Narradores de la ciudad

Las cosas, ¿tienen que estar bien?

La literatura rosarina sigue sumando nombres de interés. Con su primer libro, "Algo imposible en las cosas", recientemente publicado por Baltasara, Damián Pulizzi exhibe un universo propio y manejo certero del lenguaje

Domingo 12 de Septiembre de 2021

¿Qué hacen las emociones en los cuerpos? ¿Es la felicidad algo bueno? Ya en 2010 Sara Ahmed ha desandado el imperativo de la alegría y ha señalado cómo la promesa de la felicidad acciona culturalmente sobre las personas. Los personajes que transitan Algo imposible en las cosas (Baltasara, 2021), primer libro de cuentos de Damián Pulizzi, son, podríamos decir, algo más que antihéroes, algo más que perfectos modelos para el ensayo de Amhed. Llevan consigo ciertos sentidos de la derrota cotidiana: la enfermedad repentina de un hijo, la imposibilidad del amor entre dos que se aman, la inquietud de una infancia rodeada de violencia, el desasosiego de vivir acostumbrado al desafecto familiar. Sin embargo, son personajes que parecen haberse habituados a esta especie de desamparo vital. Frente a la “industria de la felicidad” que bombardea a diario con discursos de autoayuda, técnicas del buen vivir e ingeniosas propuestas terapéuticas, los personajes de estas historias actúan como contrapeso y vienen a decir que a pesar de todo este arsenal –autosuperación, entusiasmo, positividad, elpoderestáenvo–a pesar de todo este cóctel, hay algo que a veces, sin embargo, no sucede.

Como ópera prima, el libro de Damián Pulizzi ha sido finalista de la Convocatoria Editorial 2019 de Baltasara Editora y viene a situarse en la tradición carveriana de un realismo pesimista que llega hasta los puntos nodales de la existencia humana, reflectando en cada lectura una transparencia cristalina.

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Raymond Carver, una influencia de peso.

Raymond Carver, una influencia de peso.

En el primer cuento, Escribir, un hombre encerrado entre las cuatro paredes de su casa asiste a debates internos que lo tienen paralizado. Es un cuento que nos anticipa el sentido del título del libro y funciona de antesala para los relatos que vendrán, porque hay siempre un tono y un universo que se mantiene a través de las historias.

“Después estaba de pie y no podría explicarlo: era como si esta casa no fuera mi casa. Tengo que salir, pensé y busqué un abrigo. Salí al palier y llamé al ascensor. De uno de los departamentos vecinos salió una pareja. Lo veo como si estuviera sucediendo ahora. Esperan detrás de mí y estamos los tres, en silencio. Siento sus miradas y clavo la mía en el hueco de la puerta. Después eso, sus miradas, es como si vinieran desde adentro. El ascensor llega a nuestro piso, la puerta se abre pero en lugar de subir giro de golpe y me vuelvo sin mirarlos al departamento. Entro y me siento de espaldas en la puerta. Me quedo ahí, agitado”.

Los sentidos no dichos se entrelazan en estas historias. Están ahí, latentes. Generan inquietud. Nos ponen frente al resabio de las relaciones humanas, frente a las imposibilidades de ciertos encuentros, de ciertos afectos.

En Turismo alternativo una mujer llega a El Bolsón decidida a cambiar de vida; su pareja la espera en el pueblo cercano, donde planean un hogar juntos. Sin embargo, pequeños sucesos inesperados –un colectivo que tarda más de lo planeado, un extraño folleto, dos mujeres que harán de guías turísticas– generan en el personaje cambios apenas perceptibles, cierta exploración interior que impregnará la atmósfera de la historia de un tono enrarecido.

Esta misma atmósfera se palpa en Un movimiento lento en el momento en que un hijo llega de visita a casa de los padres. Como si lo cotidiano apareciera bajo una lupa que todo lo tiñera de extrañeza. Algo imposible en las cosas es un libro de cuentos pero es también un pequeño tratado de cómo el mandato de la felicidad puede horadar ciertas subjetividades. Hay en estos personajes una exploración íntima y a la vez una reflexión cuidada, profunda sobre sus estados, que los lleva a preguntarse las razones de ciertos sentires incómodos.

“Mi madre está de espaldas en la cocina, sigo caminando y me meto en el baño. Cierro la puerta. Sacudo las manos y me saco los guantes. Me miro al espejo y no entiendo. Simplemente tengo que estar ahí, sosteniendo una chapa, ajustando unos tornillos, pero no: estoy agarrado a la pileta del baño, frente al espejo, buscando algo que no entiendo”.

