¿Y por qué interesa bucear en esos restos?, le preguntó La Capital.
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"Para saber a quiénes se enterraban y por qué y poner en contexto a las islas durante la Edad de Hierro de Mallorca, comparar con otros yacimientos y analizar qué nos dicen de ese pasado, además con ayuda de la paleogenética podemos ver si hubo un flujo genético o no entre las diversas comunidades del momento, indagar sobre el origen geográfico, determinar el sexo de los individuos, si eran comunidades cerradas o abiertas", explica Paloma, quien en esta nota, al igual que es sus estudios y trabajo, hablará alternadamente del tiempo: presente, pasado y futuro.
"Participar en estos proyectos es mi manera de ser útil a la sociedad, siento que puedo aportar a que el mundo sea un poco mas justo, que se sepa lo que está silenciado bajo tierra y que haya familias que cierren heridas sociales", opinó Paloma.
De Echesortu a Cala Ratjada
"Pali", así la llaman desde niñita, es hija de una madre ingeniera, un padre agrimensor y una hermana menor, ahora psicóloga. Todos llevaban una vida de clase media tranquila en Rosario hasta que la crisis económico social de 2001 los precarizó y obligó a migrar.
Primero encaró el padre de familia con su ciudadanía bajo el brazo, luego lo siguieron sus tres "chicas".
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"Fue durísimo, primero vivimos en un pueblito de Mallorca, Cala Ratjada. Me costó hacer amigos porque era una comunidad muy cerrada. Allí terminé mi primaria, luego nos mudamos a la capital de la isla y empecé mi secundaria en Palma", recordó.
Hasta los 15 o 16 años Paloma tenía en claro que volvería a la Argentina, su lugar, donde había dejado a sus amigos, primos, abuelos, tíos, pero con el tiempo se dio cuenta que volver no sería tan fácil.
"Estudié acá, formé pareja con Raúl, un trabajador social quien trabaja en un centro de menores con jóvenes tutelados. Juntos nos mudamos a Barcelona, en la pandemia me enteré que me otorgaban la beca para mi tesis doctoral pero quedé justo confinada en Palma en casa de mis padres, mi pareja en la de los suyos y mi perra en una guardería que nos salía una pasta (mucho dinero). Me mudé varias veces más, y ahora soy una más de acá en Baleares", dice Paloma si bien reconoce que Rosario es el lugar donde siempre piensa volver al menos para visitar a sus afectos y conectarse con las huellas y recuerdos de su pasado.
Es que esta ciudad es para ella la casa donde nació y creció hasta que partió, es sus escuelas, las navidades con calor veraniego y a puro festejos con petardos, es el parque Urquiza donde paseaba con su abuela Lucy que ya falleció tanto como su abuelo, de quien no pudo despedirse por la distancia; y también, es el río y el Monumento.
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"Estuvimos a punto de viajar con mi pareja a finales de 2019, pero él se enfermó y no pudo ser. Quería mostrarle mi origen, encima llegó la pandemia. Mi prima fue madre dos veces y aún no conozco a sus hijos. Una debe comprender a veces que la vida avanza y una la ve de lejos, así son las cosas y ya, por suerte, no me resulta doloroso". Será, lo dice alguien que precisamente se especializa en ver las vidas de otros, desde lo lejos.
Paloma se especializa en paleogenética pero no descarta trabajar alguna vez en Argentina, donde reconoce el gran trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, una especialidad que no es la suya, aunque no le teme a eso de meterse en otras áreas, y sentirse un poco "intrusa", según dice, porque para ella "en Arqueología todo es transversal y cualquier disciplina ayuda" a obtener información del pasado.
"Mi camino no fue desde la biología sino desde la historia y terminé acá no sin esfuerzo, aún estudio mucho sobre técnicas de laboratorio para analizar, aprendo de otras disciplinas: la antropología forense no es lo mío pero quien sabe qué haga más adelante", dice al charlar sobre el equipo que ayudó a descubrir qué había sucedido con las personas desaparecidas durante la última dictadura cívico, militar y eclesial de este país y ha colaborado científicamente con otros 50 países en el mundo.
Paloma aclara que las desapariciones forzadas relacionadas a casos legales son incumbencia de la antropología forense, pero en las fosas comunes de la Guerra Civil la labor de excavación es abordada por antropólogos físicos y forenses, también por médicos forenses y arqueólogos como ella.
Laberintos oscuros que dan a luz
"Salen a la luz los restos de quince personas más en Son Coletes. Los investigadores creen que se trata de milicianos desembarcados con el general Bayo en agosto de 1936". El título y la bajada pertenecen al Diario de Mallorca del 12 de julio de este año. La nota hace mención a un trabajo de excavación del que participó Paloma como y arqueóloga contratada por la empresa de Barcelona que gestiona y subvenciona trabajos de este tipo (ATICS).
