Una madre analfabeta y humilde debe enfrentarse con la Justicia y la burocracia del poder para pedir que a su hija con retraso madurativo se le permita la interrupción de un embarazo, debido a que fue violada por su tío. Claro que no es un tema para una película hecha con muñecos de plastilina, pero Darío Doria lo hizo posible. El realizador tomó el caso real de Vicenta Avendaño, ocurrido en 2006 en la localidad bonaerense de Guernica, y se animó a plasmar una historia protagonizada por 120 muñecos de plastilina, que no tienen movilidad, con la voz en off de Liliana Herrero. Doria apostó a una iluminación sobria y a una sutil escenografía para el relato de una trama que, más allá de la fuerte denuncia que conlleva, nunca apela a los golpes bajos ni a remarcar situaciones que, por la violencia de los hechos, quedan expuestas. Había que animarse a contar algo tan crudo de un modo original, y aquí está el mayor logro del director, quien supo aliarse en esta cruzada con la invaluable colaboración de Mariana Ardanaz, una ilustradora de libros infantiles que le dio el tono justo a los personajes en su rol de directora de arte. Aunque lo que sigue sea un spoiler, es clave el cierre de la película. Porque el documental concluye con el relato de Vicenta Avendaño en defensa de la interrupción legal del embarazo. Y explica, desde su simpleza, por qué la Justicia debería ocuparse de estas situaciones. A veces se puede concientizar con un muñeco de plastilina. Y “Vicenta” lo hizo.




























