Cultura y Libros

Giorgio Agamben: cuando la aventura de pensar se torna infinita

En La aventura, recientemente editado por Adriana Hidalgo, el filósofo italiano muestra una veta más tersa que la habitual y seduce al lector desde una singular exploración lingüística.

Domingo 15 de Julio de 2018

En esta época tan siniestra como liviana, donde los actos humanos parecen estar ceñidos por el molde del consumo ―único valor que logra unir a todas las clases sociales― y el pensamiento baila obscenamente al ritmo de la conveniencia de los que mandan, la obra del filósofo italiano Giorgio Agamben (Roma, 1942) rompe con la tendencia dominante.

Áspera y densa, de una complejidad emanada de la necesidad expresiva y no de la frivolidad exhibicionista ―mero plumaje de pavos reales, es decir, de reales pavos―, la obra de Agamben parece dirigirse a un núcleo duro de lectores, no necesariamente especializados, que se resisten a la blandura posmoderna. Leer a Agamben, en la mayoría de los casos, es arduo, cuando no directamente incómodo. Pero reditúa.

La editorial argentina Adriana Hidalgo, de reconocido compromiso con el rigor y la calidad, viene protagonizando desde hace un tiempo la auténtica patriada de publicar a Agamben en el país. Aplausos.

Entre las últimas entregas de tan meritoria gesta se cuenta un delgado volumen llamado La aventura, que despertó la curiosidad de este reseñador de modo más pronunciado que otras obras del pensador romano. Las escuetas 63 páginas de texto puro se convirtieron ―para qué negarlo― en lo que podría denominarse, sin jactancias, un legítimo placer intelectual.

Aventura es una palabra maravillosa, cuyo desgaste en las planicies de lo cotidiano la ha tornado lugar común, pero que reserva sentidos trascendentes para quien sepa verlos. Agamben, siempre atento a los pliegues de lo real, redescubre resonancias de tan rico vocablo y, acaso, descubre otras nuevas.

Siempre situada entre el azar y el riesgo, la aventura implica ―Agamben dixit― "el compromiso irresistible del sujeto" en lo que le sucede. Porque, tal cual lo sugirió Ranke, "para el caballero la aventura es tanto el encuentro con el mundo como consigo mismo". Cuanto más extraña y peligrosa, además, se vuelve más deseable. Y la aventura del caballero, atención, es exactamente la misma que la del poeta. Agamben dispara al corazón: "La aventura y la palabra, la vida y el lenguaje se confunden y el metal que surge de su fusión es el destino".

El texto avanza, sinuoso, entre sutilezas etimológicas y exquisiteces conceptuales. El sendero se torna empinado, el aire se enrarece. Pero la cima promete goces: "La aventura y la verdad son indiscernibles, porque la verdad sucede y la aventura no es más que el suceso de la verdad". ¿Verdad? ¿Qué palabra osas escribir, Giorgio?

Para los Minnesänger (trovadores germanos de los siglos XII y XIII) la aventura tiene cuerpo de mujer. Y no sólo "nunca es exterior al caballero que la vive", sino que, con relación al poeta, "penetra hasta su corazón y se identifica con el mismo texto que está escribiendo".

¿La aventura, entonces, se yergue como preciso sinónimo del arte verdadero? ¿Se iguala con la voz de Emily Brontë y Rimbaud, equivale a la contradictoria rosa de Rilke, a la palabra Trilce de Vallejo? Sin dudas.

"Amar significa ser llevados, abandonarse a la aventura y al evento sin reservas ni escrúpulos (...). Eros es la potencia que, en la aventura, la excede constitutivamente, así como excede y sobrepasa a aquel al que le sucede". Apenas el amor ―puerto de puertos― es, entonces, más fuerte que la aventura. Pero "sólo una vida que tiene la forma de la aventura puede encontrar verdaderamente el amor".


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