Creo regresar a un terreno ya bien conocido. Estoy montado en un caballo zaino, cara blanca y las dos manos blancas. Voy al tranco. Miro. Sé que allá a unas leguas está el arroyo del Medio, hacia la derecha rodeando un lagunón están los yeguarizos, un par de padrillos, unas hermosísimas yeguas alazanas y en medio de esa tropilla de caballos se destaca la figura pequeña, Baldomero, un burro chiquillo, peludo, gris y seductor como pocos burros he conocido. No hay yegua que no haya tenido al menos un pequeño romance con él, por eso los tres padrillos que había lo odiaban sin ningún tipo de contemplaciones, pero el burro sabía defenderse bien.
En esa costa salitrosa que tanto amé, saltaba las tucuras y solamente la majada podía comer esos yuyos cortos y duros que la alimentaba. Hacia atrás, hacia eso que yo iba dejando atrás, quedaban unos puestos, un pozo, y los corrales.
Pensé en aquel momento, curiosamente iba tarareando Billy de Kid de Aaron Copland, qué tenía que ver aquel viejo compositor norteamericano con esa zona del sur de nuestra provincia, supongo que nada, pero por la noche yo tocaba en un viejo piano vertical una de los fragmentos de ese ballet que se me había pegado.
Setenta años después, esta memoria me hace pensar en otras. Fue por el cincuenta y ocho que comencé a escribir para este diario entrañable, ahora vuelvo, regreso con más vejez que nunca y con el miedo de mezclar los tiempos, de confundir las cronologías, vuelvo después de unos cuantos años a escribir esas notas que era mi pasatiempo favorito durante mis largos años en este diario. Entonces me dije que de la misma manera que fui recordando mis tantos galopes por esa llanura que amaba, comenzar a hacer las notas que hacía por aquel entonces será algo fácil. No lo ha sido.
La vejez pesa en el lugar donde reside el pensamiento y los dedos pesan menos sobre las teclas de la computadora, pero estas imágenes se van cortando cuando las madrugadas de fines de los cincuenta buscaba algunas máquinas de escribir que me complacían para hacer mis poemas, sobretodo una que tenía el teclado en "versalitas".
Son tantos los temas que acuden a mi cabeza que me doy cuenta que a mi edad el tiempo tiene otra valoración y uno sabe que el resto es mucho menor que el que alguna vez se tuvo. Por ejemplo, ¿cómo fue que Borges escribió en un libro de 1932 sobre un film de los cuarenta? ¿En cuántas películas apareció Elisha Cook Junior? Se hizo famoso como malo pero murió anciano haciendo papeles de buenos, tal vez alguno lo recuerde de la serie "Alf". Finalmente decidí escribir sobre una historia de amor que he conocido en esta ciudad y cuyo final todavía no lo tengo, la historia de amor entre una muchacha que se hace llamar Magdelluvia Suspirante y el hijo de la Lasciva Pasífae y de ese toro que Poseidón saco del mar y del cual ella se enamoró. De esa unión nació el Minotauro, siete mil años antes que naciera Jesús en el humilde pesebre de Belén. Dejaré esa historia para la próxima vez, por el momento intentaremos una metáfora sobre lo que significa estar enamorado.
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Nada madura con tanta lentitud, se diría que en secreto, como el amor. Todo eso que amamos es de lenta maduración, aún cuando a veces parece estallar como el sol. En estos momentos que te escribo como tantas otras veces, escucho música de Paul Bowles, muerto hace unos días. Esa música va madurando mientras la escuchamos, nunca es la misma, se modifica instante a instante, y así debe ser. La gata dormita sus sueños en ese sitio que elige para dormir y el sol madura entre las hojas, la pared, las memorias. Nuestro amor madura así, de esa manera, aun cuando no nos demos cuenta. Madura en su esplendor y esas cosas que apenas soportamos. Madura en su propio madurar, en un tiempo que no nos pertenece pero que alguien deja para nosotros. ¿Qué significa ese madurar, eso que parecer ir hacia el final y en realidad marcha hacia su esplendor? Amar es siempre el te amo y no el te aman, es amar mucho más que ser amado. Nuestra historia de amor es breve en comparación a otras que incluso nosotros hemos vivido antes. En la frutera maduran una pera, una banana, un limón, un racimo de uvas, una naranja. No están detenidos como en uno de esos bodegones que tanto amamos y que creemos que nunca recuperaremos. Dejamos que las frutas vayan a su maduración final y sus olores se mezclen. Todo hasta que adquiere ese olor dulzón de lo que fue y ya no es pero se siguen amando. Lo que siento es ese olor de la gratitud por dejar que te tenga. Paul Bowles muerto hace algunos días, las frutas en su nueva forma del ya no ser en la frutera, la gata que se despierta hambrienta de sol, de luz del mediodía, mi amor desde la alta edad mirando hacia la tuya, un tanto lejana con razón, el sabor de ciertas palabras que debemos usar necesariamente, pues son las que tenemos a mano, las que teniendo a mano son las que más amamos.
Hace como cinco días que son como cinco dedos: ando disfrazado de sándwich de mortadela caminando de aquí para allá para ver si alguien quiere comprarme y comerme en la esquina de Laprida y 3 de Febrero, una chica me dice que ella se come la mortadela y su amiga Laura me chupa toda la manteca ¿pero qué hacemos con un viejo barbudo y sucio en la mitad de la calle? denme uno, dos o tres whiskies y luego córtenme todo y digan que el plato del día es cerdo a la maitre de hotel pero no aceptan y así ando desde ese día nefasto en el cual quise suicidarme de una manera original
Me disfrazo de mí mismo, que ignoro qué significa en realidad porque no soy lo que soy ¿qué parezco disfrazado de mí mismo?, no encuentro espejo alguno en el que mirarme, unos pibes me dicen que parezco una torta frita muy grande girando por la calle, me escondo en un pasillo y en ese pasillo una gorda hambrienta me devora con deleite, creo haber cumplido con la obra buena del día ¿cómo se llamará éste idioma que fue el que hablaron durante los primeros diez y ocho días aquellos que tuvieron el sueño de construir la torre de Babel? ahora Dios me ha permitido el uso de ese lenguaje durante quince días pero mi intención no es la construcción de ninguna torre sino algo muy diferente.
Siempre, de muy pequeño, me enseñaron sobre la mala suerte de los familiares de milanesa y eso no ha cambiado, los familiares de milanesa siguen teniendo mucha pero mucha mala suerte, si bien es cierto que no ocurre lo mismo en todos los países del mundo, en el norte del Brasil hay caníbales que preparan excelentes sándwiches de muslo de muchachas del Caribe que son una delicia, en mi pequeña y amada ciudad llamamos familiares no a los tíos Clodomiro y Ezequiel que viven en los países vascos ni a otros parientes caníbales que viven en el corazón mismo del África sino a un pan francés que lo cortamos por la mitad, lo untamos con queso roquefort y le agregamos jamón crudo mientras ella se va sacando el corpiño, que es lo único que le queda puesto.