Mi anécdota

Ni reina ni princesa

La consigna era la siguiente: cada escuela debía elegir a dos alumnos para que representen al colegio con un disfraz alusivo a la primavera y, para mi alegría, una de las elegidas a participar fui yo.

Sábado 19 de Agosto de 2017

Siempre fui una nena extrovertida, me encantaba jugar y hacer deportes, mis juegos preferidos eran trepar árboles, jugar al fútbol y actuar. En mi escuela ya sabían que en todo acto, lectura de poesía o presencia en escena posible yo iba a estar ahí.

Para el festejo de la primavera, un banco de mi ciudad, Colón, Buenos Aires, organizó un concurso que invitaba a participar a todas las escuelas. La consigna era la siguiente: cada escuela debía elegir a dos alumnos para que representen al colegio con un disfraz alusivo a la primavera y, para mi alegría, una de las elegidas a participar fui yo.

Mi imaginación empezó a volar. Yo estaba en segundo grado, 8 años de edad, pensaba en que iba a ser una especie de reina o princesa de la primavera, con un vestido de muchos colores y una corona de flores, para poder bailar y saltar en el escenario. Pero la realidad es dura y las maestras me disfrazaron de margarita, plantada en una maceta. Yo tenía pétalos alrededor de mi cara, me apretaban mucho; remera verde, el tallo, y la maceta era un canasto de mimbre de ropa sucia, al cual le habían sacado la base y lo sostenía con tiradores; en mi mano derecha un cartel que hablaba de lo hermosa que es la primavera y en lugar de bailar y saltar, sólo podía moverme cual péndulo porque era lo que me permitía el maldito canasto de mimbre. Igual suerte tuvo mi compañera que la disfrazaron de tortuga.

A pesar de todo mi pesar, ganamos el segundo lugar. Moraleja para mí: no necesitaba, necesito o necesitaré ser una reina o princesa para lograr lo que quiero y hacer lo que me gusta.


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