No es una verdad de Perogrullo que todo aquel que hace docencia deja en el aprendiz una impronta que lo acompañará toda la vida. La seño, el profe, se instalarán en la piel del niño y transformarán su vida en algo realmente diferente a la etapa en que los primeros juegos disponían de ella alegremente, es decir, sin demasiadas obligaciones como las que impone el entretenimiento en el ámbito escolar, ese nuevo estadío. En suma, un antes y un después. El docente asume un papel significativo en la vida de los educandos, la segunda mamá como solíamos llamarla se constituye inexorablemente en el faro orientador que marcará un rumbo de alto valor en ellos, modificará sustancialmente su forma de ser y de pensar. Aprenderá a tener obligaciones conforme los reglamentos, amén de la vocación de aquellos que colocan al servicio de los futuros hombres que hallarán en él una guía espiritual que no olvidarán jamás. Se instalará en la piel de los pequeños el respeto por integrarse a un medio que para ellos era desconocido. Los padres advertirán los progresos del niño y comprobarán que la educación que el docente les proporciona superará largamente todas las expectativas centradas en el cambio: su preparación para la toma de responsabilidades, el de vivir en sociedad con otros humores. En suma, advertirán sin dudarlo, la importancia que el docente adquiere en la formación de los pequeños para insertarlos en la sociedad, con actitudes muy diferentes a las que poseía el hogar. Recuerdo a mis señoritas, de impecable guardapolvo blanco, junto a las palomitas como mencionaba el portero de la obra Jacinta Pichimahuida. Llegar desde su hogar, en tranvía o caminando, con su inseparable portafolios color negro. Ellas sí, para nosotros y en nuestro tiempo, eran personajes de envergadura que imponían respeto con sólo mirarlas. Claro, nuestra educación desde la casa, ejemplar por cierto, no tenía opciones. La señorita siempre tenía razón que por nada del mundo se discutía: el rincón del aula, las orejas de burro, golpes de regla en la punta de los dedos a los zurdos y otros castigos por cierto que, cuando eran comentados en casa, la zapatilla Pampero tenía la voz cantante como valor agregado a la severidad de la docente. Pero en lo general, eran educadoras a la alta escuela con alumnos formados en épocas en que la moral y las buenas costumbres eran una constante. Más allá del recordatorio, debo remitirme a la actualidad. El docente hoy afronta y enfrenta a una sociedad con otros códigos, con otras necesidades, con otros humores, consecuentemente su idoneidad se ve acometida por intempestivas reacciones o conductas de alumnos y padres que le oponen constantes dudas en el desarrollo de su labor.






























