“¡SOS, salvad ahora el planeta...se nos acaba el tiempo!”, “todo lo que necesita el planeta es amor”, “los cerditos los aman, no los maten”.

“¡SOS, salvad ahora el planeta...se nos acaba el tiempo!”, “todo lo que necesita el planeta es amor”, “los cerditos los aman, no los maten”.
Estos son algunos de los mensajes que se escuchan con fuerza en la conferencia de la ONU sobre cambio climático que se realiza en Copenhague. Al igual que los “happenings” de los años 70, la capital danesa se ha convertido en la plataforma perfecta de los nuevos profetas que vaticinan el apocalipsis climático al tiempo que predican la paz y el amor fraternos.
“¡Los excrementos de animales...los excrementos son los culpables del cambio climático!”, se lee en la pancarta del grupo danés “Vegetarianos por la paz”, que se manifiesta ante las puertas del centro de conferencias de la cumbre mundial del clima, el recinto “Bella Center”, a media hora del centro de Copenhague.
Sus atuendos coloridos de tela y pana, impropios para el gélido invierno danés, recuerdan a los “hippies” de hace cuatro décadas, que organizaban fiestas (o “happenings”) en los cuales la proclama era “haz el amor y no la guerra”.
Aunque Copenhague no es precisamente la pradera de Woodstock, donde en 1969 se realizó uno de los conciertos pacifistas más famosos de la historia, la capital danesa se ha convertido en la nueva ágora de Atenas, en un foro de manifestaciones en el que todos quieren lanzar “su” mensaje.
La cruzada contra los excrementos animales tiene su explicación científica, afirman los simpatizantes de “SOS, salvad el planeta”. Los animales emiten, con sus normalmente abundantes deposiciones sólidas, cantidades sensibles de gas metano “uno de los grandes contaminantes”, afirma Soren Nielsen, un activista danés de esa organización.
“El 40 por ciento de los gases nocivos provienen del metano”, agrega con entusiasmo, mientras exhibe un documento con unos gráficos.
“Vegetarianos por la paz” intenta transmitir, por todos los medios, sus mensajes apocalípticos, que hablan de un inminente final del mundo, si no se recortan drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (fundamentalmente el dióxido de carbono, C02).
Para ilustrar sus propósitos no dudan en disfrazarse de gamba o de cerdito feliz (o sea, de porcino no susceptible de pasar nunca por la fría cuchilla del matarife).
“No coman carne, los cerdos y las vacas sufren mucho cuando son sacrificados y sus excrementos son todavía más contaminantes”, afirma Soren, megáfono en mano, con aires de líder estudiantil o sindical, convencido de la infalibilidad de los estudios científicos en los cuales se basa su movimiento.
La “gamba feliz”, Anna, embutida en su disfraz naranja, mientras tanto, se dedica a repartir folletos a los cientos de periodistas que intentan entrar al centro de prensa y que, de vez en cuando le prestan algo de atención, sobre todo para matar el aburrimiento de la espera.
El cerdito satisfecho y la gamba feliz también posan para las cámaras de las agencias internacionales de prensa, en medio de algunos participantes a la cumbre del clima, que para hacer tiempo -y para contrarrestar aunque sea mentalmente los tres grados bajo cero reinantes - se imaginan a la gamba feliz...a la plancha.
Mientras algunos periodistas leen en el “periódico oficial” de la cumbre (“The COP 15”) las últimas noticias sobre la alocución pacifista y ecologista del ex arzobispo y premio Nobel de la Paz sudafricano Desmond Tutu, quien ha logrado juntar 500.000 firmas en pro de un mundo más verde, otros profetas del apocalipsis climático lanzan mensajes contundentes.
Entre ellos, “ONU, actúen ahora...evitemos el genocidio (del planeta)” o uno de los lemas mejor construidos para esta cumbre: “Hopen-Hagen” (que juega con la palabra inglesa “hope”, esperanza).
Mientras el cerdito satisfecho y la gamba feliz prosiguen su campaña proselitista en pro de una “vida alternativa”, sin carne y exenta del contaminante metano de los excrementos, la cumbre de Copenhague entra en su recta final, en pos de un acuerdo que sustituya al Protocolo de Kyoto. (DPA)



