Entre la espesura de la selva amazónica y la Patagonia, entre las calles de Buenos Aires y el recuerdo que despierta la presencia de una mujer en la vida de dos hombres, se trama la historia de la última novela de Edgardo Cozarinsky, uno de los escritores centrales de la escena literaria contemporánea en lengua española.
Turno noche narra una historia acaso “menor” que se va expandiendo por caminos muy diversos en la vida de tres personas, ella, que huye de su casa natal en la selva escapando de un destino preanunciado desde su mismo nacimiento, ellos, que la encontrarán años más tarde y que vivirán, primero uno la experiencia de amarla, luego el otro, la de conocer esa experiencia amorosa a través del relato de su amigo.
Acaso la fuerza central de esta historia, como muchas otras escritas por Cozarinsky, esté en el modo magistral con que entrelaza destinos, en la manera en que hace que el azar construye encuentros que devienen en transformación de destinos entre personas que nada o poco tenían en común más que las calles que transitan de un pueblo o de una ciudad. La narrativa de Cozarinsky es una narrativa obsesionada por ese tejido misterioso con que la casualidad y lo imprevisto transforman de manera radical la vida de las personas: el cruce de una mirada en un bar, un vuelo que llegó a destiempo, la carta que nunca arribó a destino, pueden estar en el origen de esas transformaciones vitales con que construye la biografía de sus personajes.
Turno noche es una novela de amor. Un hombre conoce a una mujer que huye de su aldea natal, vive con ella una apasionada historia de amor, la mujer lo abandona, vuelve a huir, el hombre le narra esa historia a un amigo, el hombre muere, años más tarde su amigo, que solo conoce a esa mujer por relatos dispersos, cree haberla reconocido en medio de la ciudad. El hombre no sabe o no quiere saber si esa mujer “reencontrada” es la misma que su amigo muerto amó o si ese encuentro es producto de su imaginación o de su deseo por darle un cierre a una historia descabellada.
Los textos de Cozarinsky, y este en especial, se parecen a cajas chinas en las que cada pieza es una historia que tiene continuidad en otra, en las que un paisaje, por más diverso que parezca, con algo dialoga del otro, por más que la lengua, la geografía, las costumbres, los escenarios sean diversos y distantes. No hay más que recorrer su narrativa, sus textos casi siempre breves, desde Vudú urbano, aquel libro aparecido en 1985 y celebrado por Susan Sontag y Guillermo Cabrera Infante, pasando por La novia de Odessa, Tres fronteras o El pase del testigo, hasta ese presente, para confirmar una continuidad de estilo siempre sostenido en un uso prodigioso de la lengua española.
Con Turno noche Cozarinsky, uno de los últimos hijos dilectos de la revista Sur, confirma, una vez más, el lugar indiscutible que como escritor ocupa en la literatura escrita en lengua española.