Política

"Aún con sus desvíos autoritarios, el macrismo es una derecha democrática"

José Natanson es periodista y politólogo, trabajó como redactor y columnista de Página/12. Colaborador habitual en diversos medios en Argentina y América latina. Actualmente es director de Le Monde Diplomatique

Domingo 01 de Abril de 2018

En su nuevo libro, el periodista y politólogo José Natanson busca responder una pregunta que sobrevuela un campo opositor que todavía está procesando los sucesivos triunfos del macrismo: "¿Por qué?". En su opinión, lejos de ser el fruto de la iluminación de un consultor político, un golpe de suerte o el emergente de una coyuntura particular, la fuerza liderada por Mauricio Macri conectó con demandas y expectativas de mediano y largo plazo de sectores de la sociedad argentina vinculados a actividades económicas competitivas, que conciben al mercado como el principal ordenador social y que se visualizan en las antípodas de la "Argentina subsidiada".

En diálogo con LaCapital, el director de la edición argentina de Le Monde Diplomatique defiende su tesis de que Cambiemos representa una derecha democrática, califica como engañosa aunque efectiva la idea de igualdad de oportunidades que enarbola el macrismo y advierte que si quiere ser competitivo en 2019, el PJ no tiene otra alternativa que construir un instrumento que contenga a todas las tribus peronistas.

—En el libro y en distintos artículos plantea que el macrismo no es un mero invento del marketing político, sino que se trata de una fuerza que logró canalizar demandas, expectativas. ¿Qué supo leer el macrismo de la sociedad?

—El macrismo entendió bien que hay corrientes, intereses sociales que lo preexisten, que empezaron a incubarse no sé si en la dictadura, en el menemismo, en el proceso de ingreso de Argentina en la globalización, y con las que logró conectar. Es una Argentina que cree en el mercado, que valora la iniciativa privada, que busca una vida social menos corporativizada, con menor peso del Estado. Diría también más egoísta, y que se refleja mucho en el campo, en la zona núcleo. Por decirlo de algún modo: la Argentina competitiva como contracara de la Argentina subsidiada: la de la industria textil —por decir algo— pero también los planes sociales de los conurbanos.

—Caracteriza al macrismo como una derecha democrática. Habiendo transcurrido dos años de gobierno macrista, ¿cree que sigue vigente esa definición o es necesario actualizarla?

—Banco la tesis de la derecha democrática, porque creo que el macrismo aún con sus desvíos autoritarios se sigue manteniendo dentro de los límites de un sistema democrático. La democracia no es un sistema de garantía de satisfacción universal ni un determinado programa ideológico. Veo la democracia en un sentido más procedimental: como un tipo de régimen, una serie de normas e instituciones que regulan la lucha por el poder y el ejercicio del poder. Son instituciones que requieren a su vez un conjunto de derechos más o menos garantizados: de reunión, asociación, prensa, etc. Eso a grandes rasgos se sostiene. Por lo tanto, no me animo a decir que este gobierno produjo un cambio de régimen y estamos en una no democracia, en un autoritarismo o en una dictadura. Esto no quiere decir que el gobierno no tenga aspectos autoritarios: el manejo de la protesta social, el hecho de que haya muchos políticos opositores detenidos con prisión preventiva de manera abusiva, que haya algún preso político, encienden una luz de alerta.

—En sus escritos cuestiona la idea de "igualdad de oportunidades", uno de los principales caballitos de batalla del macrismo. ¿Por qué le parece tan nociva esa concepción?

—Porque es engañosa: suena muy bien pero en la práctica no se verifica, sirve para justificar y enmascarar políticas que terminan generando sociedades más desiguales e injustas. En un país tan desigual como el nuestro creo que el objetivo del Estado no es garantizar igualdad de oportunidades sino la igualdad de resultados. Es decir, tratar de achatar la pirámide social, que las diferencias de ingresos sean las menores posibles. Además, es nociva porque es efectiva; penetra el sentido común de los argentinos, porque conecta con la tradición inmigrante: un tipo que llegó en un barco con una mano atrás y otra adelante y logró que su hijo se convirtiera en doctor o ingeniero. Eso era otra Argentina, la de principios de siglo XX, donde efectivamente la igualdad de oportunidades podía garantizar la inclusión social de una nueva generación. La Argentina de hoy no.

—En las últimas semanas el gobierno incorporó a la agenda cuestiones de género, como el debate sobre el aborto y las diferencias salariales entre varones y mujeres. ¿Cree que en esa decisión primó una lectura de corto plazo ante la caída de imagen positiva? ¿O el macrismo busca su hito liberalizador, como lo tuvieron Alfonsín, Kirchner, incluso Menem?

—La verdad que no sé si es una convicción profunda de una parte del gobierno o una movida táctica. Te diría que tampoco me importa mucho: yo miro la política por los resultados, no por las intenciones indescifrables de los líderes. Creo de todos modos que el macrismo como todo gobierno es un espacio complejo y en tensión, donde conviven una tradición republicana de derecha, con una tradición conservadora católica, con una tradición liberal. Más allá de esto, el macrismo entendió que las sociedades piden efectividad económica pero también medidas liberalizantes, que vaya desanudando algunos nudos o abriendo algunos debates.

—¿Ve posible que el peronismo sintetice en una propuesta electoral unificada en 2019?

—No sé si va a ocurrir, pero no le veo otra alternativa que ir todos juntos en un mismo espacio: que construya una cosa civilizada, de la cual emerja una fórmula que eventualmente compita con el macrismo. Veo un montón de obstáculos: por ejemplo, el de qué hacer con el kirchnerismo, que debería estar dentro de ese espacio, pero que implicaría que Cristina se corra del lugar de conducción. Está el problema del liderazgo; qué hacer con el pasado, qué lectura ofrecer sobre la década pasada.

—En el último tiempo se reunieron el gobernador de Santa Fe, Miguel Lifschitz, Martín Lousteau, Margarita Stolbizer y Ricardo Alfonsín. ¿Ve espacio para que emerja una tercera fuerza competitiva?

—Con el macrismo ocupando claramente un lado del espectro y el peronismo caído pero no destruido no veo la posibilidad de que aparezca una tercera alternativa. Quizás lo hace pero es muy minoritaria. ¿Quiénes la van a construir, con qué poder territorial, con qué legitimidad, con qué dirigentes? No veo la idea de correr al kirchnerismo por izquierda, ni tampoco la de construir una alternativa no peronista, pero liberal, de izquierda, al macrismo; el voto radical en mayor parte lo tiene Macri. Es una pregunta muy santafesina (se ríe).

—¿Le parece que predominan lecturas contaminadas de coyunturalismo o efectivamente la política argentina es tan líquida, tan volátil?

—Lo vengo pensando bastante a esto. Hay una especie de repentinismo en la elaboración de categorías, de diagnósticos. Trato de ser cauteloso al formular las cosas que trato de decir, o que creo que se pueden decir, o si tengo alguna intuición de que puede ser como yo lo pienso, matizarlo todo lo posible. De todas maneras, la reforma previsional que impulsó el macrismo demuestra tres cosas: el macrismo está dispuesto a tomar decisiones impopulares, no se limita a seguir sólo a la opinión pública, porque las encuestas le hubieran marcado que no había que hacer eso. Por otro lado, me parece que dejó una marca, porque evidentemente lo golpeó, y al mismo tiempo no creo que haya sido un punto de inflexión que le arruinó para siempre la legitimidad.

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