Educación

Infancias actuales: las pantallas y dificultades para comunicarse

Ni genética ni neurobiología. Las señales que alertan sobre la responsabilidad de los adultos.

Sábado 23 de Febrero de 2019

El desarrollo del lenguaje siempre ha inquietado a las familias que aguardan esa primera palabra que les confirma que su hija o su hijo ha comenzado a hablar. Por lo cual, las consultas vinculadas con la ausencia de lenguaje oral en los primeros años de vida no son novedosas. Pero lo llamativo es que, en la actualidad, la demanda se ha incrementado y las dificultades observadas difieren bastante a la de otros tiempos.

El "síntoma" más evidente, que invita a realizar una consulta, es la ausencia de lenguaje verbal. Sin embargo, se observa que la mayor dificultad reside en la intención comunicativa. Es habitual encontrarnos con niñas y niños que no se interesan en armar lazos con otras personas; en compartir palabras, gestos y miradas en el diálogo o el juego. Niñas y niños más grandes que utilizan una especie de "lengua neutra" que se asemeja más al discurso televisivo que al de su familia o su comunidad.

Madres y padres expresan su preocupación y, más temprano que tarde, aseguran que administrar el tiempo frente a las pantallas no es tarea sencilla. Nos encontramos entonces con niñas y niños que ven sus miradas reflejadas en celulares, televisores, computadoras o tablets y muy poco en el rostro de otras personas. Niñas y niños que se refugian en las pantallas porque no cuentan con tiempo para compartir, jugar ni conversar.

Mientras todo eso sucede, los medios de comunicación y las redes sociales replican el discurso propuesto por los Manuales DSM (*) y otras corrientes biologicistas. Nos advierten acerca de los indicadores del Trastorno del Espectro Autista (TEA) y nos explican que la causa de esta problemática reside en la genética o la neurobiología.

Surge entonces una pregunta imprescindible: ¿De qué manera las niñas y los niños adquieren su lengua materna y desarrollan su lenguaje? Sabemos que el proceso de adquisición lingüística acontece en el diálogo, en la comunicación verbal entre las personas. Por lo cual, estimar que los genes y el cerebro son los únicos responsables de las dificultades que las infancias actuales pudieran presentar al momento de comunicarse resulta, al menos, disparatado.

De ninguna manera se pretende negar la existencia de los diversos factores que intervienen en este proceso, porque se comprende su complejidad. Por el contrario, se intenta resaltar que la comunicación y el desarrollo del lenguaje requieren algo más que una "buena genética" o la indemnidad de las estructuras cerebrales.

Sin embargo, es habitual que se nos informe sobre ciertas "señales de alerta" que nos indicarían que una niña o un niño presenta un Trastorno del Espectro Autista.

Sobre los indicadores

A continuación, se mencionan y cuestionan algunos de esos indicadores, deseando que podamos comprender a las infancias actuales y sus dificultades para comunicarse.

"Presenta un apego inusual a ciertos objetos". Las niñas y los niños suelen apegarse a algún objeto que les provee confianza ante situaciones difíciles. Por ejemplo, cuando deben tomar distancia de sus vínculos primordiales.

"No tiene lenguaje o presenta alteraciones". Son diversos los motivos por los cuales una niña o un niño desarrolla su lenguaje tardíamente o presenta dificultades en el proceso de adquisición lingüística.

"Es hiperactivo o muy pasivo". Parece que las niñas y los niños deben moverse lo justo y necesario, lo que se estima conveniente.

"Llora o patalea sin causa aparente. Ríe sin motivos". La palabra aparente denota la inconsistencia de esta señal de alerta. Porque bien sabemos que las apariencias, casi siempre, engañan. Para conocer las causas o motivos posibles, debemos estar más atentas y atentos. Sobre todo, si esa niña o niño no cuenta con palabras para decir lo que siente, piensa o desea. Porque, quienes aún no han desarrollado su lenguaje, apelan a otros recursos no verbales procurando "decir" qué les anda sucediendo.

"No siente temor ante los peligros". Las niñas y los niños pequeños no suelen tener registro del peligro. Por eso, las personas adultas debemos poner límites; debemos explicar, mostrar y sancionar aquellas acciones que pudieran ponerlos en riesgo. Esa es nuestra responsabilidad.

"Se resiste a los cambios". Las infancias requieren de ciertas certezas y se rigen por el principio de placer. Las personas adultas debemos ayudarlos a ser más tolerantes ante un hecho fortuito, inesperado o novedoso. De manera que puedan situarse en el principio de realidad, para que conquisten la tolerancia a la frustración que les permitirá crecer y aprender.

"Tiene dificultades para relacionarse con los demás". Comunicarse es una ardua tarea, sobre todo, en los tiempos que corren. La interacción digital opera como un obstáculo para aprender a vincularnos con otras personas en un encuentro genuino mediado por miradas, gestos y palabras.

"Indica que quiere llevando de la mano al adulto". Desde luego, las niñas y los niños que no cuentan con lenguaje oral apelan a los gestos, movimientos corporales y señalamientos para intentar comunicarse.

"No hace contacto visual". A eso nos invita la tecnología, a dirigir la mirada hacia los objetos y a distanciarnos de las personas.

"Su juego es inapropiado o desarrolla juegos repetitivos". Existen diversos modos de jugar, siendo un rasgo de salud mental y bienestar la actividad lúdica en la infancia. Además, nos advierte sobre ciertas problemáticas en el desarrollo infantil que no pueden ser reducidas, exclusivamente, a un diagnóstico de TEA.

En definitiva, estos indicadores no remiten a un cuadro específico. En todo caso, hacen mención a determinadas particularidades de la infancia y a ciertas dificultades que no necesitan un "rótulo", sino una mirada atenta por parte de todas las personas adultas y una intervención terapéutica ética.

La necesidad de etiquetar cualquier diferencia o dificultad, utilizando términos que remiten a un determinado trastorno, genera la falsa ilusión de que el problema es exclusivo de esa niña o ese niño. Y, de esa manera, nos invita a desimplicarnos. Sin embargo, todas las personas adultas somos responsables de la crianza, la educación y el cuidado de las infancias.

(*) Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, por su sigla en inglés.

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