La ecuación es simple y urgente: la educación promueve la salud y la
salud permite aprender. Sin embargo, las situaciones de emergencia sanitaria como las generadas por
la Gripe A anticipan cuánto falta por hacer en la promoción de la salud desde la escuela. El médico
pediatra Carlos Badías, miembro de la Sociedad Argentina de Pediatría, dice que es clave la
inversión en la infancia, porque "un niño educado seguro puede cuidar su salud, y una persona sana
podrá aprender".
Badías ejerce su profesión en un centro médico de la zona sur de Rosario y es
uno de los vicepresidentes del 35º Congreso Argentino de Pediatría (ver más en www.sap.org.ar), que
desde el 30 de septiembre al 3 de octubre reunirá en la ciudad a unos 8 mil profesionales. En ese
encuentro coordinará los temas sobre salud escolar, donde se espera sumar también a los
docentes.
—¿Es posible pensar al sistema educativo como un lugar de promoción de la
salud?—Tengo como referente al doctor René Favaloro, como un líder de la promoción y la
prevención sanitaria. Tenía un objetivo básico: la educación para la salud. Si él, que era un
cardiocirujano, pensaba así no es menor la responsabilidad que tenemos los pediatras y los docentes
cuando se trata de promover este derecho individual y social. Pero la responsabilidad mayor la
tiene la dirigencia, a través de los ministerios de Salud y de Educación. Promocionar la salud hoy
hubiera sido quizás el elemento esencial para que la situación (por la Gripe A) no se desbordara,
como pasó.
—Entonces, ¿poner en práctica el cuidado desde la escuela sirve para enfrentar pandemias
como la que vivimos?—Voy a citar un ejemplo que fue claro. En épocas en que las salas
estaban invadidas por la gastroenteritis, porque era la patología estacional, y se dio el avance
del cólera (década del 90), el sector docente hizo una campaña de prevención y de difusión
extraordinarias, tanto que contribuyó para que no se expandiera por las grandes ciudades como
Rosario o Buenos Aires, y además permitió que disminuyeran drásticamente los índices de
gastroenteritis. Gracias a esas campañas educativas, el chico llegaba de la escuela a la casa y le
enseñaba a los padres el valor de lavarse las manos o de higienizar bien los alimentos para evitar
el contagio. Ese tipo de acciones hubieran tenido ahora un efecto similar si se previniera, porque
en la Argentina estacionalmente tenemos epidemias de enfermedades respiratorias. Pero también es
verdad que se mandan a los chicos a la escuela con fiebre o convalecientes, lo que hace que una
infección se disemine rápidamente. A esto se suma que el docente no cuenta con normas bien claras
que le indiquen cómo actuar.
—Según se desprende de su opinión, el maestro tiene un papel destacado en hacer valer el
derecho a la salud.—El docente es el mejor preparado para esta función. Pasa que la
sociedad ha depositado en él una demanda de obligaciones que no puede atender. Así, se ve obligado
a nutrir a los chicos en los comedores, a contenerlos de las violencias, de las adicciones y a dar
educación sexual. Una serie de pedidos que lo superan en su función básica que, ellos mismos dicen,
"es otra". Igual colaboran y sobre todo los alumnos y los padres los escuchan. Eso es fundamental,
porque cuando un conocimiento se incorpora grupalmente es mucho más fuerte.
—Es decir, ¿haría falta una mayor presencia del sector sanitario en las
escuelas?—Creo que sí, pero todo dentro de un programa de salud escolar. Es que si uno
genera la demanda tiene que tener la respuesta para la misma. Cuando se le pide al docente que
actúe en determinada situación, se le debe dar un equipo de profesionales que lo acompañe, digo que
acompañe porque en definitiva es el que está mejor preparado para hacerlo. Claro que para eso hay
que preguntarse también cuál es la capacidad de tiempo que tiene para su formación. Esto pone otra
vez en el tapete la importancia de la educación en salud.
—Como médico, ¿qué es lo que más le preocupa de la infancia y la
adolescencia?—Me preocupa cómo día a día las patologías prevalentes de este siglo se han
instalado. Hablo de los accidentes, las adicciones, las derivadas de la falta de educación sexual,
las violencias y también las todavía no resueltas originadas por los trastornos nutricionales y las
infecciones estacionales, producto de la mala alimentación. La Sociedad Argentina de Pediatría ya
había denunciado que iban a ser un flagelo, y así es. Si bien muchos lugares han mejorado en la
solución de enfermedades que provocaban morbimortalidad en niños, todavía hay mucho por recorrer.
La educación para la salud es un pilar que ningún tipo de estructura política puede negarse a
reconocer. Hay que tratar de invertir en el futuro, porque un niño bien educado puede cuidar su
salud, y un niño sano aprende mucho más fácil. Son dos cuestiones básicas.