Turismo

"Uno de los momentos más felices de mi vida"

Si bien el escenario no es el mismo que el de la nota principal, ver la aurora boreal fue la experiencia más exótica y sorprendente de mi vida.

Domingo 11 de Agosto de 2019

Si bien el escenario no es el mismo que el de la nota principal, ver la aurora boreal fue la experiencia más exótica y sorprendente de mi vida. Viajé especialmente a Islandia a verlas, sola. Era septiembre, así que las probabilidades de verlas no eran tan óptimas, pero nunca me importaron las estadísticas. Prefiero guiarme por mi intuición.

   Me tomé un vuelo desde Edimburgo, la capital de Escocia, hasta Reikjavik, la capital islandesa. Fui sin fecha de retorno, dispuesta a vivir la aventura de buscar la aurora o “northern light” cada noche hasta encontrarla. Alquilé un auto y cerca de las 11 de la noche me iba manejando hacia las afueras de la capital desde donde se podía ver este fenómeno solar, según predecía el Aurora Forecast del Space Weather Prediction Center.

   Para los que no eligen hacer el famoso tour del aurora y quieren ir ellos mismos a buscarla, la página https://aurorareykjavik.is/aurora-forecast/ predice en qué latitud y a qué hora hay probabilidades de ver este fenómeno. En estas épocas del año, entre agosto y septiembre, anochece cerca de las 23 y amanece cerca de las 3 am, por lo que el rango horario para ver las auroras se acorta muchísimo. Recordemos que para verlas las condiciones meteorológicas deben ser buenas, sobre todo, tiene que estar el cielo completamente despejado.

   Al cuarto día de mi visita en el país fui a la famosa Blue Lagoon, ubicada a 15 kilómetros del aeropuerto, formada por lava. National Geographic o Conde Nast Traveller la eligieron entre sus 25 maravillas naturales o mejor balneario curativo del mundo.

   Esa noche, ni siquiera me fijé cómo estaba el Magnetic Observatory. Pasé más de ocho horas sumergida en las aguas volcánicas de 40 grados, nadando, admirando el paisaje montañoso de la península de Reykjanes, al suroeste de Islandia. Cerca de las 23.30 salimos, estábamos con Zack, de Canadá, José, de Santa Fe, y Marine, de Francia, en un auto que habíamos alquilado entre los cuatro para poder llegar hasta ahí.

   Emprendimos el viaje de regreso a la ciudad. Nos esperaban alrededor de 30 kilómetros de ruta en completa oscuridad, sin nada alrededor, sólo césped, cielo y vacas, hasta el hostel donde nos hospedábamos. Sonaba “Yellow”, de Coldplay, cuando la vimos llegar. Era una luz verde esmeralda, muy brillante, que se asomaba desde el horizonte. Empezamos a gritar felices, cada uno en su idioma, claro, “Oh my god”, “Oh mon dieu”, “Wow”.

   Paramos el auto al costado de la ruta, en una banquina improvisada, y fueron minutos de magia. La aurora que tanto habíamos buscado estaba ahí, esta vez sin buscarla, serpenteaba, bailaba de arriba hacia abajo, como cobrando altura a cada paso. Hasta que llegó arriba nuestro, nos abrazamos de emoción. Lloramos. Vino otra, paralela a la anterior, más furiosa y brillante aún. Se iban alejando hasta el otro horizonte, se desvanecían lentamente como por arte de magia. Fue uno de los momentos más felices de mi vida.

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