libro

"Chicos en banda", testimonios y preguntas a 20 años del estallido

Silvia Duschatzky destaca la reedición del libro a casi dos décadas de la investigación que le dio origen.

Sábado 26 de Diciembre de 2020

—La calle, para mí, es como una casa; yo paso todo el día en la calle, ahí están mis amigos, puedo hacer lo que quiera sin que nadie me diga nada.

—Para mí, la calle es un peligro porque en la calle te pueden violar, hay gente que te agarra y te puede hacer daño.

—Ah, pero vos decís la calle a la noche, lejos de tu casa, porque en la calle, por ejemplo, en mi calle, quién te va a agarrar, si todos te conocen, conocen a tus padres. Y, además, están todas las chusmas que no tienen nada que hacer espiando por las ventanas.

—Es cierto, la calle es linda porque hay espacio, se puede jugar.

—Sí, pero también es peligrosa porque te pueden robar, te pueden violar.

La conversación precedente se dio en Córdoba, el 30 de mayo de 2001. Una charla entre un grupo de chicos y chicas en el aula de una escuela. Ese intercambio crudo y a la vez despojado de filtros es uno de los diálogos incluidos en Chicos en banda, el libro de Silvia Duschatzky y Cristina Corea que acaba de reeditar la editorial Tinta Limón.

El libro se publicó originalmente en 2002, apenas después del estallido social de principios de siglo, y pone el foco en jóvenes que habitaban entonces en la periferia de la ciudad de Córdoba y que asistían a las llamadas escuelas “urbano-marginales”. Como bien explica Diego Sztulwark en la introducción a la nueva edición, Chicos en banda fue un texto pionero que en su nombre —“en banda”— remite tanto a la desatención y al abandono (o “a la buena de Dios”, como dice la expresión popular), como al hecho de que esos chicos y chicas se nuclean en bandas “para poder existir”.

Chicxs en banda - tapa en alta.jpg

Relectura

“Me costó muchísimo releerlo. No lo había vuelto a hacer desde el momento que salió y creo también que por el acontecimiento con Nacho (Ignacio Lewcowicz) y Cristina (Corea) —fallecieron en 2004 en un accidente— me costaba volver a tomarlo”, cuenta a La Capital Silvia Duschatzky. Docente e investigadora del Área Educación de Flacso Argentina, destaca el valor del texto y las preguntas que se hace acerca de esos cimbronazos sociales y la mirada de las y los jóvenes respecto a ellos.

—¿Por qué revisitar esta obra a casi veinte años de su primera publicación

—Cuando lo volví a leer me pregunté por el valor de reeditarlo ahora, teniendo en cuenta que también sentía, y supongo que a Cristina también le hubiera pasado, alguna distancia con ciertos modos de afirmar algunas cuestiones. Por ejemplo la categoría de exclusión no la plantearía ahora. Por eso sugiero empezar a leer el libro por la última parte, donde se plantea de qué trata una investigación. El libro no es que vale por los enunciados puntuales que fueron dichos en una circunstancia muy concreta pos 2001. Vale por el modo en que se pregunta los cimbronazos sociales, las mutaciones y el modo en que encuentra preguntas, que son motores de nuevas pruebas, miradas y lenguas. Y cómo el investigador no está afuera observando un fenómeno que lo excede y dando respuestas a priori, sino que está perplejo dentro de todos estos quilombos. Pero una perplejidad decidida a ir elaborando y encontrando con otros una forma de pensar y producir alguna torción en los modos de estar.

—¿Algún testimonio del libro te impactó más al releerlo?

—Todos me vuelven a impactar, porque justamente lo interesante de eso es lo que nosotros intentamos recoger con un procedimiento muy específico, que es atender a ese ánimo que viaja en lo que se dice y mostrar sobre todo un estado de conversación. Todos me vuelven a impactar, porque está presente esa búsqueda, una afección. Es como cuando se lee una novela del siglo pasado que tiene mucha actualidad porque toca un sentir. Eso me pasa con los testimonios del libro. Eso se vuelve a actualizar, no la anécdota puntual o el diálogo concreto.

—Como el de Renzo y Ángel, dos nenes que en un momento hablan del juego de la botella o de las revistas Playboy...

—Sí, eso es muy interesante porque hay algo de clandestinidad y fraternidad. Y como que dicen “esta es nuestra lengua, encontramos un refugio y nadie puede entrar si no queremos que entre”. Esa argucia me parece genial. Como dice Fernand Deligny en Semilla de crápula, que hay quienes se indignan porque robaron pastelitos en una panadería, pero no se preguntan por la habilidad que tuvieron para hacerlo sin que nadie se de cuenta.

silviad.jpg
Silvia Duschatzky, coautora de "Chicos en banda".

Silvia Duschatzky, coautora de "Chicos en banda".

—En algún momento se habla de “rostros juveniles alejados de los soñados por la escuela”. ¿Sigue vigente esa distancia?

—Sí, totalmente. Lo cual no significa que muchos de los habitantes de la escuela —maestros y directivos— hayan dado una vuelta de tuerca más interesante. Pero desde el punto de vista del dispositivo sí. En este tiempo de pandemia planteamos un espacio que se llama “Charlemos: Escuelas en la nube”, donde los viernes nos encontramos para hablar de una pedagogía de la interrupción. Hubo una intención de que el lazo continúe como se pueda y con los recursos disponibles. El problema es cuando se pretende que continúen las mismas formas cuando las circunstancias se alteraron absolutamente. Por eso buscamos esos retazos o derrames que perforaban el formato. Un profesor de Quilmes relató que en clase una alumna le dijo “si se me mueve la cámara es porque estoy en el bondi, acá está el chofer, estoy viniendo de trabajar”. Y otra voz que le dijo que estaba en la bicicleta. Esto es decir “tengo una cita, porque si no tengo interés de estar ahí no prendo la cámara”. Pero no era una cita cualquiera, sino que meto toda la información social en la escuela, que intentaba que el mundo fuera explicado y transmitido a través de una cajita curricular. Ahí la interrupción pedagógica sería cómo aprovechamos la cita para poder pensar algo que no lo tengo previsto ni viene bajo una forma acabada. Eso que viene deshilvanado y que no sé cómo juntar.

—¿Cómo atravesaron los chicos y chicas esta situación generada por la pandemia?

—En la pandemia los que marcaban la cancha eran los pibes, que saben cómo navegar con muchísima mas astucia en la pantalla y cuando mutearse. Y muchos profes piolas, sin ocultar su estado de desorientación, se montaban sobre los guiños de los pibes. Pero para eso es necesario dejar caer una investidura, darse cuenta que la continuidad no es la de las formas. Saber que lo importante no es fijar una función ni un rol, sino estar con el gesto —como dice Agamben— de sostener y ver qué tirás para que algo siga pasando. También lo interesante es romper ese automatismo. ¿Quién es el maestro? El que puede crear una circunstancia, sostener el gesto de ver, escuchar, percibir, no entender mucho, pero tratar de abonar esa percepción más intuitiva que le permite bancar la parada, proponiendo algún juego que puede llegar a ser muy fructífero. Como dice una profe de teatro que tuve, crear el próximo paso. Me parece que esa es la cuestión, armar una situación donde haya un próximo paso, y no donde estemos caminando sobre el mismo punto y encima el mismo punto parodiado, porque no ocurre nada.

En esta nota

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario

LAS MAS LEÍDAS