Todo comienza de pronto a moverse para el Ruso, que vive en el barrio porteño de Mataderos hacia fines de los años 30 del siglo pasado. El Ruso lleva una vida apacible, sin sobresaltos: alterna sus energías entre el trabajo en la sedería de su suegro Isaac y su performance como cantor de tangos los fines de semana en un bodegón. El Ruso es Alberto Rosenberg, poco más de treinta años, casado con Ester, dos hijos, buen padre de familia; hijo él, a su vez, de un ya fallecido rabino shojet (el matarife kosher encargado de matar la hacienda según la tradición religiosa judía). Alberto no busca nada por esos días: simplemente lo va encontrando. O es el destino, agazapado, el que lo caza a él una noche en ese bodegón de tangos del tano Carlusi, en Barracas, y le susurra al oído su viaje a lo inesperado.
Ese viaje cargado de suspenso, paisajes costumbristas, mordacidad y humor, cuentos de espías e historias de amor, es lo que da vida a El Ruso, primera novela de Sebastián Borensztein. Consagrado realizador cinematográfico –con filmes exitosos y premiados como Un cuento chino, Kóblic o La odisea de los giles–, Borensztein sorprendió hacia finales de 2020, libro en mano, con su rutilante aparición como novelista. Desde luego, hasta entonces la escritura no le era ajena, ya que es guionista desde hace décadas de programas televisivos y largometrajes, pero aquí daba un paso más, no sin osadía: se adentraba en el mundo de la literatura y, particularmente, en el de la novela.
“Cualquier destino, por largo y complicado que sea, consta en realidad de un solo momento: el momento en que el hombre sabe para siempre quién es”. Con esa sentencia de Jorge Luis Borges, a manera de prefacio, comienza la narración de Borensztein sobre ese viaje a lo inimaginable de su héroe: Alberto Rosenberg. Porque El Ruso acaba siendo una novela de aventuras y Rosenberg su héroe; aunque una novela de aventuras particular, en la que el humor pulveriza cualquier intento épico.
En un reciente documental televisivo sobre el mundo del espionaje (El Mosad, Netflix) uno de los espías entrevistados explica que, algunas veces, reclutar a un agente —lejos, muy lejos de los románticos episodios de James Bond— es algo parecido a una estafa: los reclutadores investigan sobre aquello que el hombre a reclutar desea con fervor, se lo ofrecen y, una vez que dijo sí, se enterará de que esa aceptación conlleva una razón de peso que ya no le permitirá retraerse. Pero frente a situaciones similares, el Ruso Alberto Rosenberg jugará también sus propias cartas… Página tras página, Sebastián Borensztein consigue que la carga dramática de su relato, a fuerza de suspenso y humor, no decaiga.
Ese personaje, el Ruso Rosenberg, es el ariete del escritor para tumbar puertas y desplegar sus recursos creativos como escritor que, de manera inconfundible, remiten a su historia personal. He aquí quizás la autenticidad, con todo lo que eso implica, de su joven literatura, pues Borensztein apela a su capital cultural y habla desde allí: la cultura judía que lo constituye –con sus ritos familiares y costumbres sociales, no necesariamente impregnadas de religiosidad– destella en las páginas del relato. Sin mucho esfuerzo, nada más apelando a las mejores energías ancestrales que lo preceden, Sebastián Borensztein recupera en su prosa la mejor tradición del humor judío europeo, ese humor que sería tan enriquecido y resignificado en las calles porteñas durante todo el siglo pasado. Y este humor le sirve, también, para un ajuste de cuentas con su historia y su época. Porque el telón de fondo sobre el que se construye El Ruso es la tragedia. Sobre ese telón se recorta la Segunda Guerra Mundial, la Shoá y la criminalidad nazi.
“Para la cultura judía el humor ha sido siempre una herramienta de supervivencia”, dice Borensztein y sentencia, sin dudar, que el humor es “una parte fundamental de su identidad”. En diálogo con Cultura y Libros contó cómo lo apasionó escribir su primera novela, aunque aclara que aún se siente “un turista” de la literatura. Y no descarta, por supuesto, que de aquí a unos años El Ruso sea, también, una película.
–Hay quienes dicen que toda novela es autobiográfica, en un sentido amplio. Quizás no sea necesariamente así, pero vos en esta volvés a tu patria grande, que es tu infancia y tu adolescencia, a tu cultura familiar. ¿Lo sentís así?