Se trató de un "laberinto oscuro por más de 80 años para familias e historiadores", según dice la nota, pero que logró dar a luz tres fosas con restos de más de 50 milicianos ajusticiados, pertenecientes en su mayoría a tropas republicanas desembarcadas en las costas de Llevant (costa nororiental de Mallorca ) en agosto de 1936.
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"Los cuerpos encontrados -se lee en el diario mallorquín- bien podrían pertenecer a parte del contingente detenido el 31 de agosto cerca de la costa y que fue trasladado y fotografiado en la céntrica plaza de sa Bassa, frente al local de la falange en el edificio de can Serra, en una estampa premonitoria donde también figuraban diversos milicianos internacionales rusos, franceses o búlgaros, a tenor de las anotaciones que figuran escritas a mano en la instantánea italiana realizada por algún miembro de la tropa fascista del temido Conde Rossi, titulada ‘Arrestati Comunisti’ (comunistas arrestados) y donde se pueden ver los rostros de parte de los 39 capturados".
"Estos hallazgos significan algo muy fuerte porque les da esperanzas a muchas familias, aunque a veces también desconsuelo. Porque si bien se encontraron muchos restos son pocos para la gran cantidad que faltan", señala Paloma antes de explicar que junto a los trabajos se hace una lista de las personas buscadas y donde, según los relatos, se piensa que están enterradas.
"No hay certezas, nos ayuda la historia oral o lo que recuerda la gente que a veces es muy mayor. Pueden tener 90 años y no quieren morir sin saber qué pasó con sus padres, sin hacer el duelo, pero muchas veces no lo logran. En base a esos relatos se cava", cuenta Paloma antes de explicar muy sintéticamente que cuando aparecen restos, se toman muestras de ADN que van a un banco y con los de la familia se hace cruce de información y cotejan resultados.
Pero nada es fácil. De los 77 restos encontrados en los dos últimos años, solamente se habían podido identificar con seguridad cinco.
Entre los rastros de lo que, según Paloma se trató de un campo de exterminio, figuraba un hombre que portaba vestimenta costosa en la que había una moneda de oro estadounidense de 20 dólares (el equivalente para la época entre 300 y 400 euros), por lo que se supone que podría tratarse de Llorenç Mas Gelabert, la única persona adinerada que fue fusilada por los falangistas.
En los restos de objetos hallados en la fosa de los milicianos también se encontraron unos lentes de carey, un encendedor, una caja de pastillas Juanola (de mentol), una medalla del San Cristo de Manacor, suelas de zapatos, un lápiz de grafito encontrado en el bolsillo de una camisa y una serie de balas del calibre 9 mm, propias de las pistolas cortas entre los represores del bando nacional en aquellos momentos.
Temor a los gobiernos de derecha
Para Paloma el presente político de España tanto como el futuro inmediato pueden determinar cuánto permanezcan abiertos o no estos laberintos oscuros.
"Los gobiernos de derecha no impulsan las excavaciones de las fosas comunes durante la Guerra Civil ni los proyectos relacionados con la memoria histórica. De hecho hasta hace pocos años no se destapaban estas cosas, no se hablaba, todo permanecía enterrado. Por eso da temor el avance de Vox ( partido de ultraderecha) en Murcia con una apología de la violencia que debería estar penada por la ley, sería una pena que el avance de la derecha detenga las investigaciones", señala Paloma.
Dice que está algo informada por la web sobre cómo reclaman en América del Sur las poblaciones indígenas sus territorios y cómo piden que les reconozcan su cultura. Y en torno a eso hace un paralelo y dice que la gran diferencia con España, donde hubo guerras, es que no hubo un genocidio ni limpieza étnica como acá como acción de lo que se denominó El Descubrimiento de América.
"Acá en España la pelea política es para que se la reconozca como una nación de naciones ya que siempre Madrid, de manos de la dictadura, centralizó todo y mostró al país como uno solo, y no todos los territorios son iguales ni han tenido el mismo desarrollo, entonces las comunidades reclaman su autonomía, su lengua, costumbres y es claro que algunas tienen más poder que otras en esta lucha, tal el caso de los Países Catalanes, el País Vasco o Galicia. Pero también como allá en Américo e incluso en Argentina esta es una lucha entre otras cosas, por la aceptación de la diversidad, por su reconocimiento legal y la recuperación de la identidad, pero nada prosperará si se tapa la historia bajo tierra".
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Algo dice que Paloma seguirá insistiendo en tener la vida de una lombriz y que su rostro seguirá sin verse por entero en las fotos, mientras trabaja.
Aunque su mamá, en una oportunidad la visitó mientras trabajaba en una fosa y le robó -completamente chocha- esta instantánea que echa por tierra con esa lógica.
Se la ve a Paloma sonriente en el medio, junto a sus colegas Núria Armentano (izquierda) y Laura Canales (derecha). Las tres a centímetros de restos humanos: el trabajo que las obsesiona.
Paloma, una rosarina más por las fosas del mundo.