Lágrimas en la lluvia
Las noticias van y vienen en el vértigo de un presente eterno. Todo pasa y no pasa nada a la vez en el espacio en blanco del vacío informativo: nadie le da sentido al aluvión de datos, y entonces el aluvión nubla el discernimiento y anula la memoria colectiva.
26 de julio 2019 · 00:00hs
Las noticias van y vienen en el vértigo de un presente eterno. Todo pasa y no pasa nada a la vez en el espacio en blanco del vacío informativo: nadie le da sentido al aluvión de datos, y entonces el aluvión nubla el discernimiento y anula la memoria colectiva. Acaso ese sea el objetivo, claro. Pero paren las rotativas, levanten una página, cuidado en la web, grita un editor: esta sí que es una noticia. Ha muerto un actor, el actor que pasó a la historia del cine por una escena sola. Era holandés, rubio, de ojos muy claros, y además de esa escena fue protagonista de un montón de bodrios que ya están en el olvido. Pero eso no importa, porque en el breve minuto que dura un monólogo se ganó la eternidad. Ese hombre se llamaba Rutger Hauer.
Principios de la década del ochenta. La Argentina se está sacudiendo el yugo de la dictadura. Muchos jóvenes empiezan a soñar con un mundo distinto, lejos de la grisácea mediocridad de los militares asesinos. En esa ebullición, en esa búsqueda incesante de palabras nuevas, son importantes las revistas, los partidos políticos, los grupos de rock, los libros, las películas. En los cines vive una parte de la verdad de la cual los jóvenes se alimentan. Y entonces, sin quererlo, descubrirán una gema, dirigida por un británico que había debutado en 1977 con la excepcional “Los duelistas” (Keith Carradine y Harvey Keitel, sobre un relato de Joseph Conrad) y adquirido masividad con la siniestra y exitosa “Alien” (1979, con la entrañable Sigourney Weaver). Lo que muchos verán en la mágica sala oscura se convertirá en una obra emblemática, en una auténtica marca generacional. Más que una película, “Blade Runner” (1982) es un universo.
Vertebrada sobre las sombrías intuiciones del novelista estadounidense Philip K. Dick, la historia del policía del futuro Rick Deckard (Harrison Ford), que tiene la misión de eliminar a un grupo de androides rebeldes, se transformará, de un policial negro de formato extraño, en un thriller metafísico. Ya el genial título de la novela de Dick que dio origen al guión (“Do Androids Dream with Electric Sheep?”, es decir, “¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?”), daba una pista certera del camino que Scott iba a recorrer con talento visual inigualable.
La escena por la que Hauer pasó a la historia se inicia cuando su personaje Roy Batty —el líder de las máquinas humanas, o más que humanas—, perseguido por el letal cazador Deckard (que sin embargo se ha enamorado de una de las robots, la bella Sean Young), primero lo supera en el combate para, finalmente, perdonarle la vida. En ese instante, tras izar a Deckard en el aire de la noche lluviosa para evitar, de ese modo, que caiga en el abismo, es cuando Batty pronuncia su monólogo de despedida, que cierra con dos icónicas frases agregadas por Hauer de su propia cosecha, alejándose de lo que pautaba el guión: “Todos esos momentos se perderán como lágrimas en la lluvia. Es hora de morir”. Tras esas palabras, el androide se zambulle en la nada.
Aferrados a las butacas como si fueran salvavidas en el océano nocturno, los que veían por primera vez la película sentían en ese glorioso instante que un estremecimiento les recorría la espina dorsal. Estaban, aunque no lo supieran, asistiendo a un momento epifánico del cine, a una revelación. Habían sido transformados.
La imagen del futuro que lanzó “Blade Runner” en 1982 se parece cada vez más a este presente global signado por la implacabilidad de los poderosos ante la desigualdad social creciente. Rutger Hauer ya no está entre nosotros. Pero a diferencia de Roy Batty, él no se perderá. Nos acompañará siempre, aunque afuera, mientras tanto, continúe lloviendo.