Opinión

Lo que va a salvarnos

El coronavirus no hace distinciones: se ensaña con todos por igual.

Domingo 22 de Marzo de 2020

No existen explicaciones: a veces, simplemente aparece. En ese momento no hay argumentos que valgan. La muerte muestra la cara y hay que enfrentarla. Sin excusas.

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Las calles de mi barrio están desiertas. Tablada es humilde y se encuentra al sur de Rosario. Es un barrio duro. Quién hubiera dicho que una enfermedad surgida, al parecer, en una ciudad remota de un país también remoto iba a acorralarlo, a encerrarlo en sus casas, a hacerlo recordar épocas terribles de guerra o dictadura. Tablada no parece Tablada. El barrio tiene miedo.

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Hace ya mucho que sucede esto, y sucede en gran parte del mundo: para lograr lo que se llama "éxito" hay que darles la espalda a los demás. "Hacé la tuya" sería la frase que define esta estrategia, consistente en volverse sordo a las voces de los otros, no importa cuánto griten. Es un modelo que asusta, pero se ha impuesto a todos los niveles de la escala social. En medio de la pandemia, semejantes actitudes —de las cuales se han visto numerosos ejemplos en la Argentina de estos días— resultan sencillamente trágicas.

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El coronavirus, mientras tanto, no hace distinciones: se ensaña con todos por igual. Y la única forma eficaz de combatirlo es, justamente, convertir en acto concreto y cotidiano esa palabra abstracta, que suele pronunciarse sin comprender su real significado. Me refiero, precisamente, a la meneada palabra "todos".

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Hay muchos, sin embargo, que se han olvidado de la existencia del plural. Solo saben decir "yo", yo", "yo", y así hasta el infinito. Suelen ser, muchas veces, aquellos que más privilegios tienen: los dueños del poder y la riqueza. Egoístas hasta el tuétano, logran contagiar —su comportamiento es más contagioso incluso que el propio virus— a muchos que están situados en estratos inferiores de la sociedad, y sueñan con pertenecer al más alto. Todos ellos en combinación constituyen un cóctel fatal en el marco de una epidemia. Su narcisismo deberá ser pagado por el grupo social entero.

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En esta situación de auténtica emergencia, la única alternativa es recurrir a las viejas certezas. Son las mismas que tantos han intentado ferozmente desprestigiar en las últimas décadas. Tienen raíces en las utopías que impulsaron a anteriores generaciones. Se hunden con fuerza en el hermoso "nosotros", y desechan el destructivo "yo".

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Acaso la receta sea tan simple como esta: donde ellos son egoístas, habrá que ser generosos; donde ellos son indiferentes y competitivos, habrá que ser solidarios; donde ellos dan la espalda, habrá que dar la mano.

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En estos momentos, acaso no resulte tan complejo: la hazaña que se debe plasmar es permanecer en nuestros hogares, junto a nuestros seres queridos o solos, si resultara inevitable. Para superar el desafío será necesario alimentarse bien, tanto física como espiritualmente. Aquellos que no estén en condiciones de hacerlo —y sabemos que son, por desgracia, muchos— deberán ser socorridos por el vilipendiado Estado.

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En síntesis: si el dinero gobierna, que al menos no nos convenza. En estas dramáticas circunstancias, obedecer su lógica puede matarnos. Seamos, entre todos, compañeros: compañeres. Lo que va a salvarnos está muy cerca y solo tenemos que ponerlo en acción. Compañeres: está dentro nuestro.

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