Cultura y Libros

Internet, historia de una revolución que comenzó en 1969

Poco tiempo atrás se cumplió medio siglo de la puesta en funcionamiento de la primera conexión a la red. Asediada por el influjo de los nuevos medios, ¿cuánto ha cambiado nuestra cultura desde entonces?

Domingo 23 de Febrero de 2020

El 29 de octubre de 1969 un ordenador de la Universidad de California en Los Ángeles (Ucla) se conectó a la Red y envió una señal. Tres días más tarde, el 1º de noviembre, un ordenador del Instituto de Investigaciones de Stanford se hizo eco del mensaje uniéndose así a la Red. La Red era Arpanet —Advanced Research Projects Agency Network—, la Red de la Agencia de Proyectos de Investigación Avanzada, mandada a construir por el Departamento de Defensa de los Estados Unidos con el objeto de pergeñar un medio de comunicación entre universidades y organismos públicos.

Para el 5 de diciembre de aquel año ya había cuatro ordenadores unidos a la red: a los de la Ucla y Stanford se suman el de la Universidad de Utah y el de la sede de la Universidad de California en Santa Bárbara. En marzo de 1970 se realiza la primera conexión a la costa este, cuando la empresa BBN Technologies de Cambridge se une al proyecto. Así, de a pequeños pasos, comenzó Internet.

Hoy, medio siglo después, parece inverosímil que haya empezado siendo poco menos que cuatro ordenadores lentísimos, enviando y recibiendo pequeños Hi, Hru; jeroglíficas partículas cargadas de cuasi ilegibilidad para cualquiera que hubiese querido interceptarlas en aquellos lejanos tiempos de la Guerra Fría. Pero lo cierto es que Internet ha estado latiendo ininterrumpidamente desde entonces, de a pequeños pero incesantes latidos en sus comienzos. En 1971 ya había veinticuatro computadoras conectadas, todas ellas principalmente pertenecientes a centros e institutos universitarios. Y ya desde entonces, Internet ha estado dando saltos. Para 1981 Arpanet llegó a contar con 213 computadoras conectadas. Y para 1983, unas quinientas.

En 1991 Tim Berners-Lee y un grupo de científicos del Cern —el Conseil Européen pour la Recherche Nucléaire de Ginebra— dio a conocer el Protocolo para la Transferencia de Hipertexto y, así, se dio origen a la World Wide Web contemporánea. La que desde 1998 se extendió por todo el mundo. Pero antes de avanzar, un pequeño retroceso. 1991: comienza allí otra carrera: la de los sitios web. En 1992 había cincuenta sitios online. En 1993, unos ciento cincuenta. De allí en adelante, muchos han sido los hitos de esa historia controvertida, compleja, “apasionante”; comparada en algún punto con la invención de la agricultura, la propia invención de la escritura, la invención de la imprenta. Actualmente hay mil setecientos millones websites accesibles (las tres cuartas partes de ellos, inactivos).

El verdadero comienzo

1969, 1991. Todo quizá haya comenzado antes. En 1945. Con la publicación en The Atlantic Monthly de “As we my Think” —“Cómo podríamos pensar”—, aquel artículo de Vannevar Bush que se planteaba la pregunta, luego de finalizada la Segunda Guerra Mundial, acerca de qué modo ocupar a los cerca de seis mil científicos que él mismo dirigía en la Oficina para la Investigación y el Desarrollo Científico del gobierno de los Estados Unidos. Aunque todavía no bautizada como tal, Internet era la respuesta. En aquel artículo Bush trazó el “memex” y pergeñó nociones como la de los “senderos de información”, poniendo los primeros ladrillos de ese edificio inconmensurable que hoy es la web. Y pregonando de algún modo los nuevos horizontes del saber en las sociedades informatizadas. Es un origen controvertido y espurio, que involucra historia militar, manejo de información sensible. Y se trata de algún modo de un proyecto heredero del Proyecto Manhattan, aquel que pergeñó, nada menos, las investigaciones para la invención de la bomba atómica. Pero aquí estamos, cada uno con su cuenta de correo electrónico, su cuenta de Facebook, Twitter, Instagram y un largo etcétera. A todo ello se agrega la imposición unilateral, sin consulta previa, de tecnologías en línea, muchas de ellas colonizando datos, invadiendo la privacidad. El desarrollo de Internet de las cosas (IoT) hace lo propio conectando tiburones y antílopes, y medios de transporte y el monitoreo de las bajantes de los ríos en sitios como Thingful.net, una suerte de Google para la búsqueda y detección de cosas conectadas a la Internet of Things. De allí que el desarrollo tecnológico no sea sólo una cuestión hiperesepecífica de programadores e info-arquitectos, que lo es, sino también de las humanidades y de las ciencias sociales. Arqueología de medios, Media Studies, Smart Cities, Data Labs y Centros de Cultura Digital, Filosofía de la Técnica, Crítica de las Tecnologías son sólo algunas de las áreas de una praxis tecnológica cada vez más acuciante. La reflexión crítica se acrecienta al propio pulso de las tecnologías, marcando que el ritmo de la historia de la informática también estuvo acompañado de algunas marcas académicas, sociales, disciplinares. Y a todo ello, se agrega la gran amenaza global a las democracias de Occidente. Las empresas tecnológicas, debe decirse, bregan por un tipo particular de plutocracia —regímenes de gobierno nacionales bajo los influjos de capitales trasnacionales—; con el nodo geográfico de Silicon Valley a la cabeza, capital global de los circuitos integrados, del litio y del silicio. Y con los algoritmos de búsquedas de los sitios web colonizando poblaciones.

