Quizá no exista otro concepto religioso en nuestra tradición cristiana que se haya prestado al desconcierto, al abuso y a la manipulación como el de la justicia de Dios, magníficamente manifestado en Mateo 6, 33. Esta justicia nos obliga a la colaboración y al empeño personal y colectivo de sus seguidores con su plan salvador. No parece que de esto estén enterados en una institución educativa católica que despidió, a través de su representante legal, a su director, un profesional del derecho muy comprometido con el Evangelio de la Vida, con mucho consenso y con algo que hoy por hoy no es poco, sentido común. No quiero pensar que las causas del despido hayan sido estas últimas. La justicia se opone a dos actitudes bastantes difundidas en nuestra sociedad. En primer lugar, la indiferencia entendida como insensibilidad, rigidez de mente y falta de corazón. En segundo lugar, el egocentrismo y desinterés por los demás.

