“Tal vez en la mesa alguno pregunte cómo andan las cosas, y yo también voy a sonreír, decir que bien y vamos a encender la tele o hablar de fútbol hasta que tomemos el café, venga mi hermana y yo me vaya. Nada más. Mientras tanto ajusto, ajusto fuerte, bien. Ya hice los agujeros, ya presenté la chapa”.

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Sara Ahmed.

Sara Ahmed.

En La promesa de la felicidad, Ahmed señala cómo las personas solemos adoptar la causa de la felicidad de nuestra familia nuclear. Ese anhelo parental se constituye como un discurso dañino ya que nos coloca en la posición de “devolver lo que debemos”; una lógica de aplazamiento que sitúa a padres y madres como seres que han postergado su felicidad trasladándola a la siguiente generación. De esta manera, no hay renuncia sino un simple pasaje que genera un pesado lastre en los descendientes. Por eso estos personajes son valientes. Porque se animan a manifestar su incertidumbre, su angustia, sus vacilaciones. Y en ese atrevimiento de decir su infelicidad en situaciones consideradas socialmente “dichosas” —poseer juventud, tener pareja, conformar una familia— nos muestran que el horizonte heredado de la felicidad y la promoción de ciertos modos de vida como mandato no funcionan para todos. “Las cosas tienen que estar bien, porque es así, porque tienen que estar bien”, dice el padre de Ariel, otro de los personajes de Un movimiento lento. Los ejemplos abundan y exceden esta historia. Pueden verse en Escribir, Animales, Turismo alternativo, Si tiene que llover, La contaminación de los ríos, El agua que nos limpia

Ciudades que por momento parecen pueblos, pueblos en las montañas que parecen calmos aunque esa calma no sea transitiva a quienes llegan buscando paz… los personajes podrían pasearse de cuento en cuento y convivir, porque un ambiente, un tono, incluso algo más profundo los une. Algo que no termina nunca de enunciarse pero que nos lleva también como lectores a no soltar el libro hasta el final. Una potencia indescifrable, una especie de conmoción que nos hace levantar la cabeza y seguir leyendo estas historias cuando el libro ya ha sido cerrado.

“Estas historias surgen de un lugar misterioso, de un lugar que no es del todo la emoción ni el pensamiento” –señala Pulizzi al pensar en el origen de estos cuentos–. “Fijate que hay vivencias o emociones muy intensas que no suscitan en quien escribe ninguna creación, al igual que hay ideas también más o menos ocurrentes que no se transforman en literatura ni en poesía. Por eso creo que soy reticente a las consignas de escritura que buscan movilizar la ocurrencia o la emoción, aunque también podría ser una limitación personal. Confío mucho más en la necesidad, en algo que pulsa, que desborda y que se vuelve inevitable de escribir. Tal vez lleve más tiempo o una búsqueda menos específica, pero quizá ahí está la potencia que vos decís encontrar en los cuentos, porque surgieron de ese lugar: de la necesidad de comunicar algo que no encaja en ninguna comprensión, en ningún discurso, en ningún ordenamiento, más que en el intento de presentarlo con una forma bella que lo contenga.”

En sociedad

Algo imposible en las cosas, de Damián Pulizzi, se presentará el jueves próximo en el Distrito Siete (Ovidio Lagos 790) a las 20. Acompañarán al autor Miguel Franchi y Lucía Rodríguez. Habrá música de Invernáculus y Barfeye.

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Así escribe: La alegría canalla (fragmento)

Por Damián Pulizzi

—Si yo no tengo la culpa.

—Canalla…, sos un canalla.

Roberto Arlt

Dijo que le dolía el pecho y se tiró en la cama. Fue después que terminó el partido. Central perdió por segundo año consecutivo la posibilidad de ascender. Es duro sentir eso, que estás allá abajo y no podés subir. Yo armé el bolso, llamé un taxi y la llevé al sanatorio. Los que la conocieron dicen que era una mujer feliz, que reía. Hasta esa mañana en que Gonzalo se le fue por las aguas del río, cuando la costa se desbarrancó y se llevó, además de mi hermano, todo lo que iba a sucedernos si la tierra o mi padre hubieran sido un poco más firmes.

–Va a quedar internada –dijo el médico. Hacía un tiempo que lo tenía también en los pulmones. Era cuestión de esperar. Otro sábado que pasaba enroscado en las sillas plásticas de un sanatorio.

Me fui recién a la mañana siguiente sin ninguna novedad. Llegué a casa y escuché ruidos. Después me di cuenta que había dejado el televisor encendido. Daban un partido de tenis. Me pegué una ducha y otra vez probé comunicarme con Ezequiel. Este pibe nunca está. Intenté dormir algo pero no pude. ¿Cómo iba a quedarme mientras ella estaba ahí, sola?

