¿Te parece que quedó ahí porque era difícil de abordar, que obligaba a reconocer quizás algo que no se quiere reconocer, los atentados, los ajusticiamientos, los secuestros, que tienen una presencia fuerte en la novela?
No estoy seguro, pero supongo que parte de la dificultad es esa, realmente no lo sé, pero lo cierto es que no hay una opinión de los protagonistas sobrevivientes de las organizaciones armadas que haya hecho un balance, y cuando digo un balance puede ser positivo, negativo, autocrítico. No hubo una mirada de conjunto así como sí tenían su mirada de conjunto mientras actuaban. Salvo los documentos finales de Montoneros desde el exilio, después vos no tenés 10 años después, 20 años después, una mirada de conjunto, entonces ni siquiera sabés qué piensan al respecto sus protagonistas desde la distancia del tiempo, salvo algunos casos muy individuales. Indudablemente debe haber una incomodidad también vinculada con el peso de las decisiones que tomaron y las acciones que cometieron y tuvieron consecuencias muy profundas en la vida de distintas personas. Hacerse preguntas al respecto puede generar incomodidades, pero eso no debe obstar para que uno pueda crear, interrogarse, generar una historia alrededor de distintos momentos y que cada lector se apropie de ella desde las simpatías y antipatías que tenga. Mi idea no es ni siquiera dar una mirada singular, porque a propósito la novela está construida con varias miradas diferentes, hay miradas de los protagonistas Alejandro/Ernesto y El Cabezón/Antonio, pero también las de sus compañeros de células, del padre de uno de ellos, de las que serán sus víctimas, para mí era importante darle la posibilidad al lector de que se pare acá, allá o en el otro lado y se forme su opinión.
Sos nacido en el 67, joven para conocer la intimidad de las organizaciones armadas de los 70 como la contás en la novela, ¿cómo llegaste a reconstruir con tanto detalle su funcionamiento?
Estudiando, por suerte, si bien es un tema que no está en la agenda cotidiana, hay muchos laburos académicos en la universidad argentina que sí ya han abordado profundamente a las organizaciones armadas. Me pasé un par de buenos añitos juntando material, leyendo, como en cualquier laburo mío de Historia, es decir, de mi otra profesión, y partiendo de la base de que de esto lo único que sabía era lo que estudié en la facultad y lo que aprendí de mi experiencia de niño criado en una casa en la que se hablaba de política, pero eso era todo. Laburé mucho investigando bibliográficamente e hice algunas entrevistas tanto con ex miembros de las organizaciones como con familiares o víctimas de sus acciones armadas, me pareció importante darle también ese costado más vivencial a la investigación.
Los protagonistas de “Nosotros dos en la tormenta” aparecen como muy idealistas, creen en la revolución socialista, hacen lo que hacen con convicción, pero también con una cierta inocencia, ¿eso es lo que pasaba en esa época?
Yo creo que sí, no creo que hubiera hipocresía, a ése nivel no creo que la hubiera, y digo a ese nivel porque yo voluntariamente me instalo a nivel de gente común y corriente involucrada en acciones armadas, pero que son dos cuatro de copas, es decir, no son líderes, están lejos de tener puestos de responsabilidad, organización, liderazgo. Creo que estaban profundamente convencidos de lo que estaban haciendo, sino debe ser muy difícil hacer algo así, porque implica tomar decisiones muy rotundas sobre la vida y la muerte. Sospecho que sólo si estás muy convencido -y esta es una simple sospecha existencial, de una persona filosofando sobre otras personas- podés hacerlo.
También el padre Ernesto/Alejandro, que está presente en el relato, los ve como dos chicos muy inocentes, casi infantiles.
