Quisiera a través de estas líneas hacer público mi agradecimiento a los sacerdotes que han hecho posible que pudiera salir adelante en los momentos más duros que tuvo que pasar nuestra familia. No sé si hubo seres tan cercanos y dispuestos a todos como estos hombres de Cristo. Estamos tan acostumbrados a las malas noticias que el trabajo y la disposición de los sacerdotes pasan desapercibidos, y sin embargo cuánto bien hacen a las personas. El simple hecho de estar disponibles a cualquier hora para escuchar a los demás, para atender a los enfermos, ancianos, jóvenes que necesitan una palabra de aliento, de mejora en su vida o sólo de un poco de afecto para seguir adelante, a cuántos ayudan silenciosamente. ¡Cuántos sacerdotes dedican su vida a mejorar y acompañar a tantas personas en condiciones de pobreza material! ¡Cuántas labores llevan adelante en los barrios marginados! ¡Cuántos trabajan incesantemente en lugares desconocidos! ¡Cuántos pasan horas sentados en el confesionario escuchando y dando palabras de aliento y consuelo a las personas que acuden con sus angustias y dolores! Quiero agradecer a todos los sacerdotes que son fieles a su vocación y que hacen posible que el ser humano sea un poco mejor cada día y no quiero que nos olvidemos que ellos son seres humanos que también necesitan de nuestro reconocimiento y acompañamiento en sus actividades. Sólo así, trabajando juntos, podremos darle a la sociedad paz y solidaridad.

































