Cultura y Libros

"A mí el reconocimiento me importa un pepino"

Hace más de cuatro décadas que el famoso dibujante y humorista rosarino Antonio Mongiello Ricci, mejor conocido como Napo, está radicado en la glamorosa capital de Francia. Pero el reconocimiento global que ha obtenido no lo aleja de sus afectos. Poco tiempo atrás pasó por la ciudad, cumplió el entrañable ritual de reunirse con sus amigos de siempre y charló a fondo con Cultura y Libros.

Domingo 13 de Mayo de 2018

Lleva una camisa roja, boina beige echada a un costado, anteojos y luce un enorme bigote gris. A simple vista, por el porte y el atuendo, se podría pensar que se trata de un golfista. Y no estaría mal suponerlo. Porque a este señor le gusta cada tanto despuntar el vicio de una buena caminata con la excusa de un duelo golfístico. Pero el bolígrafo negro de trazo fino pendiendo del bolsillo izquierdo de su camisa se torna en el detalle que más se ajusta a lo que es en verdad: dibujante y humorista.
Antonio Mongiello Ricci, más conocido como Napo, nació en Rosario en 1942 y se radicó en París desde hace más de cuarenta años. A la capital francesa, vale recordarlo, llegó con sólo un bloc y una caja de acuarelas bajo el brazo. Aunque ya era conocido en la Argentina ―porque había publicado sus dibujos en todas las revistas de humor de los años 60 y 70, desde Tía Vicenta hasta Satiricón―, en Europa le tocó forjarse el camino. Gracias a su talento, pero también a esa capacidad tan suya de estar en el momento justo en el sitio indicado, Napo se hizo más que un buen lugar. A Francia llegó en el oscuro año que fue 1976 y aunque hasta ese momento firmaba sus trabajos como Napoleón, una vez ahí decidió, por consejo de un conocido en la embajada argentina, cambiar ese seudónimo por Napo, para no causar resquemor. Tampoco tardó en rodearse de los mejores dibujantes: Jean-Jacques Sempé, Jean-Maurice Bosc, André François, Claude Serré y el argentino Guillermo Mordillo.
Aunque huye de la nostalgia cada vez que visita Rosario, sus amigos se encargan inevitablemente de organizar una reunión en algún bar para rememorar los buenos tiempos pasados. Así fue que mientras dialogaba con Cultura y Libros, sus compinches Juan Alberto Tello, Eduardo Palmucci, Luis Alberto Jaime y Alberto Mirtuono lo escuchaban atentamente, al tiempo que acoplaban detalles de su propia historia que, por momentos, ni el mismo Napo lograba recordar con tanta precisión. Son los mismos con quienes compartió trayecto en la Facultad de Bellas Artes o en agencias de publicidad emblemáticas de la ciudad, o simplemente aquellos con los que se juntaba en los bares Odeón o Splendid, y que se juntan para celebrar su presencia cada vez que llega.

―¿Cuándo comenzaste a dibujar?
―No me formé nunca. Más bien me deformé. El recuerdo que tengo de mi infancia es que era de una familia muy humilde y que cuando venían las vacaciones mi papá me mandaba a trabajar. Entonces me venía del cruce Alberdi, donde vivía por entonces, a la óptica Trini. Odiaba ese laburo, se me ensuciaban las manos, no me gustaba trabajar. Pero con esos mangos que hacía me empecé a venir de noche a la zona de la Facultad de Bellas Artes, porque quería estudiar algo, y me metía en los bares. Ahí conocí a un montón de personas y me puse a dibujar. En el año 1958 mandé mi primer dibujo a la revista Leoplán. Todavía firmaba con mi nombre y el seudónimo de Napoleón y no lo podía creer, pero me lo publicaron.

―¿Cuándo sentiste que lo tuyo no era Rosario?
―Y, un poco empezó con lo de Leoplán. A partir de empezar a colaborar en la revista me fui a Buenos Aires. Mi papá era ferroviario, me acuerdo que cuando le dije lo que pensaba hacer no le gustó nada. Pero rápidamente se le pasó y antes de partir él mismo me aconsejó ir a parar a un hotel del ferrocarril, ahí me di cuenta de que tan enojado no estaba. Llegué, me alojé ahí y al primero que conocí fue a Hugo Pratt, que enseguida me consiguió cuarto en otro lugar. Me quedé. No había dudas. Y además empecé a frecuentar mucho una librería que se llamaba Córdoba, donde me topé con los libros de Saúl Steimberg. Eso fue un antes y un después. No me quedó otra que empezar a dibujar. Copiaba y copiaba. Si me hubiera quedando dibujando el chistecito como hacía desde acá, estaba muerto. Así que hice como siempre: me tiré para adelante.