Una historia de los medios

La historia de los medios de comunicación no es ajena a los desarrollos de la web. Internet comenzó imitando a los viejos medios, y los viejos medios terminaron colonizados por ella.

“El medio es una trama. Cuando aparece un nuevo medio nadie sabe cómo usarlo. Por eso se llena con otros medios. Pasó con la fotografía, que en un principio se llenó de pintura. Pasó con el cine, que en un principio se llenó de teatro. Y pasó con la web, que en un principio se llenó con mucho de la estética de los diarios impresos. ¿Qué es un medio nuevo entonces? Un medio nuevo con otro medio viejo adentro.” Quien habla aquí es Carlos A. Scolari, autor de Media Evolution, el majestuoso libro-objeto que compusieron con el diseñador Fernando Rapa siguiendo la lógica de El medio es el masaje de Marshall McLuhan y Quentin Fiore. En septiembre tuvo lugar el 14° Congreso Mundial de Semiótica. Y mientras teóricos del discurso de todo el mundo hacían de Buenos Aires una ciudad marcada por los signos, en los extramuros del Congreso pero desprendido de él, precisamente en el aula de la cátedra de Semiótica de los Medios de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, tuvo lugar el intercambio de ideas que ahora reconstruimos parcialmente. Entre los participantes también estuvieron Ramón Rodríguez-Amat (Sheffield Hallam University) y Sandra Valdettaro (UNR). Los anfitriones: Alejandro Piscitelli y José Luis Fernández (de la casa). Precisamente de McLuhan son aquellas ideas de integración entre medios nuevos y viejos.

Para el autor de Comprender los medios de comunicación. Las extensiones del ser humano (1964), los medios nuevos no reemplazan a los viejos sino que los integran. McLuhan estaba pensando, por ejemplo, en la integración que la radio hizo de la prensa escrita; o de las integraciones que la TV hizo de la radio y de la prensa. Lo pensó en los 60. Scolari lo está pensando ahora, en la tercera década del siglo XXI. Traer a cuento la historia de los medios en relación con las tecnologías digitales tiene su pertinencia. Nosotros podemos ver cómo las tecnologías se han ido integrando a nuestras vidas cotidianas.

En materia de medios muchas cosas han pasado desde los años de McLuhan. Pero, ¿no son los actuales también los años de McLuhan? Muchas cosas que él pensó en los sesenta todavía están sucediendo ahora, donde nuevas integraciones y más convergencias se nos presentan.

Big Data versus Big Brother

1969 es también el año en que se produce la edición en español de El medio es el masaje de Marshall McLuhan. “El libro de McLuhan era un libro absolutamente político. Salió en el 67 y entonces podemos preguntarnos qué cosas pasaron en aquellos años” —quien se hace la pregunta es Alejandro Piscitelli, docente titular de la cátedra Datos de la UBA y fundador en 1995 de Interlink Headline News, uno de los primeros sitios de Internet de la Argentina.— Para él, para todos, la de los sesenta fue una década eminentemente política: el Mayo Francés, el Rosariazo, el Cordobazo, la matanza de Tlatelolco... Entre las diferentes cosas que se evocan, Piscitelli cita una idea de Franco Bifo Berardi: “Para Berardi, 1969 es el año en el que la conciencia social y la revolución tecnológica se separan. Ya se cumplió medio siglo de esa división”. No podemos afirmar precisamente que, hasta antes de esa fecha, política y tecnologías hayan marchado juntas en la historia (recordemos a los ludditas, sus sabotajes de comienzos del siglo XIX a los los talleres textiles de Nottinghamshire y de Yorkshire). Pero sí es cierto que progresismo político y tecnologías no volverán a estar unidas luego de esa fecha. 1969 tuvo sus hechos. Es el año en que se realiza la primera conexión de Internet (Arpanet) entre ordenadores de Stanford y Ucla. Y, siguiendo a Bifo Berardi, es el año de la definitiva separación entre las barricadas y las pantallas.

