Cultura y Libros

Una vieja amistad

Domingo 04 de Marzo de 2018

Conocí a Alberto en 1966, cuando yo estaba terminando el secundario, en La Capital. Ambos concurríamos al diario para ver a Gary Vila Ortiz, que por entonces trabajaba en el suplemento literario. Así nos hicimos amigos. Ese fue el núcleo de un grupo que se reunía en el Savoy, y que contaba con los mencionados, y también con Beatriz Pozzoli, Armando R. Santillán y el plástico Fernández de Gamboa.

Fue en ese clima que escribí el primer libro que desée publicar en mi vida, Muy muy que digamos, a finales de ese mismo año, y que no les gustó a ninguno de ellos. Sin embargo, ¡cómo me ayudaron! Gary escribió el prólogo, Beatriz me consiguió un local para la presentación, y Alberto aportó lo principal: un sello editorial, que resultó ser Ensayo Cultural, prolongación de una revista porteña del mismo nombre, dirigida por el gordo Roberto Pollaccia.

El libro tenía muchas malas palabras, y eso en Rosario en aquella época era grave. Nadie quería imprimirlo, ni facilitar un lugar para darlo a conocer. Pero ellos se las arreglaron: cuando apareció en 1967, en el prólogo, Gary confesaba con toda sinceridad que yo tenía poemas mejores, y Beatriz movió los hilos quizás ladinamente y obtuvo la galería de Raquel Real, donde por entonces trabajaba.

Pero Alberto se jugó más: él fue quien habló para respaldar el libro. En un discurso que jamás podía desenvolverse en el lenguaje convencional de la cortesía y la condescendencia, que suele ser típico en estas presentaciones de primeros libros, Alberto, con conmovida sinceridad, reivindicó el derecho de todas las generaciones a buscar su propia verdad, y recordó las emocionantes palabras de María Mombrú, la poeta y directora teatral de La Plata: "Es urgente/ que recupere/ mi crueldad de niño/ es urgente/ que seamos implacables/ es urgente/ dejar de ser hipócritas/ mirarnos cara a cara/ es urgente/ hermanos jóvenes".

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