El único regalo que puedo fechar con exactitud, en el enorme lío de cumpleaños que se van amontonando en la cabeza cuando te hacés grande, es el de los once. ¡Hasta veo a mi tía entrando con el paquete! Era un diario íntimo, rojo con una gatita en la tapa, candado, llaves.
Yo anotaba la fecha y me quedaba viendo las líneas azules sobre la página celeste, de ahí miraba al unicornio de la ventana (una calcomanía de colores que brillaban cuando les daba la luz del sol) y llenaba cuatro, cinco, a lo sumo seis renglones con las mismas pavadas que le inventaba al cura en la iglesia: que la de Zenobi fue a la escuela con zapatos rojos de taco alto, que molesté a mi hermano, que él me molestó. Aclaro: iba a la iglesia porque había que ir, y al cura le decía lo primero que se me ocurría, porque según mi papá los pecados no existen: «pescados», dice mi papá.
Pasaban los días y yo hojeaba un poco triste las hojas sin letras.
Entonces ocurrió algo que recuerdo bastante bien, o al menos eso creo, porque cuando una se hace grande, lo que no se acuerda, lo inventa. Fue más o menos así:
Viernes, caluroso, de octubre. Llegué enojadísima de la escuela y le dije (le notifiqué) a mi mamá que a la tarde tenía que ir a la plaza. Sí o sí. Cuestión de vida o muerte. Pero ella no estaba de acuerdo. Todas las fichas jugaban en el tablero de la concurrencia familiar masiva al cumpleaños de un primo segundo (o tercero). Ella se puso insensible como una pared de hormigón y después de un sermón (que era un NO rotundo) me mandó a dormir la siesta. Yo no pegué un ojo. Anoté la fecha en el diario, con marcador rojo, como siempre, y escribí que una chica (que era yo pero con otro nombre) se sentía terriblemente desahuciada porque que una compañera de la escuela le mandó a decir con otra que Tomás (tampoco le puse Tomás) gustaba de ella, no de mí, y que se iban a encontrar en la plaza, y que ni se me ocurra asomar la nariz porque Santiago, el hermano grande de Tomás (que tenía otro más chiquito) iba a estar vigilando. Y Santiago me odiaba. No dejaba que Tomás me diga ni hola ni mu; lo apuraba al grito de ¡dale, tarado! sin bajarse de la bici cross reluciente (los dos andaban todo el día de aquí para allá) y le hacía muecas de que estaba enamorado (es que antes no se tenían novias como ahora) y yo me ponía colorada y llegué hasta la última hoja del diario y no me alcanzó, tuve que cortar una hoja del cuaderno y pegarla con plasticola.
Después me preocupé. Quería otro diario, pero me daba vergüenza explicarle a mi mamá cómo se había acabado tan rápido.
Tampoco quería que lo leyera, y empecé a tomarme grandes molestias en esconderlo. No me separaba de la llave ni un minuto. Eso le encantaba a mi hermano, que se tomaba grandes molestias en encontrarlo.
Para colmo, mi amiga Belén me contó el siguiente incidente, que consideré trágico: cuando llegó de la escuela, encontró a su mamá con su propio diario íntimo en la mano (era rojo también) y palabras más, palabras menos, la mamá le había dicho que mejor le contara todas esas cosas.
Eso me aterrorizó, porque yo tenía muchas ganas de escribir. Y empecé a hacerlo en hojas sueltas del cuaderno, sin fechas, a hurtadillas, con los oídos bien atentos a los ruidos del pasillo.
Escribí sobre una chica gorda que se metía adentro de un tarro.
Escribí sobre un señor que criaba cucarachas.
Escribí sobre una chica que iba a patinar a la plaza y se encontraba con una gitana y corría, aunque la gitana era buena.
Hasta que un día pasó lo que tenía que pasar: mi mamá lo descubrió. Fue leyendo todos los papelitos uno por uno, y yo no quería ni mirarla para no ver su cara de enojo, o peor, de pena, porque a nadie le gusta que le mientan ¿o sí?
Sin embargo, para mi sorpresa, ella sonreía. Y para cuando terminó de leer, se reía cómodamente. Entonces dijo algo que nunca más olvidé: que los cuentos le parecían muy lindos, dijo.
Yo me quedé helada.
Mi mamá fue hasta la biblioteca, de un cajón sacó unos papeles amarillos, re viejos, y me los regaló. Resulta que mi abuelo, cuando era joven, había escrito un montón de poesías divertidas.
Lástima que Tomás se fue del pueblo, y cuando volvió, en las vacaciones de verano, medía como dos metros, estaba flaquísimo y yo parecía un corcho con patas al lado suyo. ¡Y además tenía una novia en Santa Fe!
No lo volví a ver, al ingrato. Nunca supe qué habrá sido de su bici cross ni cómo se veía el mundo desde ahí arriba (yo no he crecido mucho).
Santiago sí volvió, como cinco años después. Vino de vacaciones solo, es decir, sin Tomás. Tenía el pelo largo y tan lleno de rulos que parecía la cabeza de un león, y fumamos un cigarrillo (no le cuenten a nadie) sentados en la vereda de mi casa, en el suelo, porque yo estaba afuera y él justo pasaba por ahí.
Yo no me acordaba nada cómo era la cara de Tomás. Lo miraba a Santiago en el suelo y me moría de ganas de darle un beso («pescado»), porque Santiago hablaba de películas y a mí ya entonces me gustaban mucho las películas, pero no me animé («pescado»), y si él tuvo ganas de besarme tampoco se animó («pescado»), y me acuerdo cómo caminaba echando humo por la melena, cómo se detuvo un ratito en la esquina justo debajo de la lámpara (que, por milagro, andaba) y me levantó la mano tímida humeante.
Yo atesoro esa foto movediza en un absurdo baúl de ideas. Anoto: Melena humosa de león alumbrada por la lámpara de la calle, y guardo el papel en la misma esquina donde todavía miro cuando visito a mi mamá, que sigue viviendo en la misma casa de la misma cuadra.
(A veces, como ahora, cuando ella lee mis cuentos, me dice “eso no es verdad, eso pasó así y asá”. Pero yo tengo un argumento irrefutable a mi favor:
—Nadie de nosotros sabrá nunca si vive o no dentro de un zapallo (*) — le digo.
Ella se baja los lentes hasta la punta de la nariz y me observa sin dejar de tejer, un poco divertida, creo, o escéptica. Se ríe. Después se acomoda los lentes, un poco escéptica, creo, o divertida, y me detalla todos los velorios, nacimientos, casamientos y divorcios celebrados desde la última vez. Yo cebo el mate).
(*) Macedonio Fernández, El zapallo que se hizo cosmos (cuento del crecimiento).