No encontraba la síntesis para explicar mi bronca por este lock out del campo y escuché un reportaje a Adolfo Pérez Ezquivel, donde dijo algo que se acerca mucho a lo que pienso: "Esta no es una lucha por obtener reivindicaciones, es una acción por mantener privilegios". Y no estaría mal que así fuera, a no ser porque junto a esa lucha han involucrado el bienestar del resto de los argentinos, algo que a ellos históricamente les ha molestado, ya que en forma sistemática se han colocado en las antípodas de las luchas populares, cuando éstas afectaban en mínima medida sus intereses sectoriales. Y si no, recordar sus reacciones cada vez que hay un paro de maestros e interrumpe alguno de sus planes, por ejemplo. Por otra parte, lo que está en juego no son $150 pesos de aumento, aspiración eterna y casi utópica de los jubilados. Estamos hablando de miles y miles de millones de pesos, a los que el gobierno, en su incapacidad por generar fórmulas de crecimiento y desarrollo sustentables en el tiempo, ansía compartir para dar lugar a una postergada redistribución de la renta, algo que desde hace décadas en este país ha ido derivando siempre en un mismo sentido, el de pocas manos que manejan mucho. Y no puedo menos que coincidir con este objetivo, luego habrá que ver que esa redistribución sea efectiva y verdadera y no termine siendo un saqueo a unos poderosos para engrosar las arcas de otros poderosos. La cuestión es que aquí estamos, los desfavorecidos de siempre. Los que llegamos hasta el fondo del abismo en el año 2001 y que veníamos subiendo la ladera escarpada y riesgosa con las manos ensangrentadas de sufrimientos y privaciones. Cuando creíamos llegar al borde de la meseta en la que nuestras vidas se sentirían cómodas y satisfechas, un alud de egoísmo, avaricia, prepotencia e incapacidad, nos arrastra de nuevo a lo incierto, a lo tenebroso de no saber cuándo caeremos otra vez y ésta definitivamente, porque los de mi generación no tenemos más tiempo. No tenemos espalda para aguantar setenta días sin trabajar y dedicarnos a hacer bromas y bravuconadas con la boca llena de dientes postizos y la panza llena de comida. En Armstrong lo escuché a De Angeli afirmar que la historia culpará sólo al gobierno por las consecuencias de este lock out: fábricas de máquinas agrícolas paradas, mano de obra otra vez sin trabajo, pérdidas en el comercio y en las otras industrias. Pero se equivoca. Cuando el paso del tiempo dé lugar al silencio y al olvido por parte de los medios de difusión "favorables a la causa", el pueblo se va a acordar de ellos. Porque al gobierno, como parte del juego democrático, no se lo votará más y listo. En cambio ellos van a tener que dar explicaciones y demostrar que no era sólo interés individual la razón de su interminable tironeo.

























