Con el agua hasta el cuello, una Corona con limón y la mirada perdida en el horizonte, el jacuzzi de cubierta es un paraíso impensado. Está en uno de los extremos de la piscina que, al atardecer, cuando el sol empieza a apagarse, es un lugar solitario, silencioso. Sólo se escucha un rumor que puede ser tanto la maquinaria que mueve el barco como las burbujas que cosquillean traviesas entre las piernas. O el mar que está ahí, todo alrededor, pero apenas se intuye. Hay que estar ahí, cara a cara con un crucero, para tomar real dimensión de su tamaño. Acaso cuando se lo aborda, con el nerviosismo de los preparativos, las valijas, el check-in, apenas se advierta que tiene la altura de un edificio de departamentos, pero después, una vez que se ha disfrutado de un par de días de navegación, de relax, una vez que se ha hecho la primera escala y se vuelve a bordo, cansado, tan satisfecho, entonces sí se eleva la vista y se percibe qué tan grande es.
Enorme, tanto que para lograr esa foto que se imagina, con la proa a las espaldas, el nombre en primer plano y la chimenea humeante en lo alto, hay que irse lejos, bien lejos y agacharse, un poco y un poco más y, si se tiene suerte, en una de esas, sale entero o casi entero, que para el caso es lo mismo. Esa es la primera impresión que dan, que es la que importa: los cruceros son tan inabarcables, que si no se presta la debida atención, se terminará irremediablemente perdido. Y no es así. Es cierto, ni bien se sube al barco, ya ligero de equipaje, y se busca el camarote que le ha sido asignado, la sensación es de desasosiego. ¿Dónde queda? ¿Cómo se llega a ese lugar? ¿Quién puede orientarme? Las preguntas repiquetean en la cabeza como un taladro neumático y la peor es la más insistente: ¿Quién me mandó a venir a un crucero? Es un instante, que parece eterno pero no lo es, y la reacción es totalmente lógica, porque las vacaciones a bordo son una experiencia nueva.
El sofocón pasa rápido. Ni bien el barco sale a la mar, una vez que se ha despedido el puerto desde la baranda de cubierta, empieza la recorrida, que en un primer momento es tímida, cauta, y después, cuando se entiende la lógica marinera, confiada. Es que no hay misterios en la arquitectura de un crucero: hay una nave central, donde está la conserjería, el bar y los ascensores vidriados y, en cada piso, pasillos que se abren en dirección a popa y a proa, donde están los camarotes.
Todo lo que hay que saber para pasarla bien es que, en cualquier lugar, en cualquier circunstancia, habrá un miembro de la tripulación dispuesto a brindar ayuda, con una sonrisa y en su idioma, a quien la necesite. Después, lo usual: desayuno y almuerzo buffet, dos turnos para la cena y cada noche, en un teatro que se descubre y deslumbra la “Velada de gala del capitán”, un espectáculo distinto que puede ser de teatro, humor, magia música y baile y que jamás defrauda. A diario, sobre la cama, se recibe un periódico que ofrece una guía del próximo destino, las condiciones climáticas y las actividades previstas para la jornada.
Como en un resort de playa, en la piscina hay animadores que organizan juegos, dan clases de gimnasia y animan a los más atrevidos a ensayar unos pasos de baile bajo el sol. En la cubierta principal el ambiente es agitado y la música pegadiza, aunque, para los que buscan tranquilidad, hay un segundo solárium más relajado. No hay nada como tirarse en una reposera en el deck de popa y matar el tiempo mientras se mira la estela que deja el barco a sus espaldas. Si se tiene suerte, en las aguas cálidas se puede ver cómo los delfines, juguetones, saltan la espuma blanca de las olas, mientras persiguen, en una carrera alocada, el buque. Desde ese lugar de privilegio un atardecer puede ser una invitación al romance, y aún más, un momento para atesorar de por vida. Sin necesidad, claro, de gatillar la cámara de fotos.
Para los que creen que en un crucero se pueden aburrir, una advertencia: ni lo sueñen. No hay forma de no pasarla bien. Para los que aman la vida al aire libre, hay canchas de fútbol, gimnasio, pista para correr y sol, mucho sol, con el rumor del mar como banda de sonido. Para los nocturnos, hay casino, disco, bares y mucha gente con ganas de divertirse. Y para los chicos hay juegos de mañana, tarde y noche, juegos para los más pequeños y para los adolescentes también. Para todos hay una sorpresa distinta cada mañana que se asoma desde el ojo de buey del camarote o desde el balcón de proa. Se puede amanecer con la silueta verde que te quiero verde del Corcovado en Río de Janeiro o las góndolas haciendo equilibrio sobre el mar indomable en el Gran Canal en Venecia. Se pueden ver brillar los mástiles de los veleros en la caleta del lado francés de Saint Martin o la cúpula inmaculada de la Abadía de San Víctor en Marsella. Y siempre es lo mismo, una maravilla.
Hay que decirlo: navegar en un transatlántico no es como hacerlo en un velero, con las velas tensas, el viento en la cara y las olas salpicando la cubierta. No. Nada de esa adrenalina adolescente, que pide a gritos velocidad, mareo, vértigo. Un crucero apenas se mece y para que lo haga la tormenta tiene que ser feroz, se mueve suavemente, pero con firmeza, como un hombre ya mayor, con la experiencia que le da haber peleado mil batallas. Y es mejor así, al menos con el agua hasta el cuello.
La nueva pasión de los argentinos
Cada vez más rosarinos eligen salir de vacaciones en crucero. Sus destinos preferidos son Brasil, el Caribe y las travesias por el Mediterráneo en la vieja Europa. Y no es extraño que sea así, ya que la industria de los viajes a bordo en la Argentina tiene un crecimiento constante.
Este verano se espera que embarquen del puerto de Buenos Aires unos 500 mil pasajeros en los buques que llegarán al país esta temporada, un 15 por ciento más que en 2011. Se esperan barcos de mayor porte -con capacidad de hasta 3.800 pasajeros- y más salidas y llegadas.