Con mis 55 años a cuestas y mis hijos veinteañeros, cuando escribí esta novela pensaba “son pibes de la edad de mis hijos” y me gustó incorporar esa mirada paternal, yo en todos los libros dreno cosas mías que eventualmente no tienen nada que ver con la novela y para mí la paternidad es un tema importante, lo era cuando mis hijos nacieron, cuando crecieron y lo es ahora que son veinteañeros y mi lugar de padre se parece al de cualquier padre que, cuando sus hijos ya son adultos, tiene que hacer una suerte de retiro estratégico que al mismo tiempo no sea desprotección, un quilombo… (risas)
En un contexto como éste, para un padre que no está de acuerdo, porque a lo mejor para un padre que está de acuerdo encuentra en compartir esa utopía un motivo de tranquilidad, esperanza, convicción o de fortaleza, pero a este padre no le pasa, porque este padre no cree en absolutamente nada de lo que cree su hijo. Me gustaba que eso acrecentara la tensión y al mismo tiempo dejara descarnadamente al aire el profundísimo amor y la desesperación que tiene ese tipo.
Y no es el único padre que aparece en la novela, también está Laspada, el empresario que le secuestran a hijo y que vive en tensión la relación con su hija que coquetea con las organizaciones revolucionarias.
A mí siempre me interesa el vínculo entre la Historia, así con mayúsculas, y la vida cotidiana de las personas, porque la Historia nos pasa a todos, no le pasa solamente a los líderes, al contrario, nos pasa más a cualquiera de nosotros, y esta situación implicó un montón de cosas para la vida de todas las personas, por eso me interesaba ver cómo irrumpía en cada familia lo que estaba sucediendo.
En tu novela anterior, “El funcionamiento general del mundo”, también hay un padre que ocupa un rol central en la historia, ¿cuánto hay de tu propia historia en la construcción de ese padre que aparece en tus ficciones?
Yo siento que todos mis libros, todos, son un conjunto de interrogaciones sobre mi propia vida, enmascaradas en una ficción. Yo en realidad cuando me puse a escribir lo hice para eso, no para publicar libros, pero la vida por caminos extrañisimos e hizo que publicara libros, hicieran películas, viviera de esto. En todos mis libros, en las ficciones que construyo, puedo rastrear las obsesiones que me gobiernan y la paternidad sin dudas es una de esas obsesiones, tanto por haber perdido a mi papá cuando era chiquito como porque me he pasado media vida ya recreando la paternidad desde la otra vereda.
La vida cotidiana, el paisaje del barrio, en tu caso Castelar, es el telón de fondo de esta novela y de buena parte de tu literatura, esa cercanía, esa familiaridad que atraviesa esta historia, ¿existe todavía o es solo nostalgia?
No pretende ser nostálgica, porque no es que yo la extrañe, no es que yo añore esa pintura particular, lo que pasa es que en aquellos tiempos el Gran Buenos Aires funcionaba así y me pareció importante reproducir cómo funcionaba, ahora vos fijate que una época extremadamente violenta coincidía con un funcionamiento barrial de puertas abiertas. Mi niñez fue en esa época, eso debería servirnos para interrogarnos sobre cómo hemos sido capaces de deteriorar nuestra convivencia cotidiana de esa manera, y se lo estoy diciendo a alguien que vive en Rosario y puede entenderlo, porque creo que lo de Rosario es una situación vinculada con un problema criminal puntual, lo del Gran Buenos Aires es un deterioro de 40 años, es un proceso menos evidente pero extraordinariamente traumático. Las calles de Castelar hoy están desiertas, nadie está en la calle, yo salgo a correr por Castelar y todo el mundo está en la calle el menor tiempo que puede porque es un lugar peligroso. La frontera entre tu casa y la calle, que antes era el lugar donde antes te encontrabas con los demás hoy es un lugar de riesgo y lo primero que hacés es meterte en tu casa. De eso sí tengo nostalgia.
En los 70 que cuenta “Nosotros dos en la tormenta” había una violencia tremenda, ponían una bomba, había un ajusticiamiento, que son las situaciones que se cuentan en la novela.
Había una violencia tremenda, pero no dejaban de ser excepciones, por eso vos entrabas de jugar en la calle cuando te pegaba el grito tu vieja, era tan sólida la convivencia de décadas y décadas que aún una situación así no era suficiente para atemorizar a tu vieja para que te dijera “ni se te ocurra salir a jugar a la calle”, como mucho te decían cuidado con esto, cuidado con aquello, eso era todo y era suficiente. Por eso está bueno anclar historias en diferentes momentos porque eso te interpela sobre tu presente. Estudiar Historia no es estudiar el pasado, es estudiar el presente, es interrogante sobre el presente, la ficción sirve entre otras cosas para eso, para preguntarte cómo puede ser que en el Castelar de los 70 estaban todos los pendejos afuera y ahora no hay nadie.
