La justicia de Santiago del Estero confirmó el procesamiento de cinco hombres y una mujer por asesinar y descuartizar durante un rito satánico a la maestra Leda Fabiana Raimundi Corral, en junio de 2012.

La justicia de Santiago del Estero confirmó el procesamiento de cinco hombres y una mujer por asesinar y descuartizar durante un rito satánico a la maestra Leda Fabiana Raimundi Corral, en junio de 2012.
La Cámara de Apelaciones confirmó los procesamientos de primera instancia a Lucrecia Ledesma, de 34 años y sindicada como Mai de una secta; su hijo Luis Ledesma, de 18 años; su pareja Guillermo Pereyra, de 27; Gabriel Brandán, de 19; y el novio de la víctima, Mario Rojas, de 37 años. Todos ellos fueron procesados por homicidio triplemente calificado por el concurso premeditado de dos o más personas, por alevosía y ensañamiento, delito que prevé penas de reclusión perpetua.
En la instrucción judicial se logró determinar que la Mai Ledesma y su hijo Luis practicaban ritos satánicos, servicios que fueron solicitados por Rojas para lograr "una limpieza espiritual" de la docente que tiempo antes había decidido poner fin a una relación sentimental.
De acuerdo a la autopsia la víctima fue dopada con un inyectable en cercanías del Santiago del Estero Golf Club. En el lugar, al que la mujer había concurrido con Rojas, fueron interceptados por un auto en el que iban Pereyra, Ledesma, su hijo Luis y Brandán. Sin mediar palabras, la maestra fue golpeada en el rostro y la doparon con un inyectable, para trasladarla luego a un camino vecinal en el que fue asesinada y descuartizada.
Los forenses lograron constatar que los asesinos habían seccionado el brazo derecho, el maxilar inferior y ambos senos de la mujer. Además tenía dos cortes en el parietal izquierdo, su cuero cabelludo arrancado y gran cantidad de incisiones en el rostro y el cuerpo. Al lado del cadáver, en tanto, se hallaron las ropas y efectos personales.
Según los pesquisas, la maestra había denunciado a Rojas en diversas oportunidades por maltrato físico por lo que pesaba sobre él una orden judicial que le prohibía acercársele.



Por Martín Stoianovich

