la madrugada que pasó en vela delante de la puerta que lo separaba de la cama donde yacía su hijo, tomó una decisión contundente: buscaría testigos y movería cielo y tierra para encontrar al responsable.
Probablemente durante las horas de la madrugada que pasó en vela delante de la puerta que lo separaba de la cama donde yacía su hijo, tomó una decisión contundente: buscaría testigos y movería cielo y tierra para encontrar al responsable
Imaginó la idea de los banquitos, uno para él y otro para que los dos ocupantes del auto vinieran a enfrentarlo cara a cara. También habilitó un teléfono para que quien pudiera aportar un dato lo llamara, incluso sin identificarse. Lo único que le importaba era la información. Y en esa búsqueda incluyó a los medios, a los que percibió como herramientas estratégicas para lograr su propósito.
La tarde que llamó por teléfono a La Capital, hace más de 25 años, insistió con firmeza en que el diario debía ayudarlo.
—Tienen que apoyarme para que encuentre al que atropelló a mi hijo—, reclamó al cronista que atendió su llamado.
Al día siguiente, la búsqueda de Gerónimo, el hombre que estoicamente se sentaba en un banquito a reclamar la aparición de los que embistieron y abandonaron a su hijo, ya estaba en las conversaciones de miles de rosarinos.
"Vine por mi hijo, pero también por muchas otras personas que pasan por una situación similar", explicó entonces en la esquina de Mendoza y Rodríguez. Asomaba así un espíritu solidario que muchas veces lo llevaría a ponerse del lado de personas que, como él, habían perdido a un ser querido por la locura, la irresponsabilidad o la impericia de un conductor.
Un día más tarde, cuando lo llamaron para avisarle que Damián finalmente no había resistido a las graves heridas sufridas en el choque, también supo que el juez en lo Correccional que investigaba el caso, Edgardo Bistoletti, había ordenado detenciones: eran dos personas a las que la policía llegó por testigos. Ambas estaban vinculadas de distintas maneras a un Ford Galaxy gris que tenía rastros de un choque: uno era el dueño y el otro el chofer, ya que el vehículo se usaba como remís.
Cuando parecía que la investigación se encaminaba a esclarecer el caso, uno de los dos detenidos, el chofer del Galaxy, pidió hablar con el juez. Hizo entonces una confesión inesperada: dijo que efectivamente el 17 de mayo había chocado, pero que había sido en otro lado. "No tengo nada que ver con el caso de Mendoza y Rodríguez", se desahogó el hombre. Quedó libre, igual que el dueño del auto. La investigación volvió entonces a foja cero.
Pero Gerónimo seguía sentándose en Mendoza y Rodríguez todos los días, esperando a los responsables ("Que vengan a explicarme por qué abandonaron a Damián", repetía) y a eventuales testigos. El teléfono que hizo público para recibir datos también sonaba de vez en cuando. Y un día alguien dio el dato que necesitaba.
A Gerónimo le contaron que el hombre que conducía el Galaxy era de Marcos Juárez, y que la noche del choque lo acompañaba una mujer. También que era comerciante y que después del hecho había llevado el auto a la ciudad de Córdoba para borrar los rastros del impacto con la moto. El 14 de junio de 1996, tres días antes de que se cumpliera un mes del choque, varios policías de la Unidad Regional de Las Rosas llegaron hasta un pequeño supermercado en la ciudad cordobesa. Llevaban la orden de un juez rosarino para detener al sospechoso.
Se llamaba Mario Alberto Mateucci y tenía 44 años.
Cuando se enteró de la detención, Gerónimo se quedó unos minutos en silencio y al cabo lloró. Hasta ese momento nunca lo había hecho, ni siquiera el día que le avisaron que su hijo había dejado de respirar.
—Por fin pude—, se desahogó unas horas después.