Y en medio de estas reflexiones en torno a la relación entre política, historia de los medios e Internet, hace Piscitelli algunas preguntas sobre el género: “De las dos narrativas de Internet, la del Big Data norteamericano y la del Big Brother de China, nosotros no participamos en ninguna de ellas”. ¿Big Brother? Imagine usted la plataforma de un servicio social como Ansés pero con Google, los datos de la tarjeta de crédito y con las notas de sus hijos en la universidad dentro. Y todavía más: con los datos de las horas de sueño, los latidos del corazón, la cantidad de infusiones y comidas consumidas en los últimos siete años. Pues bien, esa plataforma existe. Es el Social Credit System de China [社会信用体系]. Utopías autocumplidas en los Estados totalitarios del presente.

En 1993 —en su ensayo Breve historia de Internet— el autor de ciencia ficción Bruce Sterling se preguntaba por qué la gente quería cada vez más estar en Internet. La respuesta de entonces era “por la libertad”. Para Sterling, Internet en aquellos años todavía podía parecer el raro ejemplo de una anarquía moderna y verdadera: “No existe una Internet SA. No hay censores oficiales, ni jefes, ni junta directiva, ni accionistas”. Era 1993. La World Wide Web recién empezaba. ¿Es verdad que hace sólo veintiséis años Internet era así? Pues bien, ahora ya no lo es.

En la estela de McLuhan

1969 es también el año de la edición en español de El medio es el masaje, esa gramática de los medios de Marshall McLuhan y Quentin Fiore. Cuenta la leyenda que el libro de McLuhan y de Quentin Fiore se iba a llamar El medio es el mensaje. Esa era de hecho la muletilla que su autor repetía en sus conferencias y escritos. Pero al parecer llegaron las pruebas de imprenta y el título del libro había mutado. Message se había convertido en Massage. Y así nació The Medium is the Massage: un inventario de efectos. Por las explosiones de sentido que el cambio provoca es conjeturable pensar que no fue un simple error de imprenta. En el cambio de Mensaje por Masaje: Mass-Age pasa a denominar a la Edad de las Masas.

En el libro de Carlos Scolari, Media evolution, se leen instantáneas, fragmentos, mosaicos, placas de power point, cuadrados de historieta, historias de la tipografía, animaciones, detalles. Es difícil no ver movimientos en algunas imágenes. Hay una cita de Alan Kay: “Tecnología es todo lo que no existía cuando tú naciste”.

La pregunta por la integración de unos medios nos lleva al conocimiento ya tácito, ya casi olvidado de tan naturalizado que se ha vuelto, de que las pantallas son televisores integrados a las computadoras. Y los teclados son máquinas de escribir integradas a las computadoras. Steve Jobs fue una celestina del siglo veinte que simplemente ideó el matrimonio entre esas cosas. La primera Mac es hija del matrimonio entre la TV y la máquina de escribir. Apple es hija de Telefunken y Remington. Hacer historia de esto puede parecer trivial. Puede al mismo tiempo ser algo importante. En el futuro puede que los teclados y las pantallas pasen a ser cosas absolutamente incomprensibles.

Cada página del libro de Scolari podría ser estampada en una remera. Fernando Rapa, el diseñador argentino que vive en Barcelona y con quien Scolari pergeñó el libro, se sentiría halagado. ¿Cuál página se estamparía usted? En una página se ve una pantalla estilo Crónica que dice: Antes pasábamos mucho tiempo en pocos medios. Y en la impar siguiente: Ahora pasamos poco tiempo en muchos medios. Y todos esos medios viejos y nuevos juntos, cada uno a su manera, respirando con sus páginas sordas y sonoras, en la web.

¿Te gustó la nota?

Dejanos tu comentario