Sos profesor de Historia y uno de los personajes de la novela es también profesor, ¿hay algo tuyo en ese personaje?
Espero que no (risas), busqué que fuera lo menos romántico posible ese profesor, así como se puede romantizar la lucha armada se puede romantizar la docencia como “La Sociedad de los Poetas Muertos”, viene Robin Williams y da la clase, este no es así, es un tipo que está en su mundo, le importan las capas geológicas y puede terminar en medio de un quilombo igual.
El humor secuela en tus historias aún en situaciones dramáticas, dolorosas, trágicas, es un recurso literario para distender la acción o es una necesidad tuya para tomar distancia de la angustia que provocan esas situaciones?
Para mí lo que le falta a esta novela, voluntariamente, es humor; a lo mejor hay una manera de construir el relato de una manera irónica, sarcástica, que es muy mi manera de ser, aun aunque yo piense que no tiene humor tal vez el lector lo detecte. Sólo recuerdo que en las conversaciones de los dos amigos de vez en cuando se chicanean un poco. La novela aborda es un periodo muy traumático y una de las consignas básicas es el respeto de todos los personajes, que ninguno sea una caricatura, no sólo estos dos pibes, sino todos los demás, y el humor, como ablanda las fronteras del personaje, puede generar que alguien sienta eso de “mirá, lo está gastando”, que no es así. Por eso la voluntad fue que el humor solamente aparezca en el diálogo entre Alejandro y el Cabezón, aunque puede ser que el Cabezón/Antonio, que tiene dudas, al dudar se permita un poco de humor casi autocrítico de su propia célula. Es un humor melancólico el del Cabezón hacia su propio grupo.
¿En ningún momento pensaste que la violencia armada anterior a la dictadura podía ser un tema tabú en la Argentina de hoy?
Puede ser que sea un tema tabú, pero está bueno que haya temas tabú, probablemente me cueste alguna crítica, alguno leerá la novela y dirá es una apología de la guerrilla y la leerá otro y dirá que es una apología de la dictadura, no me parece que esté bueno que nos manejemos así, me parece que tenemos que poder hablar y si uno habla con respeto me parece que tiene que ser suficiente. Por supuesto, no estaría bien si uno se pone a hacer algo aventurado, y me pasé cinco años para hacer esta novela para ser respetuoso con todas las aristas de las situación. Estaría mal si te bajo línea, si digo “esto está bien, esto está mal, estos son buenos, estos son malos”, yo no creo no hacer esa carga moral en mi relato, lo cual no quita que cada persona haga su carga moral y eso está perfecto. Todos tenemos nuestras posiciones y me parece que está bueno poder hablar, es un riesgo que terminé gustándole la novela a gente que piensa totalmente diferente a mí y bueno, sí, pero entonces qué hago, me callo y no hablamos de nada…
Sos muy futbolero, en tus novelas, inclusive en “La pregunta de sus ojos”, en la que se basó la película “El secreto de sus ojos”, el fútbol cumple un rol decisivo, sin hacer spoilers, en “Nosotros en la tormenta” el fútbol está ausente y que el fútbol esté ausente en tu obra, en tu vida, es una rareza.
Y bueno vengo de “El funcionamiento general del mundo”, que era fútbol, fútbol, fútbol… también tiene que ver con esto que te decía antes del humor, me parece que el respeto por la hondura implícita de esta historia había muy poco lugar para oxigenarla, el humor oxigena, el fútbol oxigena. Me parecía que tratar con ligereza una historia así de dura no estaba bueno. Por eso, ni se me pasó por la cabeza meterle fútbol.
Entonces, se puede vivir sin fútbol.
Yo creo que sí, y hasta para mucha gente debe ser hasta mucho más sano vivir sin fútbol, para más de uno de nosotros sería mucho mejor vivir sin fútbol, pero algunos no podemos vivir sin fútbol, pero los que pueden, viste cómo es, yo creo que se pierden algo, pero a lo mejor ganan en tranquilidad.