―Acá ya tenías un lugar, pero en Europa no eras conocido... ¿Cómo fue que te hiciste un camino?
―En el 76 me radiqué en París. Pero en el 69 ya había incursionado en Europa. Junto a Hugo Pratt nos fuimos primero a Venecia y luego a Génova. Pratt me había comentado que había encontrado a un mecenas en Génova. Nos fuimos, estuvimos dos o tres meses en una isla, nos trataban como a reyes, aunque la guita no llegaba nunca. Él ahí trabajó El Corto Maltés, pero en verdad yo no encontré nada para mí, sobre todo no encontré que me pagaran por dibujar, así que seguí viajando por lo menos hasta el año 71 o 72, cuando volví al país. Pero fue sólo por un rato. Porque mi mujer ―que sí es pintora en serio― ganó una beca para estudiar grabado en París. Así que decidimos irnos juntos y recuerdo que mis amigos me ayudaron a juntar plata vendiendo dibujitos. Allá no tenía nada. Así que mientras mi esposa estudiaba yo me iba con unos cuantos dibujitos, los colgaba de un hilo y los vendía en cualquier esquina más o menos turística. Así fue que lo conocí a Mordillo, que pasaba y miraba lo que yo hacía. Recuerdo que un día apareció una mujer y quería comprar un dibujo, pero dudaba porque decía que le hubiese gustado en fondo rosa. Yo, que estaba en la mala, en mi mal francés le dije que pasara en media hora. Así que me crucé al bar El Molière, que estaba enfrente, y en media hora se lo pinté. Resultó que ella trabajaba en la revista Filipaqui y después de quince años encontré ese dibujo en una recopilación de dibujos de humor. Luego empecé a dibujar a un perrito que se llamaba Albert, y a través de un amigo lo publiqué en una revista que era gratuita y la ponía a circular un restaurante. Así que no cobrábamos un mango pero comíamos gratis todas las noches. Ahí conocí a un tipo que era director de arte de L'Express, y justo se había enfermado un dibujante, así que me preguntó si podía hacerle una tapa para dentro de dos días. Y claro que la hice. Eran tiempos en que esas tapas después salían en los afiches de todos los metros de la ciudad. Me parecía mentira que fuese cierto. Le pregunté si le mandaba una factura y el tipo me dijo: "No. Pasame el número de cuenta bancaria y te depositamos". Ni cuenta tenía yo y me ayudó un amigo. Los franceses serán odiosos, pero pagan. Y ahí me quedé.
―¿Cómo es tu rutina hoy? ¿Cuánto le dedicás al dibujo en el día?
―Estoy jubilado del diario Le Monde. Mi día comienza casi de madrugada. Me levanto a las cuatro de la mañana, dibujo hasta las once, de fondo suelo escuchar un disco de Rivero o de Mozart. A la tarde voy de visita a lo de algún amigo, a las cinco veo caer el sol, me tomo una copa de vino en el bar de siempre y a las siete ya me voy a dormir.

―No dibujás para medios nacionales, prácticamente nunca lo hiciste para un medio local. ¿Sentís que no tuviste acá el reconocimiento que sí alcanzaste afuera?
―A mí el reconocimiento me importa un pepino. Para mí se trata de vivir y dejar vivir. Yo no hice nada más en mi vida que dibujar. Se lo contás a cualquiera y no te cree. Por ejemplo me ha pasado de sentarme en un avión y que el de al lado te cuenta que es farmacéutico y te pregunta a qué te dedicás. Y yo le digo: "Hago dibujitos". Y el tipo insiste: "No. ¿Qué hace para vivir?". Así comprendí que no me tengo que hacer problema ni por que el otro entienda, ni por que me lo reconozca. Tengo que decir que los libros de humor se venden en Francia. Que desde que llegué se notaba que se podía vivir de eso. Es el único país que conozco en donde se puede vivir de eso.

―¿Qué lugar ocupa el humor en tu vida?
―El humor es todo. Está el humor que se hace contra el otro a través de la caricatura, por ejemplo. Y está el humor que se hace con el otro. Que da cierta complicidad. Estoy en el hacer con el otro. Lo que trato es de atacar los problemas desde la sátira. Lo mío es algo así como un cartoon, un dibujo donde la gráfica funciona como detonante de una situación. Pero mi oficio no es el de buscar el chiste. No me interesa tanto la risa, como una buena sonrisa cómplice.

De Rosario a París
Napo dice de sí mismo que no sabe dibujar. Que no tiene idea de dibujo y ni siquiera técnica. Pero sus trabajos lo contradicen. Su forma de ilustrar está a medio camino entre el arte plástico y el dibujo gracias a su estallido de color. Lo suyo no es el blanco y negro. Es con una paleta cromática que narra con sátira pero con ternura la realidad, por más horrorosa que sea. Sus trabajos se publicaron desde 1958 en las revistas Tía Vicenta, Leoplán, Adán, La Hipotenusa y Satiricón. Ya radicado en París, colaboró como ilustrador con importantes editoriales europeas como Nathan, Glenat, Hachette, y con diarios y revistas como Journal Le Monde, Lire, L'Express o La Vanguardia. Fue miembro fundador de Les Humoristes Associés, y editó entre otros libros C'est la Jungle, Le Vin, La Table, La Mer, Humour d'Hiver y Tout le Humour du Monde. También expuso sus trabajos tanto en la Argentina como en Francia, España, Italia, Dinamarca y Estados Unidos. En 1970 incursionó en la historieta y con guión del recordado Héctor G. Oesterheld realizó la primera versión de La guerra de los Antartes, que fue publicada en la revista 2001. Cuatro años después volvería a realizarla Gustavo Trigo, pero esta vez para el diario Noticias.

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