Cada vez que la presidenta Cristina Fernández habla (cada vez más seguido, por cadena nacional, en el horario en que los argentinos deberíamos estar a través de los noticieros, enterándonos de la realidad que vive nuestro país) para hacer promesas absurdas y desde todo punto de vista incumplibles, y desbordada por las exigencias de su país de fantasía, las paredes de la razón y del entendimiento de la realidad argentina, tiemblan. Cada vez que tenemos que escuchar las banalidades que expresa en su lenguaje coloquial, casi procaz, en un funcionario público de la mayor jerarquía, como es el presidente de la Nación. Cada vez que la cámara enfoca el coro de sonrientes aplaudidores festejando cada una de las gansadas de su "baba dialéctica" (expresión que va entre comillas, porque no me pertenece a mí, sino a un prestigioso escritor de nuestra ciudad). Cada vez que tenemos que pasar por eso, no menos del cuarenta y seis por ciento de la población argentina se llena de vergüenza. En esta sociedad anestesiada, en la cual los que mandan con su mayoría de votos son los subvencionados con planesTrabajar, con asistencia familiar que premia las actitudes procreativas irresponsables, y unos cuantos delincuentes que a través de negocios espurios acceden a recursos económicos que les permiten mantener ejércitos de "punteros" tan inescrupulosos como ellos, la oposición no existe, y asistimos al reinado de un mundo kirchnerista que se prolongará durante años. Los paladines opositores como Gil Lavedra, Stolbizer, Binner, Giustiniani, Alfonsín (Alfonsín ¡!!!!!), Reutemann (reconozco que recuerdo muy pocos de sus nombres porque ya ni salen en los diarios), permanecen tan anestesiados como el resto de la sociedad, ocupados en mantener el statu quo para no perder sus privilegios y suculentas dietas. Mientras tanto, "la población de a pie", que es la que solventa esos beneficios, sigue sufriendo la inseguridad, la exacción impositiva, el saqueo del Tesoro nacional.