Era cerca del mediodía cuando volví al sanatorio y pedí verla. Un enfermero me dijo que había levantado fiebre y que iba a seguir en observación. Entré a la habitación y vi que tenía puesto el suero. Parecía dormir. Pensar que ayer miraba el partido. Debía comunicarme con mi hermano. Salí de la habitación, bajé los dos pisos por las escaleras y tomé la calle.

El cielo estaba nublado y corría un viento frío. Lo llamé al celular y esta vez me atendió. Dijo que estaba en el estudio, grabando, que a la tarde se daba una vuelta. Quedamos en encontrarnos a las cinco en el bar que está en la esquina del Pami.

Fui hasta el bar y me puse a esperar. ¿Qué? No lo sabía. Que pase el tiempo, la tarde. Miré por la ventana la calle vacía. El domingo nublado. El silencio que rodea los bares que rodean la muerte. Pedí un café. ¿Dónde va a terminar todo esto? El negocio, la casa, la depresión de mamá, todo lo que recayó sobre mí después de la muerte del viejo.

Estiré el brazo y alcancé el diario que estaba en la mesa de al lado. En la tapa, la foto de un hombre mayor que llevaba puesto un gorro de Central y un titular insulso. Tristeza en el alma, ese título hubiese elegido yo, que fue lo que dijo ella cuando terminó el partido. Saqué el celular del bolsillo y escribí: “La alegría canalla ya va a llegar, vieja, estoy seguro”. Apreté el botón verde y lo envié. No recordaba si había guardado su celular en el bolso, no estaba seguro tampoco si ella iba a llegar a leerlo. Y pensé que tal vez no estaríamos acá si Central hubiese ganado. ¿Y si Gonzalo hubiera elegido otra orilla para ponerse a pescar? ¿Qué hubiera pasado? ¿Si le hubieran dicho no es no, como dicen otros padres? Si las cosas hubieran sido distintas tal vez yo no sentiría eso que siempre sentí: que todo, lo vivo y lo no vivo, estaba esencialmente muerto.

Las pocas veces que fuimos a la plaza, yo me acostaba en el piso y miraba a través del relieve del pasto; miraba los juegos, la gente y así me quedaba, sintiendo de cerca el olor de la tierra. Y aunque todo eso estuviera ahí, moviéndose, y estuvieran también los árboles y los niños: yo sentía adentro mío una plaza vencida. Una plaza, un mundo, en el que lo mejor había quedado atrás. Con los ojos entreabiertos, desde el piso, miraba el cielo. Los últimos rayos del sol se filtraban entre los edificios, y me evocaban un simulacro de lo que yo creía que alguna vez había sido la felicidad. Tenía por entonces ocho o nueve años.

En estado de comunión

La escritura aparece también como búsqueda ante el sentimiento de desazón y de angustia. En Escribir el personaje padece la imposibilidad de la escritura, se ven los dedos inmóviles sobre el teclado, su intranquilidad en el encierro de esa casa, su intratabilidad en cada pequeña acción que intenta emprender y trunca. Pero la pulsión de la escritura está presente y va hilando la historia para llenarla de preguntas.

“«Esto tengo que escribir» pensé. ¿Esto qué? ¿Qué es esto? Miré la hora. No habían pasado todavía ni diez minutos y por primera vez en la noche sentí miedo”.

Pulizzi, por su parte, describe la escritura como un estado de vigilia, y también como un estado de gracia: “Cuando uno está en estado de comunión con lo que está escribiendo, muchas de las cosas del mundo entran en comunicación con la historia”, afirma. “Es una especie de imán. Escenas en la calle, detalle de un gesto entre personas, recuerdos. Por eso también creo en un inconsciente estético, o más bien en una dimensión estética del inconsciente. Y en eso confío también: en la intuición, porque la intuición está dirigida por fuerzas que desconocemos y que son muy certeras”.

“Ese estado de disponibilidad, de comunión con lo que escribís es lo más difícil de conseguir para mí. Y aunque es ingobernable, hay cosas que creo me ayudan a encontrarlo: la fe en la belleza, perderme un poco, lecturas y gestos que me movilicen, un lugar donde te lean bien, que te devuelvan algo para mejorar la búsqueda y también tratar de interrumpir en algún momento el zapping de estímulos al que nos sometemos. En la ciudad parecemos pollos en cautiverio repletos de estímulos y aparatos. Para encontrar algo hay que poder interrumpir eso y detenerse”.

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