–Sí. Algo de eso hay. Yo tomo anécdotas de mis abuelos y relatos que escuché de chico de parte de mis viejos acerca de los familiares que vinieron a la Argentina a comienzos del siglo veinte. Eso me ayudó mucho a construir la atmósfera de aquellos años. Y, por supuesto, todo ese mundo es parte importante de mi capital cultural.
– El Ruso tiene un ropaje de humor ostensible que ironiza sobre la tragedia a la que remite, pero en ningún momento la banaliza, lo cual es un hallazgo. ¿Cómo manejaste eso, cómo te lo planteaste?
–El humor es un rasgo que me caracteriza, más allá de mi trabajo. Es la mirada que tengo ante la vida en general; no puedo evitarlo, aunque quisiera, porque es una parte fundamental de mi identidad. No lo planeo nunca, sale solo y a veces tengo que ponerle un poco el freno para no desviarme del tono general de una historia.
–La novela aparece, de punta a punta, como una recuperación del humor de la mejor tradición del teatro judío europeo; esos destellos la marcan y distinguen…
–No conozco el mundo del teatro judío europeo, pero el humor es una característica de la cultura judía de todos los tiempos. Para la cultura judía el humor ha sido siempre una herramienta de supervivencia. Lo mismo que la música. Aun en los peores momentos de su historia, el pueblo judío no perdió el sentido del humor, ni el de la belleza, ni se alejó del arte. En el fondo, todo eso quiere decir una sola cosa: esperanza.
–¿La novela también implica un ajuste de cuentas tuyo con fantasmas del pasado (o no tanto), con los nazis, con el antisemitismo?
–Nunca pensé que iba a escribir una novela donde tuviese la posibilidad de humillar a los nazis a partir de datos históricos, a los cuales me aferré para exacerbar algunos tópicos, como por ejemplo relatar que Hermann Goering se metía en la cama con su sobrina de trece años, cosa que salió de mi mente, pero como Goering era un heroinómano perdido, como tal no me pareció disparatado que, entre sus tantas y excesivas monstruosidades, se cogiera a su propia sobrina menor de edad. Es mi pequeño aporte a rebajar y deshonrar lo más posible a esos tipos. Y hacerlo con humor, que es algo aún más letal.
–¿Cómo fue el proceso de escribir una novela? Quiero decir: desde hace décadas escribís guiones, argumentos, pero esto fue distinto, es un género nuevo en tu horizonte…
–Cuando escribo un guion, es para ser filmado, y cada línea tiene un costo y una dificultad de producción. No es lo mismo escribir en un guion que el personaje come un sándwich, que escribir que se incendia París. En la literatura cada línea cuesta lo mismo y eso te da una libertad enorme que me encantó experimentar. Me gustó mucho escribir para ser leído y es muy probable que lo vuelva a hacer.
–En relación a la pregunta anterior, ¿te asaltaron antes las imágenes que las palabras? ¿Pensaste desde lo audiovisual antes que en los textos o esta vez fue diferente?
–Yo escribo a partir de imágenes y de emociones. No tengo método: solo una idea y empiezo a escribir una palabra detrás de la otra. Cada frase me va llevando a la siguiente y aparecen a su vez nuevas imágenes. Suelo tener claro qué quiero contar, y luego me dejo llevar. Por ejemplo: a la hora de sentarme a escribir no tenía definido cómo eran los personajes, los fui conociendo a medida que escribía.
–¿El Ruso es el punto de partida de una nueva película de Sebastián Borensztein?
–Ojalá.
–De aquí en más, ¿tenés un programa de trabajo para seguir escribiendo literatura? ¿O dejás que todo fluya y se verá?
–No tengo un programa, pero me gustaría tener en carpeta alguna idea que me atrape tanto como El Ruso; así, cuando tenga espacio entre un proyecto audiovisual y otro quizás pueda sentarme y escribir otra novela. Descubrí que con lápiz y papel puedo contar una historia, y no necesito más. Pero yo dirijo cine, me gusta el cine y va a seguir siendo mi camino principal, porque, en definitiva, en la literatura soy un turista. Y en el cine soy un profesional que conoce y maneja muy bien su oficio.
–Imposible no preguntarte por tu próxima película, o el proyecto de la que viene. ¿Nos podés adelantar algo de eso?
–En este momento estoy a pocas semanas de comenzar el rodaje de una serie para Amazon. No puedo explayarme en la temática ni en el elenco hasta tanto Amazon haga la comunicación oficial, pero llevo ya dos años trabajando con Daniel Burman y un equipo de guionistas de primer nivel. Vamos a dirigir juntos con Daniel y tenemos planeado divertirnos mucho en esta aventura.