En una sociedad carente de valores debemos cultivarlos en nuestros hijos para que sean mejores personas, a pesar de las adversidades y corrupciones. Cuando camino por las calles y veo tantos animales abandonados me pregunto dónde están aquellos que no pudieron apiadarse de su vejez o los que por negligencia no los esterilizaron y abandonaron sus crías. Un animal no es un entretenimiento vacacional, ni una compañía mientras es joven y no nos trae problemas y luego fuera. Quienes hemos sido criados junto a mascotas hasta que naturalmente nos abandonaron, tuvimos la posibilidad de aprender qué es la lealtad, la compañía, aun no habiendo gente a nuestro alrededor, el estar atento a las necesidades de un ser dependiente de nosotros, el sentir el corazón reblandecido por las dificultades de ese animal y hasta atenderlo en momentos difíciles y situaciones que no esperábamos. En definitiva, desde pequeños, aprendimos a crecer en el amor. Convivir con un animal, sin importar edad ni raza, es enseñar a no discriminar tampoco a las personas, a abrir nuestras puertas al desprotegido, a hacernos cargo del cuidado que requiere la vejez, a hacer responsables a nuestros hijos no sólo de tareas sino de "una vida" para que valoren también la suya. La relación de un niño con un animal que está padeciendo el abandono de otro representa la oportunidad que tenemos los adultos para restablecer una sociedad más justa y responsable. No sólo en las calles, sino también en Francia 1940 y en peatonal Córdoba y San Martín, hay cientos de estos seres esperando que alguien les dé refugio a cambio de enseñarles a sus hijos a crecer en el amor y el respeto.



