Mateucci estuvo detenido unos días y luego fue excarcelado. Volvió a Marcos Juárez, donde siempre había vivido. Había sido dueño de un par de almacenes y supermercados y tuvo la concesión de un bar, pero después del choque se hizo viajante. "Nunca supimos qué vendía", confesó por aquellos días alguien que lo conocía, tomando un café en la Sociedad Italiana de Marcos Juárez, a un periodista enviado a esa ciudad por La Capital.
La investigación del caso fue lenta y engorrosa, como todas las del viejo sistema penal en Santa Fe, que era escrito, secreto y reservado a las partes. Pero con el tiempo Mateucci fue procesado y en noviembre de 2000, más de cuatro años después de la muerte de Damián, el comerciante de Marcos Juárez fue condenado como autor de un homicidio culposo por el juez en lo Correccional Héctor Núñez Cartelle.
Cuando se enteró de la detención, Gerónimo se quedó unos minutos en silencio y al cabo lloró. Hasta ese momento nunca lo había hecho, ni siquiera el día que le avisaron que su hijo había dejado de respirar.
El veredicto del magistrado tenía una particularidad, atípica para ese tipo de juicios por homicidios: la pena de un año de prisión que le impuso al condenado era de cumplimiento efectivo. Significaba que, en caso de quedar firme el fallo, Mateucci debía ir preso. Aunque era una rareza, la decisión judicial tenía una explicación. Es que el delito de homicidio culposo atribuido al acusado se consideró agravado por dos razones: el autor huyó sin prestar auxilio a la víctima y además emprendió una serie de actos destinados a tratar de ocultar su autoría. Entre ellos, hacer reparar los daños en el Ford Galaxy con el que chocó a la moto de Damián.
Mateucci no solo se había escapado: quería evitar a toda costa que lo identificaran, sin que le importaran las irreparables secuelas de sus acciones.
La defensa de Mateucci apeló la sentencia condenatoria y todavía tuvieron que pasar casi dos años más para que un tribunal superior la confirmara. Fue en octubre de 2002, y en un fallo dividido: dos de los tres integrantes de la Cámara Penal de Rosario que revisaron el caso ratificaron el criterio del juez de primera instancia y además le impusieron el pago de una indemnización a la familia de la víctima.
El comerciante cordobés, que estaba libre porque la proyección de la pena era de cumplimiento condicional, ahora debía ir preso.
Al día siguiente, el 23 de octubre de 2002, cuando todavía no amanecía, Mateucci atendió el llamado de la producción del programa de Ignacio Suriani en LT2 y utilizó la entrevista periodística para descalificar a los jueces: "No es cierto que haya abandonado a la víctima. Le dieron mucha manija en radio y televisión y yo nunca pude defenderme. Es un fallo lamentable", dijo.
Media ahora después se presentó junto a un abogado y quedó detenido en los Tribunales provinciales, para cumplir la sentencia.
Estuvo preso en Rosario (los jueces no le permitieron ir a una prisión más cercana a Marcos Juárez) y a los seis meses le otorgaron la libertad condicional porque durante ese lapso tuvo buena conducta. Se supone que estuvo sin conducir vehículos hasta 2012, ya que como parte de la pena había sido inhabilitado para manejar por diez años. En el expediente judicial y la única vez que habló públicamente, aquella madrugada, en el programa de Suriani, nunca admitió responsabilidad en la trágica muerte de Damián.
Es probable que Gerónimo también llorase el día que la condena de Mateucci quedó firme. Antes y después, se convirtió en un ferviente militante de la conciencia vial. Dio charlas, participó en congresos, se instruyó y acompañó a familiares de otras víctimas del tránsito que pedían justicia. Aunque probablemente nunca se lo propuso, se transformó en un referente del tema, una voz autorizada y respetada, alguien que estaba validado socialmente porque había conseguido reciclar su dolor en acción y su acción en un resultado concreto: justicia para Damián.
Sobrevivió 25 años a su tragedia y la de su familia, siempre mirando hacia adelante y pensando no solo en él sino en otras víctimas de la inconciencia vial.
Murió esta semana, a los 72 años.


