Cartas de lectores

La robotización y el hombre

Sábado 09 de Marzo de 2019

La fabulosa tecnología que nos asombra día a día con sus avances increíbles, ha automatizado ciertos trabajos que el hombre vino realizando desde hace siglos. Por citar algunos ejemplos, el torno, herramienta importante en la revolución industrial, hoy presenta varios tipos programados por computadora, en los que la participación de un operario queda reducida a la mínima expresión. Los legendarios faros de la antigüedad iluminados por llamas que debían ser mantenidas por los encargados, fueron reemplazados por complicados instrumentos ópticos y lumínicos que no necesitan una atención permanente. Sin embargo, el uso cada vez más extensivo del GPS pone en riesgo la permanencia operativa de los faros. Los robots prestan un invalorable servicio en peligrosos procesos industriales, y los pilotos automáticos permiten a la tripulación de aeronaves y barcos evadirse por un tiempo de la estresante atención en el control de vuelo y marítimo. Por su parte, las cajas de velocidad en costosos automóviles liberan a los conductores de hacer los continuos cambios. Los cajeros automáticos ahorran tiempo y brindan comodidad. Y ni hablar de las ejecuciones bancarias y administrativas que pueden hacerse por Internet. El contestador telefónico con su famoso y antipático "deje su mensaje después de la señal", no goza de la simpatía general, porque no es lo mismo escuchar una voz esperada con calidez de presencia, que oírla a través de una fría grabación. Creo que la expresión de la automaticidad que más enerva a la gente es la implementada por empresas de servicios. El cliente quiere hablar imperiosamente con un ser humano que atienda y comprenda afectuosamente su caso, pero sólo recibe una voz proveniente de un impersonal sistema automático que le da un número de reclamo. En fin, la automatización ha simplificado muchos aspectos de la actividad bancaria, administrativa, industrial y médica, pero para gestionar determinados trámites, qué bien hace un poco de calor humano.

Edgardo Urraco

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