La carta del señor Daniel Ciúffoli del pasado 25 de julio me trajo a la memoria un hecho similar, ocurrido hace unos años en el norte de Francia, el Monte de Saint Michel, coronado por la Abadía del mismo nombre, la que atrae diariamente mucho turismo por la belleza majestuosa que ofrece. La marea sube dos veces al día, quedando dicho monte completamente rodeado por el mar. El turismo, conocedor de dicho fenómeno, sabe que dispone de tiempo limitado para cruzar. En dicha ocasión, una madre con su pequeña hija se retrasaron y la joven mujer comenzó a gritar desesperada pidiendo auxilio al ver que la marea se llevaba a su pequeña hija. Viendo que nadie la ayudaba, a pesar de estar rodeada de turistas, se lanzó a las aguas. Los turistas que estaban más cerca sólo atinaron a sacar sus filmadoras y no perderse la escena. Madre e hija sucumbieron ante la mirada impávida de los que rodeaban el lugar. Este hecho disparó una serie de artículos, foros, y todo tipo de reuniones de psicólogos y especialistas en el tema alarmados por el comportamiento de ciertos humanos. Hechos como estos sacuden y hacen que uno pierda un poco la fe en la condición humana.



























